Las dos caras

Las dos caras

El cambio indispensable que necesitamos es un cambio profundo de mentalidad en las autoridades.

10 de septiembre 2020 , 09:15 p. m.

La moneda del ejemplo tiene dos caras como cualquier moneda, pero esas dos caras del ejemplo son las que hacen la diferencia del comportamiento humano: la cara del buen ejemplo y la cara del mal ejemplo.

La cara del mal ejemplo cae con mayor asiduidad en los carisellazos de la vida. Lo estamos palpando en estos regímenes de ultraderecha que se han impuesto en el mundo contemporáneo, y que imitan con eficacia extraordinaria, superándolos y aumentándolos, los malos ejemplos que conocemos desde Nerón hasta Hitler, Pinochet y otros tiranos que se reproducen como la mala yerba. Razón le sobró al que dijo, hace mucho tiempo, que el mal ejemplo cunde.

Los disturbios y actos violentos que se han presentado han sido motivados por la brutalidad policial, cuya expresión más reciente y dolorosa fue la agresión de agentes de policía contra un ciudadano (abogado de profesión y padre de familia) que falleció víctima del ataque con pistolas taser, dice una versión, o asfixiado, dice otra, cuando uno de los agentes ‘del orden’ le puso una rodilla sobre el pecho y lo presionó hasta dejarlo sin respiración. Ahí tenemos un efecto del mal ejemplo que le da a nuestra policía la policía de los Estados Unidos.

La reacción ciudadana ante la brutalidad policial fue violenta, producto de la indignación social espontánea frente a la violencia de la autoridad policiva. No sería justo decir que se esté estigmatizando a la institución policial porque se critique su proceder brutal. Los malos policías, que actúan con brutalidad y violencia, son los que estigmatizan a una institución respetable que ha sido creada para proteger a los ciudadanos, no para agredirlos.

Por supuesto que la brutalidad no es un defecto exclusivo de la policía colombiana. Ocurre en las fuerzas policiacas de casi todo el globo terráqueo a partir del momento en que el régimen neoliberal / neofeudal hizo de ellas un cuerpo civil armado represor, no para preservar el orden y la tranquilidad, sino para ahogar el derecho de la ciudadanía a la protesta, incluso si es pacífica.

Debo citar, como buen ejemplo, la acción de la alcaldesa Clara López Obregón (2011), cuando se dieron las protestas estudiantiles contra una reforma que tendía a privatizar la educación superior y a dejar sin recursos a las universidades públicas. Hervía la tensión y se temía que las manifestaciones de los estudiantes desembocaran en estallidos incontenibles de violencia. Clara López convenció al presidente Santos de mantener guardada a la policía y se comprometió a que, mientras no hubiera policías en la calle ni acosando a los estudiantes, las manifestaciones serían pacíficas y ordenadas. Santos convino, y miles de estudiantes desfilaron desde distintos puntos hasta converger en la plaza de Bolívar, sin que ocurriera el menor incidente.

Por desgracia, buenos ejemplos como ese no son frecuentes. El autoritarismo desprecia el diálogo, ignora las buenas maneras y prefiere la represión brutal.

El cambio indispensable que necesitamos en estos tiempos de pandemia, de hambre y de injusticia es un cambio profundo de mentalidad en las autoridades. Ellas deben entender, como lo enseñaron Clara López, Juan Manuel Santos y Gustavo Petro, demócratas auténticos, que gobernar es fundamentalmente servir al bien común y a la felicidad de los ciudadanos. No se ve que lo entiendan así los gobernantes actuales. Su indiferencia ante el descontento y la infelicidad de sus gobernados es pasmosa. Excluyo a la alcaldesa Claudia López, que ha sentado una protesta enérgica y decidida contra la brutalidad policial. Además del abogado víctima de la agresión, murieron otras siete personas en las protestas ciudadanas airadas del miércoles 9 / 9.

¿No se han dado cuenta las altas autoridades de que estamos sentados sobre un barril de pólvora y que si no enderezan el rumbo, hay miles y miles de chispas que pueden prender un incendio incontrolable?

Quizá les sirva para meditar al respecto un pensamiento grandioso de Henry Wadsworth Longfellow sobre el buen ejemplo que deben darles los gobernantes a quienes los eligen para ser sus servidores y no sus tiranos:

“La vida de los grandes hombres nos recuerda que nosotros también podemos dar a nuestra vida un toque sublime y dejar tras la muerte una impronta grabada sobre la arena de los tiempos”.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

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