La paz no se rinde

La paz no se rinde

Elecciones de octubre adquieren el carácter de plebiscito definitivo en favor o en contra de la paz.

05 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Cuando los diálogos de paz de La Habana, entre el Gobierno colombiano y la guerrilla veterana de las Farc-ep, se disponían a tomar la forma de acuerdos de paz, varios recomendamos tener en cuenta la advertencia del obispo de Sudáfrica y premio nobel de paz, doctor Desmond Tutu, de que “hacer la paz es más difícil que hacer la guerra”. Esa teoría desconsoladora tenía su demostración práctica en Colombia. Llevábamos aquí setenta años de guerra continua, sin que en casi dos siglos de nuestra existencia republicana hubiéramos gozado de un período de paz ni la mitad de largo del de esa guerra comenzada en 1946.

El período de paz más extenso que disfrutamos se dio después de la guerra de los Mil Días y alcanzó a durar cuarenta años, hasta que las pasiones políticas, la codicia feudal de los terratenientes y la Guerra Fría le pusieron fin. La política de exterminio contra el liberalismo, y de despojo de las tierras de los campesinos liberales, organizada por la extrema derecha (tanto conservadora como liberal), generó por reacción defensiva la creación de guerrillas liberales que en poco tiempo se multiplicaron por el país y pusieron en jaque al gobierno presidido en la sombra por el binomio Álvaro Gómez Hurtado / Jorge Leiva, a buena cuenta de que el presidente titular, Laureano Gómez, padre de Álvaro, se encontraba muy enfermo, y el designado encargado de la presidencia, Roberto Urdaneta, carecía de mando en absoluto. Era un presidente decorativo.

Se sabe que el golpe del 13 de junio de 1953, encabezado por el comandante de las Fuerzas Armadas, teniente general Gustavo Rojas Pinilla, y auspiciado por el expresidente Mariano Ospina Pérez y el dirigente Gilberto Alzate Avendaño, evitó la toma de Bogotá por la guerrilla liberal. La guerrilla liberal tampoco tenía muchas ganas de meterse en ese lío. Solo quería paz y garantías, y habiéndoselas ofrecido el gobierno militar del general Rojas, aceptó deponer las armas y regresar a sus pacíficas labores campesinas.

La victoria de las fuerzas progresistas y democráticas sobre una ultraderecha guerrerista y depredadora afianzará el futuro de un país en paz

La proscripción del partido comunista por el gobierno de Rojas originó nuevas guerrillas, de ideología comunista, en el Tolima, el Huila y Cundinamarca, pero Rojas respetó escrupulosamente los acuerdos pactados con la guerrilla liberal. Después de la caída de Rojas (mayo de 1957), los líderes de la guerrilla liberal fueron asesinados, uno a uno, de manera sistemática. Muchos de los guerrilleros rasos liberales, entre ellos Pedro Antonio Marín (alias Manuel Marulanda o Tirofijo), no encontraron otra forma de escapar al asesinato que uniéndose a las guerrillas comunistas.

El gobierno de Alberto Lleras pactó la paz con esas guerrillas en 1960 mediante un acuerdo por el cual deponían las armas a cambio de la entrega de cierta porción de tierras en el sitio denominado Marquetalia, en las que los campesinos guerrilleros, acogidos al pacto, tendrían un manejo autónomo para producir, comerciar y autoabastecerse, como lo detalla Natalia Acevedo Guerrero en su columna (‘Las dos Marquetalias’, El Espectador, 1/9/2019). El éxito del experimento motivó contra los campesinos de Marquetalia una campaña feroz del senador Álvaro Gómez Hurtado, que denunció en su periódico El Siglo la existencia de “repúblicas independientes” en Marquetalia, El Pato y Río Chiquito, e incitó al gobierno a liquidarlas. En mayo de 1964, el presidente Guillermo León Valencia, abuelo de Susana Paloma, ordenó bombardear las “repúblicas independientes”, y de esa agresión torpe y criminal contra unos campesinos dedicados a demostrar que con trabajo, disciplina y organización se podía generar riqueza honradamente nacieron en julio de 1964 las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y empezó la larga guerra, que dejó millones de víctimas, y a la que logró ponerle fin el gobierno del presidente Juan Manuel Santos, gracias a la voluntad y al empeño de ambas partes en terminar el conflicto armado y en iniciar la construcción de una paz duradera y sostenible para las generaciones colombianas que deberán transitar el siglo XXI.

Los enemigos de la paz, que estuvieron saboteando los acuerdos desde el principio mismo de las conversaciones, y que con mentiras, engaños y truculencias publicitarias maquiavélicas llevaron a la mitad de los sufragantes a “votar emberracados” en contra de la paz en el plebiscito de octubre del 2016, ganado por ellos en reversa con una mayoría exigua de cincuenta mil votos, juraron que harían trizas “los malditos acuerdos de La Habana”.

En apariencia, sus acciones protervas habrían logrado ese propósito maldito al empujar a algunos de los jefes de la extinta guerrilla a retomar las armas y reanudar la guerra. Sin embargo, la mayoría de los exguerrilleros acogidos a los acuerdos de paz han rechazado de manera tajante y terminante la actitud de sus excompañeros, y reiterado su voluntad de mantenerse dentro de los acuerdos de paz firmados, primero en La Habana y después en el teatro Colón de Bogotá, y los colombianos en mayoría arrasadora han manifestado en todos los medios, impresos, radiales, televisados, y redes sociales, su repudio frontal a la lucha armada. La paz no se rinde.

La batalla final por la paz hay que darla en las urnas. Las elecciones del 27 de octubre adquieren ahora el carácter de un plebiscito nacional definitivo en favor o en contra de la paz. La victoria de las fuerzas progresistas y democráticas sobre una ultraderecha guerrerista y depredadora afianzará el futuro de un país en paz, con igualdad de oportunidades, con ciudadanos libres, respetuosos de los derechos y las libertadas que consagran la Constitución y las instituciones democráticas, con justicia y equidad. Nunca, al menos en los últimos cien años, unas elecciones tuvieron tanta importancia como las del próximo 27 de octubre para garantizarles a las generaciones venideras un país en el que sea grato nacer, vivir y morir. Un país donde el veneno del odio y la rabia no sean nada distinto a un mal recuerdo en la historia.

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