La otra pandemia

La otra pandemia

Hay una pandemia que no es viral, que es más peligrosa que los virus: la contaminación del aire.

12 de marzo 2020 , 07:54 p.m.

Mientras China, donde al parecer se originó la epidemia del denominado nuevo coronavirus, anuncia que allá se ha superado el punto de quiebre de la enfermedad y despejado el peligro de un contagio masivo, en el resto del planeta el coronavirus ha sido declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Si no el pánico, cunde la angustia en todas partes. Se adoptan medidas preventivas, y se agotan en los supermercados y en las tiendas los insecticidas, los jabones antibacteriales, las toallitas profilácticas, las mascarillas y demás elementos que se consideran útiles para evitar el contagio, en tanto la epidemia pandémica cumple su ciclo, que, según los expertos, tendrá su momento más peligroso en las próximas dos semanas, en las que será preciso extremar los cuidados.

El ciclo de la pandemia anterior, la gripa española de 1918, fue de veinticinco días y dejó cerca de seis millones de muertos. Todos confiamos en que con las medidas de prevención severas (que es imprudente calificar de paranoia) esa cifra tenebrosa se reducirá de manera considerable. En China, cuyo sistema de salud y prevención es prodigioso, los muertos por el coronavirus no pasaron de cuatro mil, y los infectados no llegaron a doscientos mil. La población china supera los mil quinientos millones de habitantes.

Las epidemias, globales (solo se sabe de tres en la historia) o locales, son pasajeras, aunque en su paso breve causan más o menos estragos; pero hay una pandemia, que no es viral, más peligrosa que los virus, a la que especialistas del Instituto Max Planck y la Universidad de Maguncia (Alemania) han bautizado “pandemia silenciosa”, según informa 'Rusia Today' (RT). Se refieren los investigadores de las instituciones mencionadas a la contaminación del aire, generada principalmente por el empleo de combustibles fósiles, tanto en los automotores como en las fábricas.

¿Se aterran los lectores con la cifra de muertos producida por la gripa española? Pues las cifras que revela el informe del Max Planck y la Universidad de Maguncia resultan varias veces más aterradoras.

Dicen los especialistas que esa “pandemia de contaminación del aire” a la que se enfrenta el planeta acorta en el mundo la vida de las personas “con una incidencia mayor que las guerras y que los virus”. De acuerdo con la estimación de los científicos, “la contaminación del aire causó ocho millones ochocientas mil muertes prematuras en 2015, lo que supone una reducción del promedio de vida de casi tres años en el mundo”.

Thomas Munzen, uno de los autores del estudio, relieva que “dado que el impacto de la contaminación del aire en la salud pública en general es mucho mayor de lo esperado, y es un fenómeno mundial, creemos que nuestros resultados muestran que hay una pandemia de contaminación del aire”.

El estudio concluye que la contaminación del aire causada por el hombre (la cual es evitable) es la causa de la casi totalidad de las muertes prematuras en el mundo. La diferencian de la “contaminación inevitable”, provocada por factores de fuentes naturales como incendios forestales, polvo del desierto y otras que no afectan la salud humana ni ocasionan muertes prematuras. Es la contaminación evitable, producida por humanos, la que envenena el aire que respiramos, y ella puede evitarse en la medida en que se reduzca o se elimine del todo el empleo de combustibles fósiles.

En Bogotá es fácil comprobar la veracidad rigurosa del informe de los especialistas alemanes. Ya la alcaldesa Claudia López ha reconocido que la contaminación del aire en Bogotá ha llegado a niveles ultrapeligrosos. No se trata de alarmismo ecológico, sino de un problema gravísimo de salud pública. Basta mirar las estadísticas de hospitales y clínicas, o de Medicina Legal, si las tiene, para comprobar que la mayoría de los fallecimientos en Bogotá son provocados por enfermedades originadas en la contaminación del aire. Insuficiencia respiratoria, enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, enfermedades pulmonares, que afectan sobre todo a los adultos mayores de 60 años y a los niños menores de 5 años, y que reducen el promedio o las expectativas de vida de la población entre los cinco y los sesenta años.

Las medidas adoptadas por la alcaldesa, aunque necesarias, son insuficientes. Una cosa son las que se adopten de manera temporal para enfrentar una emergencia como la del coronavirus. Y otra las que deben obedecer a un plan de largo alcance para limpiar el aire de la ciudad en un ciento por ciento. El pico y placa ambiental de los sábados hay que extenderlo a la semana entera, de manera indefinida. La flota diésel de TM debe ser sustituida, a la brevedad, por buses eléctricos. Mantener los articulados diésel es, sencillamente, un crimen contra la ciudadanía. Hay que arborizar la ciudad en todas sus calles, y exigirle al presidente que, de los ciento ochenta millones de árboles que ofreció sembrar en su mandato, destine cuatro millones de ellos para el bosque de la reserva ecológica Thomas van der Hammen. Eso no da espera. Cada muerto producido por la contaminación del aire será responsabilidad de la negligencia oficial.

Veamos, en palabras de otro de los autores del estudio, Jos Lelieved, cuál es el impacto de la contaminación del aire en la salud humana, comparado con diferentes factores dañinos:

“La pérdida de esperanza de vida por contaminación del aire compite con el efecto del humo del tabaco y supera en mucho otras causas de muerte. La contaminación del aire supera a la malaria como causa mundial de muerte prematura en un factor de 19; a la violencia en un factor de 16, al VIH/sida en un factor de 9, al alcohol en un factor de 45 y al abuso de drogas en un factor de 60”.

Tomemos precauciones eficaces contra el coronavirus, que será susto de tres semanas; pero preparémonos para una lucha sin cuartel contra esos enemigos implacables de la salud humana, los combustibles fósiles. O limpiamos el aire, o muy pronto nuestro promedio de vida se reducirá a los niveles de la Edad Media, al paso que aumentan las pandemias.

Enrique Santos Molano

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