La ‘nueva normalidad’

La ‘nueva normalidad’

La alternativa, ahora, es oponer a ese Nuevo Orden Mundial una normalidad humanista.

28 de mayo 2020 , 06:57 p.m.

El concepto de moda, o el virus ideológico con el que están inoculando a los ciudadanos, atrapados en sus casas, es el de “la nueva normalidad’ que se supone originada en la pandemia y que maniobrará las relaciones humanas después de la pandemia, o como dicen los periodistas elegantes, en la pospandemia.

¿Qué es la nueva normalidad y en qué se diferencia de la normalidad antigua? La nueva normalidad, que otros denominan también Nuevo Orden Mundial (NOM, por sus siglas en español, y NWO, por sus siglas en inglés) son las reglas de vida que impondrán a los ciudadanos los poderes económicos y políticos que organizan el NOM. Debe advertirse que dichas reglas no se han elaborado a partir de la pandemia coronavirus covid-19 SARS Vo-2, sino que las vienen trabajando en los círculos mundiales del poder, desde finales del siglo pasado, o más precisamente, desde los comienzos de la era digital. La pandemia actual solo ha sido la circunstancia propicia para ponerlas en marcha.

La parte sustancial de la Nueva Normalidad (NN) es la eliminación total de la democracia, (de la poca democracia que subsistía en la normalidad antigua). Con la desaparición de la democracia, se suprimirá la Declaración Universal de los Derechos Humanos, desaparecerá la soberanía de las naciones y la ONU será sustituida por un gobierno mundial que regirá un club de seis o siete megamagnates, a cuyo arbitrio quedará el destino de los siete mil millones de ciudadanos en el mundo. Nadie podrá en el NOM reclamar por sus derechos. Esos derechos ya no existirán, ni siquiera en el papel. Dueños y manipuladores de la Inteligencia Artificial, los amos de la NN, enloquecidos con su exceso de poder, se sentirán deidades y harán lo que se les antoje con los ciudadanos.

Cuando Aldous Huxley publicó su libro Un nuevo mundo feliz (A Brave New World, 1936, actualizado en 1947), advirtió que, si bien situaba sus predicciones a seiscientos años de distancia en el futuro, tenía el presentimiento de que podrían suceder en un siglo. No se equivocó. Están comenzando a verse, por ejemplo, en las disposiciones unilaterales adoptadas por los gobiernos bondadosos para salvarnos de la pandemia del coronavirus. Todo lo leemos en el libro de Huxley, como si lo acabara de escribir.

Uno de los símbolos de la nueva normalidad (¿o del nuevo Mundo Feliz?) es el tapabocas. Con el tapabocas, para protegernos del contagio, nos han callado la boca. ¿Por qué, si es necesario de vida o muerte usarlo para prevenir la infección, nunca lo llevan puesto los mandatarios de las grandes y de las pequeñas naciones, en público, ni en privado? ¿Tienen ellos privilegio de inmunidad virológica, que no han querido compartir con el común de los ciudadanos, tal vez porque el tapabocas se ha convertido, además de tapabocas, en un negocio formidable?

Con el tapabocas vienen las consignas. “Quédate en casa”, “Lávate las manos cada hora”, “Sé obediente”, “No protestes”, “Limítate a respirar” y otras destinadas, no lo duden, a salvarnos del coronavirus.

Sin embargo, leemos a diario en la prensa titulares como “Con la epidemia bajaron a la mitad los homicidios”, “Con la epidemia se redujo la inseguridad”, “Cifras de violencia sexual bajaron en la cuarentena”. Entonces cabría pensar que la pandemia de coronavirus, si no benéfica, es mucho menos mortífera que la corrupción, el mal gobierno, el narcotráfico, la contaminación ambiental, la pobreza, la miseria y otros, que cada año matan a millones de personas, y contra los cuales no se ha adoptado ninguna cuarentena.

¿Tenemos alternativa para enfrentarle a la nueva normalidad? Claro que sí. Huxley la propone en su libro (Prólogo a la edición de 1947): “Si tuviera que reescribir esta obra, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cachos utópico y primitivo de este dilema, reposaría la posibilidad de la cordura, una probabilidad hasta cierto punto ya realizada en una comunidad de exiliados o refugiados del Mundo Feliz, que vivirían en una especie de reserva. En esa comunidad la economía sería descentralizada y al estilo de Henry George, y la política al modo kropotkiniano y cooperativista. La ciencia y la tecnología se emplearían como si, a semejanza del Sabbath, las hubiesen creado para el hombre, y no (como pasa en la actualidad) que el hombre debiera acomodarse y esclavizarse a ellas”.

Pero no podemos los humanos de hoy resignarnos con la nueva normalidad que nos quieren aplicar, con el horror del distanciamiento social, que conduce a la robotización del comportamiento de las personas, ni dejar que la alternativa la realice una comunidad de desterrados, en un sitio remoto, dentro de seiscientos años.

La alternativa, ahora, es oponer a la “nueva normalidad”, que ni es nueva ni es normal, una normalidad humanista que transforme para siempre las normas económicas y políticas, y la cultura mafiosa que se impuso desde finales del siglo XIX. Diré algo al respecto en la próxima columna. Mientras tanto, no sobra rematar esta con la sugerencia irónica con la que Huxley concluye al plantear las alternativas que los ciudadanos tienen para escoger: “Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto”. (Aunque ya ni ese derecho le están dejando al ciudadano).

Enrique Santos Molano

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