La nanoeconomía y el mundo de hoy y de mañana (2)

La nanoeconomía y el mundo de hoy y de mañana (2)

La pandemia económica es gemela de la del covid-19. Es una crisis económica infecciosa.

30 de abril 2020 , 08:10 p.m.

No atino a adivinar en qué mundo viven los que están sentados sobre un barril de pólvora, con la mecha encendida, y con optimismo postizo hablan de reactivación económica. “Aquí no ha pasado nada”.

Si por un instante dejaran de mirarse el ombligo y fijaran su atención en el presente, entenderían lo ridículo que resulta hablar de reactivación económica cuando el Banco Central Europeo, aterrado con la situación, deja en ceros la tasa de interés, mientras que el desempleo en Europa supera los treinta millones de parados, y en Estados Unidos se calcula que a fines de año habrá pasado de los sesenta millones de ciudadanos que han perdido este año sus empleos. ¿Reactivación económica cuando en Colombia se preparan despidos masivos y el paro puede llegar, en este momento según cálculos no oficiales, a los seis millones, si no más?

¿Reactivación económica cuando Acopi, que representa a las pequeñas y medianas empresas (pymes), generadoras del ochenta por ciento del empleo nacional (algo más de siete millones de trabajos), dice con acento desolado que este mes la mayoría de pymes estarán en aprietos para pagar los sueldos, y muchas de ellas bordean la quiebra?

¿Reactivación económica cuando el consumo habitual se ha reducido en más de un siete por ciento, y posiblemente llegue a menos cero (como el petróleo) después de la pandemia?

No han entendido nuestros poderosos que esta crisis no es de esas crisis normalitas que pasan y todo sigue igual. La pandemia económica es gemela de la pandemia viral covid-19. Es una crisis económica infecciosa que ha contagiado el organismo económico neoliberal y que le irá cortando la respiración hasta matarlo, sin que nada ni nadie pueda impedirlo. No hay jabón que sirva ni lavado de manos que pueda salvar al régimen neoliberal.

La insensatez inverosímil del sistema económico está en el hecho de que los países sean gobernados no por los gobiernos que el pueblo supuestamente elige, sino por una burocracia internacional de funcionarios parásitos que ganan sueldos fabulosos (pagados por los países pobres) y que imponen normas que les facilitan a los ricos hacerse más ricos, y a los pobres, más pobres, más cerca de la pobreza extrema o miseria, y lo más lejos posible de la igualdad y la equidad.

Así tenemos que el martes se nos dio la buena noticia de que Colombia tuvo el honor de ser admitida como miembro de pleno derecho en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (Ocde), y que es, “¡oh gloria inmarcesible!”, uno de los tres países latinoamericanos, con México y Chile, admitidos en ese club elitista. La Ocde es otro organismo burocrático internacional que solamente les sirve a sus miembros ricos. A los menos ricos, o de medio pelo, les asigna políticas neoliberales que tienen por objeto acabar con la clase media trabajadora, recargándola de impuestos y de tarifazos a los servicios públicos.

¿De qué les ha servido a Chile y a México pertenecer a la Ocde? El resultado está a la vista. La antes próspera clase media chilena (próspera antes de entrar Chile a la Ocde) que jalonaba el desarrollo económico, social y cultural de ese país, hoy es una clase arruinada, descontenta, rabiosa, que ha generado el movimiento de protesta más importante de las últimas décadas, apagado momentáneamente por la cuarentena, pero que ya ha advertido en distintas ocasiones desde la encerrona masiva: “¡Volveremos!”.

En México ha ocurrido igual. Un gobierno tan bien intencionado como el del presidente López Obrador tropezó en la pauperización de la clase media con obstáculo insuperable para rescatar al país del desastre, y ha chocado con las políticas neoliberales de la Ocde, peores que el muro de Trump. “Con el neoliberalismo hemos topado, Sancho”, ha tenido que decirles el Quijote Amlo a sus un poco desilusionados ciudadanos, aunque todavía conserva favorabilidad en las encuestas.

Aquí en Macondo las políticas de la Ocde contra las clases media y pobre comenzaron prontico. Aumentar al máximo las tarifas de los servicios públicos, el transporte y todo lo que sirva para dejar vacío el bolsillo de los ciudadanos y llenar las arcas de un erario corrupto y despilfarrador. La Superservicios, Natasha Avendaño, declara con superfrescura: “Es inevitable que las facturas se encarezcan” (EL TIEMPO, 30/4/2020). Claro que es inevitable. Eso, que se encarezcan para los estratos tres y cuatro, es lo que ordena la Ocde.

Algunas facturas de la energía, por ejemplo, llegaron este mes con un pequeño aumento del cincuenta por ciento. Luz, agua, teléfonos, gas también subirán “inevitablemente”. ¿Cuándo oiremos que los sueldos de los altos funcionarios públicos bajarán, por lo menos a la mitad, inevitablemente?

Anoche leí hasta las cinco de la madrugada un extenso artículo de Ignacio Ramonet, director de 'Le Monde Diplomatique' en español, que analiza a fondo, punto por punto, la gran crisis pandémica y económica (GCPE) que cambiará por completo la historia humana, no para que todo siga igual, sino para que nada vuelva a ser igual al régimen neoliberal nefando, y que le pondrá fin al largo imperio del feudalismo. En la siguiente columna comentaré el artículo de Ramonet (publicado en el diario argentino Página/12, 30/4/2020) que me ayudará a consolidar mi visión sobre la nanoeconomía.

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Carlos Pinzón. Al concluir esta columna, me llega la noticia tristísima de la muerte de Carlos Pinzón, el legendario maestro de la TV y la filantropía, creador del Club del Clan, en el que se formó Shakira, entre otras celebridades; de Teletón, que ha suplido las deficiencias del Estado en la atención a los discapacitados, y de muchas iniciativas que han sido tan útiles para nuestro país.

Carlos Pinzón me honró con su amistad por más de cuarenta años, lo mismo que sus hermanos, Germán (gran cronista y novelista, q. e. p. d.) y Leopoldo, director de cine, escritor y poeta de estilo original y pensamiento profundo. A Leopoldo Pinzón, último sobreviviente del clan de los Pinzón, brillantes, solidarios y humanistas, le doy mis abrazos virtuales, pero no menos afectuosos. La pérdida de Carlos Pinzón es un dolor grande para los muchos que aprendimos a quererlo y de quienes recibimos lecciones inolvidables de bondad y optimismo.

Enrique Santos Molano

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