Hollman y la izquierda

Hollman y la izquierda

Los progresistas humanistas creemos que las leyes no pueden estar por encima de la justicia.

29 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

De las muchas cosas importantes de que habló el candidato de la coalición progresista (Colombia Humana-Unión Patriótica-Mais) a la alcaldía de Bogotá, Hollman Morris, en la entrevista que María Isabel Rueda le hizo para EL TIEMPO, la que parece haber concentrado la atención fue la respuesta de Morris acerca de sus relaciones con la izquierda. El candidato dijo sin subterfugios que él no es de izquierda, sino progresista. La habilísima entrevistadora lo llevó a dar una explicación insuficiente acerca de por qué ser progresista no es ser de izquierda. En mi opinión, Hollman patinó al exponer una premisa, sin duda cierta, aunque mal planteada, cuando, tras ponerlo contra las cuerdas en un asunto en el que la brevedad de una entrevista de periódico no permite ni pensar, ni responder con la debida profundidad a un asunto filosófico intrincado que exige tanta meditación para estructurarlo como extensión para desarrollarlo, María Isabel le espetó una pregunta afirmativa:

“O sea… los progresistas van más allá de la izquierda …”, Hollman respondió “Sí, pero ojo, no en radicalidad. En interpretar un nuevo mundo, una nueva realidad de la humanidad, que se llama cambio climático; reconocer que la única vida no es la del ser humano, sino la del agua, la montaña, la flor, los animales. Y que hay libertades sexuales también. Eso en la izquierda tradicional no existía. Me siento más cómodo aquí”.

En mi concepto, Hollman expuso mal una verdad de fondo. No dejó clara la diferencia real entre el progresismo y la izquierda, y también hubiera podido explicar, grosso modo, la divergencia entre el progresismo y la ultraderecha. La diferencia entre ultraderecha e izquierda reposa en que la ultraderecha sabe lo que quiere y cómo conseguirlo; y la izquierda no sabe lo que quiere y no tiene otra ideología que patearse las espinillas los unos a los otros. Por algo V. I. Lenin definió la izquierda como “la enfermedad infantil del comunismo”. Y si le quitamos “del comunismo” la definición sigue vigente. La izquierda es una enfermedad infantil, lo mismo que la ultraderecha es una enfermedad senil.

El progresismo no es, como cree Hollman, un mero intérprete de una nueva realidad de la humanidad, el cambio climático. El cambio climático tampoco es un problema de interpretación. Es una realidad trágica, originado por una rebelión de la naturaleza contra los abusos que el hombre comete contra ella en nombre de un supuesto progreso material.

Esa no es la clase de progreso que alienta al movimiento progresista. Los progresistas entendemos, como bien lo dice Hollman Morris, que el ser humano hace parte de la vida, un producto de la naturaleza junto con los demás seres vivos: los animales, el agua, los minerales, todo lo que ambienta la existencia en la tierra. Por desdicha, el ser humano es el único ser paradójico de la naturaleza. Está dotado con altas capacidades creadoras o depredadoras, que le permiten autopreservarse o autodestruirse.

El movimiento progresista (llámese Colombia Humana, Mais, Unión Patriótica, Polo Democrático, Partido Conservador, Partido liberal, Farc) recoge lo mejor del ser humano, del que está dispuesto a proteger la vida y los derechos de los seres vivos que no tienen las mismas condiciones de autodefensa de los humanos, y a tutelar la integridad de la naturaleza para resguardar su propia integridad. La humanidad enfrenta hoy el trance, no de parar el cambio climático, sino de asumir las medidas oportunas y eficaces que mitiguen los efectos que, de no existir dichas medidas, podrían borrar de la tierra en pocos años la vida humana.

El progresismo humanista no fue inventado por Gustavo Petro. El gran dirigente de Colombia Humana ha recogido y puesto a flotar con el viento las banderas del humanismo; pero esa corriente viene desde la invención de la literatura por Homero, pasa por los clásicos griegos (en especial Eurípides, Sófocles y Aristófanos), adquiere carta de naturaleza con el romano Terencio y se prolonga a lo largo de la historia con los Graco, Jesucristo, Shakespeare, Babeuf, Robespierre, Hugo, Balzac, Fielding, Jane Austen, Marx, Virginia Woolf, Poe, Maupassant, Bolívar, Nariño, Lincoln, Martí, Kafka, Joyce y cientos más de pensadores, políticos, científicos, y ciudadanos del común. Las únicas épocas de verdadero progreso, del progreso del cual todos se benefician, sin privilegios excluyentes, son aquellas pocas, llenas de esplendor, en que los humanistas han logrado hacerse con el gobierno e implantar la justicia.

Los progresistas humanistas creemos y defendemos que las leyes no pueden estar por encima de la justicia,ni dar lugar a injusticia alguna. La ultraderecha defiende que las leyes están sobre la justicia, es decir que si favorecen determinados intereses, no importa que generen injusticia. Esa es la diferencia abismal entre la corriente humanista progresista y la corriente antihumanista ultraderechista.

Para resumir, recuerdo (porque es inolvidable) una serie policiaca, entre comedia y drama, de los años 80, Hill Street Blues, quizá la mejor de su género jamás realizada. En alguno de los ciento sesenta y siete episodios, el capitán Frank Furillo (Daniel Travanti) se queja con la abogada del Departamento de Policía, Joyce Davenport (Verónica Hamel), hastiado de una lucha incesante contra un hampa que parece cada día más poderosa, más numerosa y más recursiva. Furillo, deprimido, le pregunta a Joyce “¿Para qué estamos aquí? ¿De qué se trata este esfuerzo peligroso e inútil?”. Ella le responde: “Se trata de ti, de mí, del ser humano”.

De eso se trata también la coalición progresista que apoya la candidatura de Hollman Morris a la alcaldía mayor de Bogotá. De tener un alcalde humanista que comprenda el servicio público como la tarea de un funcionario que está para servir al público (humanista) y no para servirse del público (neoliberal). Hacer de Bogotá ‘Una ciudad del primer mundo’ significa proteger el aire que respiran sus habitantes y hacerlo un ciento por ciento sano; proteger e incrementar los árboles que oxigenan, las reservas ecológicas que hacen sostenible la salubridad humana; proteger a los animales y a las plantas, crear empleo sostenible y para todos, desde jóvenes hasta ancianos, y revolucionar la movilidad ciudadana con un sistema multimodal de transporte no contaminante, que tendrá como eje el metro subterráneo. Una ciudad del primer mundo –como la propone la coalición progresista, y la pondrá en marcha Hollman Morris– es una ciudad que les pertenece a los ciudadanos, no a los contratistas.

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