El Libertador y la monarquía

El Libertador y la monarquía

Como en todos los hechos de la historia, el asunto de Bolívar y la monarquía tiene más de una cara.

23 de abril 2020 , 06:35 p.m.

Con la mira de verificar y consolidar algunos datos nuevos que he recogido, y de analizar las consecuencias de los hechos económicos y políticos más recientes en torno a la crisis pandémica del coronavirus, pospuse para el viernes próximo la segunda parte de ‘La nanoeconomía y el mundo de hoy y de mañana’. En su lugar me permito hoy llamar la atención de los lectores sobre un artículo publicado en este diario, y que trata del tópico recurrente de las ‘ambiciones monárquicas’ del Libertador Simón Bolívar.

No he leído todavía el último libro sobre la vida de Simón Bolívar, de la escritora peruana Marie Arana, recomendado y elogiado por críticos y expertos; pero encuentro sobre ese trabajo conceptos interesantes en un artículo del historiador colombiano Armando Barona Mesa (‘Bolívar sí buscó la monarquía’, EL TIEMPO, 22/4/2020), quien, después de hacer los elogios debidos al libro de la señora Arana, le anota un “error grave”. La historiadora peruana asegura que después del fracaso planeado de la Convención de Ocaña, los fieles ministros del Libertador se dieron a la tarea de buscar una forma de gobierno distinta, una monarquía constitucional que estaría regida por un príncipe extranjero.

Resolvieron los ministros —afirma la historiadora peruana— proceder ‘a espaldas’ del Libertador, seguros de que él rechazaría esas gestiones, a las cuales procedieron sin el conocimiento del Libertador-presidente de Colombia.

Para refutar el aserto de la escritora, Barona Mesa aporta un documento que sin lugar a dudas prueba lo contrario de lo afirmado por Marie Arana. Es una carta (ya conocida y manoseada) en la que el ministro del Interior, e historiador, José Manuel Restrepo, le da cuenta a Bolívar de las gestiones intentadas ante los ministros plenipotenciarios de Inglaterra y Francia para conseguir el príncipe que venga a reinar en Colombia.

Sí, esas gestiones monárquicas se hicieron y el Libertador-presidente no solo tenía conocimiento de ellas. Él mismo las había sugerido a sus ministros, en primer lugar, a Restrepo. Al respecto no cabe discusión.

Pero, como en todos los hechos de la historia, el asunto de Bolívar y la monarquía tiene más de una cara. Primero, el título del artículo del doctor Barona Mesa, ‘Bolívar sí buscó la monarquía’, da a entender, o así lo entenderán los lectores desprevenidos, que Bolívar planeaba hacerse rey, coronarse y satisfacer una ambición personal. No es esa la conclusión que se desprende del artículo, o de su prueba reina. En ambos queda claro que Bolívar consideraba la instauración de una monarquía constitucional en cabeza de un príncipe extranjero y respaldada por una gran potencia.

Segundo, vale preguntarse ¿por qué el Libertador-presidente de una república que aún no cumplía su primera década de creada, tras la liberación colonial, quería implantar una monarquía constitucional? ¿No suena inverosímil? Los orígenes de esa idea de cambiar el sistema de gobierno republicano a monárquico los encontramos en el discurso grandioso con que el Libertador inaugura en febrero de 1819 el Congreso de Angostura, prolegómeno de la futura República de Colombia, constituida por las antiguas colonias de Nueva Granada, capitanía de Venezuela y la presidencia de Quito, que formaron parte del Virreinato de la Nueva Granada. En aquel discurso, el Libertador rechaza enfático cualquier forma de gobierno distinta a la república, y encarece a los legisladores crear una constitución que tenga por base la idiosincrasia de los pueblos en que va a regir, y que evite la imitación de constituciones extranjeras que se han hecho para pueblos de costumbres diferentes al nuestro. Sin embargo, describe con entusiasmo las formas de gobierno de los ingleses propicias para ejercer la democracia, bien sea en una monarquía constitucional o en una república constitucional. El peligro sobre el que Bolívar advierte y martilla insistentemente es la anarquía, que, si no se controla, acabará por hundir la república.

Y ese era el panorama exacto que se vivía en 1829. La anarquía total y la República de Colombia al borde de la disolución. No voy a enumerar los detalles y sucesos vergonzosos, y peor que vergonzosos, estúpidos, que en el curso de 1821 a 1829 condujeron a tal situación de anarquía ya incontrolable, que le sugirió al Libertador la idea desesperada de buscar un príncipe “extranjero y católico” que pudiera poner orden y evitar la desintegración de Colombia y su secuela inevitable de un futuro sin esperanzas.

Después, como lo consigna el propio Barona, Bolívar desechó la idea monárquica. ¿Qué príncipe querría asumir el riesgo de un ‘principado anárquico y sin garantías’? El Libertador Simón Bolívar no buscó la monarquía, solamente estaba explorando si esa podría ser una forma de gobierno que conviniera a los intereses de los pueblos liberados por él y por los patriotas descamisados y descalzos que, para crear un país soberano y democrático, pelearon tantas jornadas dolorosas y heroicas, animados por la palabra, la energía, el ejemplo y el valor de su comandante. Dice un historiador europeo: “Bolívar deja la sensación de un ser sobrenatural”.

Padilla y Córdova

Armando Barona Mesa presenta al almirante José Prudencio Padilla y al general José María Córdova como víctimas de Bolívar. Resalta los horrores “… de la persecución a Padilla, el único general y almirante de raza mestiza —más negro que blanco… ”; y de Córdova; “… una serie de acontecimientos atroces después de la noche septembrina, el primero de los cuales fue el levantamiento y posterior asesinato del héroe de Ayacucho, José María Córdova”. Al final de su artículo, agrega: “A manera de colofón debo volver a mi obra sobre Córdova, tendido en un charco de sangre en El Santuario, y al informe principal final de Bolívar ante el Congreso: Me es grato —dice Bolívar— que para terminar las disensiones domésticas ni una gota de sangre ha empañado la vindicta de las leyes; y aunque un valiente general y sus secuaces han caído en el campo de la muerte, su castigo les vino de la mano del Altísimo, cuando de la nuestra habrían alcanzado la clemencia…”.

Barona Mesa anota: “Según el general Bolívar fue el Altísimo quien mató a Córdova con un sablazo irlandés que le perforó el cerebro, al igual, seguramente, que a Padilla. En realidad, Dios puede con todo”.

El comentario no se presta a equívocos. José Prudencio Padilla y José María Córdova fueron dos héroes inocentes asesinados por orden de Bolívar. Dios aguanta todo, menos las afirmaciones malévolas e infamantes, sorprendentes en un historiador tan riguroso e imparcial.

Padilla y Córdova sí fueron héroes, valerosos y temerarios. Actuaron decisivos en dos batallas que le dieron a la república la victoria sobre el imperio colonial: Maracaibo y Ayacucho. La historia los ha honrado por ello y los ha puesto en los altares de la patria.

Pero no fueron inocentes, ni Bolívar los persiguió ni tuvo que ver con sus muertes. Padilla era conspirador reincidente. En el año 26 había encabezado en Cartagena una rebelión contra el gobierno, por la que fue capturado, enjuiciado y condenado a la pena de muerte. El Presidente-Libertador lo perdonó y le conservó sus grados de general y almirante, que el mismo Bolívar le había conferido en reconocimiento a los méritos extraordinarios del marino mestizo. ¿Será eso lo que Barona Mesa llama persecución? En 1828, el almirante Padilla volvió a las andadas y participó de lleno en la conspiración septembrina para asesinar al Libertador. Enfrentó el debido proceso, fue encontrado culpable por el consejo de guerra y condenado a muerte.

Si la conspiración hubiera tenido éxito, Padilla habría sido condecorado y nombrado ministro de Marina; pero como la conspiración fracasó, lo fusilaron. Padilla no enfrentó el patíbulo porque fuese “mestizo, más negro que blanco”. Quienes conspiran deben saber a lo que están expuestos, en cualquiera de los dos casos. Padilla no tuvo suerte. No estoy de acuerdo con la pena de muerte, pero la ejecución del almirante fue un acto legal, y no se la puede calificar de asesinato. Bolívar pidió que se tuvieran en cuenta los méritos del general Padilla, pero los jueces fueron implacables.

El caso del general Córdova es el de un militar joven y apuesto, poseído de un valor y un arrojo formidables, rayanos en la temeridad, y de una locura o falta juicio desbordantes. Se había enamorado perdidamente de la hija del cónsul general inglés, y se dejó convencer por este, y por el ministro plenipotenciario estadounidense, de rebelarse contra el gobierno “del dictador” Bolívar. Córdova, pues, financiado por los ministros de las potencias monárquica y republicana, se levantó contra el gobierno de Simón Bolívar.

En carta que el 26 de octubre de 1829 le escribe el presidente a su ministro de Relaciones, Estanislao Vergara, le dice: “Las medidas tomadas para contener al frenético de Córdova, me han parecido muy acertadas, lo mismo que la energía con que usted se ha manejado con los extranjeros (el ministro estadounidense Harrison y el cónsul general inglés, Henderson) que han querido mezclarse en nuestros asuntos, pero es necesario que esa energía sea efectiva”, lo cual quería decir que los agentes diplomáticos implicados deberían abandonar el país. Así se hizo.

Córdova incurrió, como Padilla, en el delito de rebelión y conspiración, agravado con el de traición a la patria. Él sabía, como Padilla, a qué se exponía. La gloria si triunfaba, o la muerte si fracasaba. Fue derrotado por las tropas leales en la batalla de El Santuario. Herido y desarmado, lo asesinó de un sablazo el mercenario irlandés Ruperto Hand. El propio Bolívar definió la muerte de Córdova como “miserable y trágica”.

Queda demostrado que Simón Bolívar no buscó la monarquía con fines personalistas, y que Padilla y Córdova no fueron víctimas de nadie más que de sí mismos.

Enrique Santos Molano

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