El siglo veintiuno

El siglo veintiuno

En la infancia del siglo no hubo ‘belle époque’. Por el contrario, cayó la máscara de la hipocresía.

21 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Es histórico que los últimos veinte años de un siglo y los veinte primeros del siguiente sean el período natural de transición entre uno y otro. En esas cuatro décadas se conciben y estructuran los parámetros tecnológicos, científicos, económicos, sociales, políticos, artísticos y culturales que habrán de configurar la nueva centuria.

Así, verbigracia, entre 1880 y 1920 se originaron los inventos, los descubrimientos y los hechos sociales e ideológicos que le dieron personalidad al siglo veinte. El cine, la telegrafía sin hilos (TSH), la energía eléctrica, los rayos X, el automóvil, el avión, la radio, la televisión, los premios Nobel, el art nouveau, el art déco, el abstraccionismo y la maquinaria bélica más poderosa jamás conocida, lista para hacer “la guerra que pondrá fin a todas las guerras” (1914-1918), de la cual guerra emergieron las dos corrientes ideológicas que se enfrentarían a lo largo del siglo.

El veinte se anunció como un nuevo Renacimiento de la humanidad. Tanto, que los primeros diez años fueron bautizados como la ‘belle époque’. De 1912 a 1914, ese mundo fabuloso conoció su realidad de la manera más brutal, primero con la guerra de los Balcanes, ensayo preliminar de la aviación como fuerza de combate, y enseguida la Gran Guerra europea (Primera Guerra Mundial) que acabó con las ilusiones y abrió las puertas ensangrentadas del siglo veinte.

No creo que las generaciones futuras se sientan inclinadas a la absolución en el juicio a ese siglo en el que nacimos los que todavía estamos aquí viendo los albores del veintiuno, y esperando el llamado para abordar el vuelo de los viajeros hacia la noche sin fin.

El siglo veinte fue siempre como la belle époque de su infancia. Una máscara de esplendor que oculta un rostro horrible, sobre el que pululan como granos de acné la ambición, la avaricia, la codicia, la injusticia, la pobreza, la inequidad, el crimen organizado y el crimen desorganizado, los abusos del poder y todas las miserias acentuadas por la manipulación y el monopolio de los avances científicos y tecnológicos.

En la infancia del siglo veintiuno no hubo belle époque. Por el contrario, cayó la máscara de la hipocresía y el rostro abominable dejó ver a plenitud su fealdad con el ataque inusitado y extraño a las Torres Gemelas de Nueva York y a la sede del Pentágono, nada menos. La agresión, atribuida a la banda terrorista Al Qaeda, supuestamente dirigida por un antiguo socio del expresidente George Bush, el magnate afgano Osama Bin Laden, dio pie al presidente George W. Bush para emprender una cruzada antiterrorista, en la que sin consideración alguna todos los ciudadanos del planeta se hicieron sospechosos de terrorismo y fueron tratados como terroristas por las autoridades de la gran potencia. Muchos mandatarios de la derecha aprovecharon el calificativo tenebroso para desprestigiar y perseguir a sus opositores o callar la protesta social.

Las guerras que siguieron a continuación, la invasión y destrucción de Irak, la destrucción de Siria, de Libia, de Egipto y el caos en el Oriente Medio permiten bautizar la infancia del siglo veintiuno como la ‘époque abominable’. La cruzada antiterrorista de George W. Bush llenó de terror y de miedo al mundo indefenso.

En la próxima columna haré el análisis somero de lo que fue la adolescencia del presente siglo (2008-2020), y las perspectivas que nos aguardan para su juventud y madurez (2021-2050), a partir del discurso de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, y de la pregunta indispensable: ¿logrará la humanidad, en la conformación geopolítica que se avizora, quebrar la herencia indeseable del pasado?

Enrique Santos Molano

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