El dilema progresista

El dilema progresista

Los demócratas progresistas han perdido el norte, están dispersos y encriptados en grupos.

18 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Entre la multiplicidad de problemas que hoy enfrenta el país, los dos más preocupantes, que afectan al noventa y cinco por ciento de los ciudadanos, son el deterioro del empleo y el declive democrático. La pandemia es un problema sanitario pasajero (así dure dos años o rebrote, como predicen los epidemiólogos) y nos ha afectado más en el empleo y en la economía, que en la salud.

Señala un estudio de la Cámara de Comercio de Santiago (CS), publicado por RT Actualidad (15/9/2020), que diez países latinoamericanos ocupan los diez primeros lugares en un listado de cuarenta y cinco naciones que han perdido más puestos de trabajo durante la pandemia. Colombia ocupa el honroso quinto lugar con un 12,4 % de empleos perdidos, debajo de Perú (39,2 %), Costa Rica, 21 %), Chile (20,9 %) y Filipinas (20,1 %); y por encima de otros cuarenta, el último de los cuales es Macedonia, con 2,2 %. Colombia como de costumbre acompaña a los primeros cuando debería ser el último, o va con los últimos cuando debería ser el primero. Nuestro lindo país.

Sumando el 12,4 % de desempleo que cosechamos en la pandemia, estimado hasta el 31 de agosto, al 11 % que traíamos, totalizamos un 23 % de trabajadores sin empleo (no se contabilizan los 17 días de septiembre). En cifras descarnadas nueve millones de trabajadores sin trabajo, nueve millones de colombianos y sus familias a los que se les están violando su derecho constitucional a la subsistencia digna y sostenible. Un promedio de tres personas por familia de desempleados arroja veintisiete millones de colombianos en situación calamitosa.

Si el Gobierno cumpliera con su obligación constitucional de garantizar el empleo, el fenómeno del paro laboral, con pandemia o sin pandemia, con crisis o sin crisis, no tendría por qué afligir a los ciudadanos trabajadores de Colombia. En México, donde por diversos factores, incluso la pandemia, se atravesó por una crisis económica seria en el primer año, todavía no cumplido, de Andrés Manuel López Obrador, el presidente la manejó con tal tino que ni un solo trabajador mexicano perdió su empleo, ni vio reducida su calidad de vida. Lo mismo cabe decir de Italia, Rusia, China, Cuba, Suecia, Noruega y otros países que se han librado del virus neoliberal, más peligroso y letal que cien pandemias de covid-19 juntas.

En Colombia resaltan los esfuerzos del Gobierno (que no son de su resorte) para resolverle favorablemente la situación jurídica al exsenador Uribe Vélez, o arreglarle la situación económica a una empresa privada extranjera (Avianca), prestándole 370 millones de dólares (un billón de pesos o algo más) del dinero de los colombianos; pero no se le nota el menor interés por buscarle una solución o un principio de solución real a ese problema del desempleo, en el que sí le corresponde meterse a fondo y con decisión. Es un problema que no puede encararse dándoles plomo en las calles a los civiles indefensos que salen a protestar contra la brutalidad policial, y a los que se les responde con más brutalidad por parte de la fuerza que debería protegerlos.

Como lo anotan en sus columnas Cecilia Orozco (‘¿Democracia? Hay que poner a remojar la barba’, El Espectador, 16/9/2020) y Clara López ‘¿Quién manda en la Policía?’, Semana, 17/9/2020) el deterioro de la democracia colombiana muestra síntomas muy claros de que esa conquista civil por la que tantos han luchado, (desde José Antonio Galán, Antonio Nariño y Simón Bolívar), y tantos han dado su vida y su tranquilidad a lo largo de doscientos años de vida republicana que cumpliremos el año próximo, está a punto de desaparecer apabullada por gobiernos de ultraderecha.

Eso no es lo más grave. Lo más grave, lo peor, es que los demócratas progresistas han perdido el norte, están dispersos, encriptados en grupos que se miran con recelo los unos a los otros, que se dan codazos, si pueden, o patadas en las espinillas, sin advertir el peligro que se les viene con una ultraderecha unida férreamente en torno a un caudillo, sin duda carismático para muchos, resuelto a mantener al país sujeto a su férula implacable de señor feudal.

Patricia Lara Salive, en su columna (‘Ojo a la propuesta de Santos’ El Espectador, 11/09/2020) habla de la propuesta del expresidente Juan Manuel Santos que lanzó en su libro Un mensaje optimista para un mundo en crisis, sobre un pacto nacional con el expresidente Uribe, el presidente Duque, y la oposición para enderezarle el caminado al país en los distintos aspectos en que estamos fallando como nación civilizada y democrática.

La propuesta del expresidente Santos es altruista y corresponde a su talante de estadista conciliador y casado con la paz; pero es una propuesta idealista, alejada de la realidad. De darse el menos probable de los supuestos, que el expresidente Uribe aceptara participar en un Pacto Nacional, procedería él, de acuerdo con su talante autoritario, a imponer sus condiciones y hacer su voluntad. Ese Pacto Nacional (ilusorio) estaría roto antes de dos meses de firmado, y su resultado sería crear una situación peor que la que intentaba remediar.

Si los líderes progresistas hacen un esfuerzo volitivo para superar sus mezquindades tradicionales y unirse en una gran coalición democrática, amarrada con hilos de acero, y en la que la inteligencia se imponga a las ambiciones personales, a los resquemores individuales, habrá esperanzas reales (no ideales) de recuperar la plenitud democrática, restaurar el imperio de la Constitución, rehacer la economía y comenzar a zanjar definitivamente problemas ancestrales, cada vez más agudos y disolventes, como el desempleo, la deficiencia educativa y cultural y el analfabetismo científico, entre otros. Tarea que tomará por lo menos cuatro décadas de gobiernos progresistas o que no se cumplirá jamás si continúan los gobiernos de ultraderecha, y los poderes Legislativo y Judicial cooptados por el Ejecutivo.

He ahí el dilema de los progresistas: unirse o morir. ‘Ser o no ser’.

Enrique Santos Molano

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