América Latina y la década que viene

América Latina y la década que viene

Las grandes empresas no están en capacidad de forjar aumento de empleo. Si lo crean, será minúsculo.

11 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Uno de los errores graves en que incurren economistas y grandes empresarios consiste en creer que la crisis económica es coyuntural, causada por la pandemia, y que puede solucionarse o sortearse con medidas convencionales, como las formuladas por el presidente de la Asociación Nacional de Industriales (Andi), doctor Bruce Mac Master (EL TIEMPO, 11/6/2020, Andi propone política para favorecer lo ‘hecho en Colombia’).

Pero la crisis no es coyuntural. Es una crisis estructural, quizá la primera de este tipo desde el ‘descubrimiento’ de América. La pandemia pasará en un año. La crisis económica, social y política se mantendrá con fiebre alta hasta que los cambios estructurales que deban hacerse para superarla estén completos, posiblemente a finales de la década, siendo optimistas. Mientras tanto viviremos, más que tiempos difíciles, tiempos terribles. Muchos pensarán que estoy desvariando. Ojalá tengan razón.

Los presagios, sin embargo, no avizoran nada bueno. Analistas que tienen los pies en la tierra advierten que se avecina un terremoto global económico y social. En el último trimestre las empresas estadounidenses han perdido más del 80 % de sus beneficios, los negocios tambalean, y estaría por estallar una burbuja que colapsará la Bolsa de Valores. Al contrario del anuncio electorero del presidente Trump sobre caída del desempleo en el Imperio, del 15 al 13 %, la tasa de paro ha subido al 17 % y se registran semanalmente más de un millón y medio de solicitudes de subsidio de desempleo.

La protesta universal contra el asesinato a sangre fría del afroestadounidense George Floyd va más allá de una manifestación contra el racismo y la brutalidad policial en los Estados Unidos. Esa protesta es la expresión de un descontento nacional contra el sistema neoliberal en su conjunto, del cual el racismo y la brutalidad policiaca, endémicos en la Unión, son apenas unos de sus apéndices.

El Banco Mundial dice que la recesión global será la peor desde la Segunda Guerra Mundial, y calcula que se mantendrá hasta el 2023. Son optimistas.

Volviendo a la propuesta del presidente de la Andi, no hay que seguir engatusando a la gente con el cuento, ya gastado, de que medidas como las sugeridas por el gremio empresarial tienen como objetivo defender el empleo o incluso aumentarlo. Es sabido que las grandes empresas no crean empleos que no necesiten, no son instituciones de caridad. No califico eso, solo digo que es así. De hecho, en los últimos cinco años el desempleo en las grandes empresas, por culpa de la inteligencia artificial, la robótica y la tecnología digital, ha impulsado el mayor desempleo colombiano en las últimas dos décadas. El desempleo aumentará mientras las empresas puedan sustituir a cinco, diez o más trabajadores humanos por una “máquina inteligente”. Está ocurriendo en Colombia y a nivel global.

Nadie quiere, por supuesto, que las grandes empresas quiebren ni que desaparezcan. No faltaba más. Eso sí, tendrán que transformarse y adaptarse a las nuevas condiciones que surgirán de esta crisis. Una de ellas consiste en desistir de la estrategia malvada, propia de la doctrina neoliberal, de fomentar ejércitos de desempleados para disponer de mano de obra barata y abundante. A los empresarios les conviene aprender en esta década que nada les beneficiará tanto como la prosperidad general de los ciudadanos. Si en el cuatrienio de 1994 a 1998 no le hubieran saboteado al presidente Ernesto Samper su plan de crear en aquellos cuatro años un millón y medio de empleos nuevos productivos, el país estaría hoy blindado contra la crisis. El neoliberalismo se dedicó en el subcontinente latinoamericano, y en el resto del planeta, a destruir el empleo a medida que las nuevas tecnologías permitían sustituir por máquinas la mano de obra humana, y que el aumento del desempleo facilitaba también (y facilita todavía) obligar a un empleado, por el mismo sueldo, a asumir la faena de otros cuatro trabajadores que eran despedidos. Nuestros empresarios grandes procederán con sabiduría al descartar esa práctica ruin. Si la analizan con criterio científico riguroso, comprobarán que les ha producido más daño que beneficio. De continuarla, sencillamente se estarán suicidando.

Las grandes empresas no están en capacidad de forjar aumento de empleo, o si acaso lo crean, será minúsculo. En cambio, las pequeñas y medianas empresas (pymes) son una fuente de empleo incalculable.

El reto de América Latina en la década de los veinte está en tres interrogantes. ¿Podrán los latinoamericanos alcanzar el pleno empleo? ¿Podrán conjugar la pandemia de hambre que ya ha comenzado? ¿Tendrán la capacidad de amparar sus recursos naturales y de utilizarlos en beneficio de sus regiones?

Continuaré con este análisis en la columna siguiente.

Enrique Santos Molano

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