Inteligencia pasmada

Inteligencia pasmada

En Venezuela se perdió el valor de la educación, pues la escuela se volvió un lujo.

21 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

La vuelta a clases siempre fue motivo de emoción, al menos cuando yo iba a la escuela. En ese entonces no lo hacía esperando aprender a dividir o saber la diferencia entre adjetivo y sustantivo, lo llamativo era ir a comprar el uniforme, más aún cuando cambiaba el color de la camisa; acudir a la librería más grande con una extensa lista de útiles y escoger los cuadernos más bonitos, saber en qué sección quedaste y quién regresaba al colegio ese año, la intriga de que te eligieran para hablar en el lunes cívico…

Yo salí de las aulas de educación primaria hace más de 10 años, y en una década las cosas cambiaron de manera significativa, porque hoy los niños visten uniformes heredados y escriben en cuadernos reciclados. Antes, quien no volvía a clases era porque cambiaba de colegio y no de país, y el problema nunca fue que no tenían para desayunar.

Según la ONG Fundaredes, el 78 % de los niños venezolanos desertaron de las escuelas, cifra inimaginable cuando yo usaba uniforme blanco.

Hace 10 años, los niños como yo iban al colegio ignorando completamente lo que debíamos aprender, pero hoy todos conocen el programa, y sin embargo prefieren estudiar los requisitos para solicitar la visa democrática o el sueldo mínimo en Uruguay.

En Venezuela, la historia se volverá un mito y la democracia, una anécdota de quienes sí la vivieron

Los periodistas, médicos e ingenieros están en peligro de extinción y los suplirán comerciantes y vendedores.

Venezuela se está quedando sin los profesionales ya preparados en las universidades y no tiene la capacidad de formar nuevos, porque en las escuelas son las amas de casa y los obreros quienes tomaron el papel de los maestros ante la falta de estos; mujeres que solo sabrán cocinar y planchar camisas, hombres que solo aprenderán de electricidad y mecánica, eso es lo que se está preparando en este país porque no hay quién le enseñe a los más susceptibles que un crucigrama no es una pieza literaria o que un novelista no es un fenómeno de circo.

Alrededor de 9.000 de nuestros niños están en albergues colombianos, mientras que otros son asediados en Perú. En Chile, quienes van a la escuela conocerán la historia de Pinochet, pero nunca oirán hablar de Marcos Pérez Jiménez, para ellos Bolívar será un héroe extranjero.

En Venezuela, la historia se volverá un mito y la democracia, una anécdota de quienes sí la vivieron; los más jóvenes verán aquellos cuentos como la memoria inexistente de ciudades invisibles y patrias imaginarias, mientras forman aldeas y colonias reales en lugares donde, con acento, extranjeros les hablen de Hugo Chávez.

Aquí se perdió el valor de la educación, pues la escuela se volvió un lujo, el bachillerato, un mal necesario, y la universidad, una pérdida de tiempo, porque hacer dinero se volvió una prioridad en un país donde hay que decidir entre comer o pensar.

Mientras tanto, hay niños que añoran ser doctores, pero que hoy están en un autobús gritando ‘¡Móntese, que hay puesto!’, destinados a vivir —quién sabe por cuánto tiempo— en la pasmada incertidumbre de quien es inculto, esa en la que viven los hombres de mentes vacías que solo conocen el ejército, aquellos que más que personas son máquinas sin criterio u opinión, los seres que se forman en una hambrienta y socialista Venezuela.

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