La generación de los 90

La generación de los 90

Para nosotros, las despedidas son más comunes que los cumpleaños y las reuniones son por videochat.

25 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Hace tiempo leí una crónica en la que Rafael Osorio Cabrices, exreportero de El Nacional, hablaba de “la otra nostalgia” que sentían quienes nacieron en la época de los 70, hoy padres o abuelos de entre 40 y 50 años, que escuchaban recelosos los cuentos de la Edad de Oro venezolana, creyendo que la suya era la mejor época y criando a sus hijos, mi generación, para que pensaran como primermundistas aun viviendo en un país de quinta

Con algo de vergüenza y humor de por medio, durante un almuerzo cualquiera, les contaba a mis compañeros de trabajo que “desgraciadamente no nací pobre” y desde niña mis padres me acostumbraron a que en Semana Santa se iba a la playa y que en agosto, a Orlando y Miami, que en diciembre se estrenaba ropa, que los domingos se cenaba en la calle y el desayuno no se hacía en casa, sino que se compraba en la cantina de un colegio privado.

De esta forma, la generación de los 90, quienes, además, fuimos criados por los programas de televisión norteamericanos, soñamos despiertos con que nos regalaran un carro a los 16 años y con vivir solos al cumplir 18.

En lugar de eso, al igual que la generación de nuestros padres, solo que varias décadas antes, recibimos el golpe de una realidad comunista en la que terminar la universidad es un lujo y nuestra aspiración más grande es salir del país para vivir aquello que se nos prometió cuando aún creíamos en Santa Claus.

A diferencia de nuestros padres, nosotros no extrañaremos nuestra época de veinteañeros cuando cumplamos 40. Pero, al igual que a ellos, el vivir en Venezuela nos convirtió en viejos prematuros que abordan con naturalidad temas de política o economía, porque vivimos en medio de una crisis que nos obliga a saber el precio del dólar y el nombre de los diputados al Parlamento.

Con esto no quiero decir que debamos vivir ignorando lo que pasa a nuestro alrededor, pero nuestra preocupación más grande debería ser el precio de las curdas para el fin de semana y no si el sueldo nos alcanza para comprar un par de zapatos.

Cuando Osorio Cabrices hablaba de nostalgia, no solo hablaba de extrañar su época de juventud, sino de aquel período de tranquilidad cuando para reunirse con sus amigos del colegio no tenía que dar la vuelta al mundo, cuando sabía que su familia cenaría junta el 24 de diciembre, cuando era sencillo llenar el tanque de gasolina y viajar barato a la playa los fines de semana.

Para la generación de los 70 es sencillo recordar una época vivida hace 20 años, pero quienes nacimos en los 90 extrañamos una ilusión o bien el fantasma de un recuerdo de cuando “éramos ricos y no lo sabíamos”, así que no sé si llamarlo nostalgia. Para nosotros, las despedidas son más comunes que los cumpleaños y las reuniones ahora son por videochat, cada Navidad falta un primo en la foto y la sensación de adrenalina que se siente al ser arrastrado por una ola en la playa ya ni siquiera vive en nuestra memoria porque éramos tan pequeños que es difícil recordarlo.

No, nosotros no extrañamos una época de abundancia, extrañamos la ilusión de una época de abundancia.

Elly Hernández

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.