Termómetro del porvenir

Termómetro del porvenir

La tasa de homicidios continúa en niveles horrorosamente altos, no obstante sustanciales mejoras.

20 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Los vaivenes de la tasa de homicidios en Colombia deben servir como termómetro de la marcha del país. Premisa básica: sin respeto al derecho a la vida no hay porvenir posible para ninguna sociedad. Más elemental aún en una nación que, como resultado de la violencia, ha sufrido una verdadera catástrofe humanitaria en las últimas décadas.

Recientes noticias ofrecen un mensaje bastante mixto, de cualquier manera preocupante. Según un informe de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), la tasa de homicidios cayó 6 por ciento en los primeros meses del año. Dato alentador: de persistir la tendencia, se habría revertido la trayectoria al alza de 2018.

Hay que registrar las buenas nuevas. Pero estamos muy lejos de llegar a celebraciones. La tasa de homicidios continúa en niveles horrorosamente altos, no obstante sustanciales mejoras. Con 24,4 asesinatos por cada 100.000 habitantes, seguimos ausentes de la civilización, si por ella entendemos aquel estado social que nos permite cohabitar y resolver pacíficamente los conflictos.

Claro que el cuadro no es uniforme. En ciudades como Tunja, sus habitantes ‘gozan’ de tasas de homicidio de un dígito (importa anotar que aún las bajas tasas de Tunja son dos o tres veces más altas que las de algunos países europeos). Lo ocurrido en Bogotá desde fines de la década de 1980 debe ser ejemplar.

53 por ciento de las “acciones de violencia política” se registraron en cinco departamentos: Cauca, Tolima, Arauca, Antioquia y Valle del Cauca.

Sin embargo, a nivel nacional, como advierte la FIP, la reducción de homicidios se encuentra “estancada”, con niveles similares desde 2016. A nivel regional, el crecimiento del problema desde enero es, en algunos departamentos, enorme: 54 por ciento en Arauca, 38 por ciento en Putumayo –zonas en donde la violencia no parece amainar–.

Si se examina por sectores, hay casos que apagan cualquier aliento motivado por el informe de la FIP. La “violencia política”, según el ‘monitor’ del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), se disparó en mayo, “después de cuatro meses de reducciones continuas”. Fue “letal ... principalmente contra dirigentes de juntas de acción comunal y activistas políticos regionales”.

El informe del Cerac indica cierta concentración geográfica: 53 por ciento de las “acciones de violencia política” se registraron en cinco departamentos: Cauca, Tolima, Arauca, Antioquia y Valle del Cauca. Según el ‘monitor’, con la excepción de Tolima, tal concentración ocurre en “zonas donde se presentan disputas entre los grupos organizados por el control de las explotación de rentas ilícitas como el narcotráfico, la extorsión y la minería ilegal”.

El entendimiento de dicha geografía de la violencia puede servir para orientar políticas públicas, aunque es difícil concebir resultados sostenibles en el largo plazo sin una estrategia nacional, con antenas en las ramificaciones internacionales del problema.

Algunos analistas son escépticos de los ejercicios que centran la atención en las tasas de homicidios al evaluar las dimensiones de la violencia, cuya complejidad no puede reducirse a un solo comportamiento. Este último punto es incuestionable. Los derechos humanos pueden verse violados de mil maneras, sin recurrir al asesinato. Pero la tasa de homicidios sigue siendo el índice más visible y objetivo. El homicidio, además, acaba con la vida, y así con la esperanza. Su multiplicación desorbitada impide hasta la posibilidad de orientar políticas públicas para combatir la violencia en sus diversas manifestaciones.

Hay, pues, importantes razones para seguir con cuidado las tasas de homicidios. Se exige un ambicioso plan, con metas específicas, para reducirlas a niveles que nos permitan concebir un porvenir en civilización. El respeto a la vida: ese debe ser el eje de un acuerdo nacional cada vez más esquivo.

Sal de la rutina

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