‘Pueblo’ vs. Parlamento

‘Pueblo’ vs. Parlamento

“Lo que llamamos democracia parece estar agotado donde tiene sus raíces más profundas”.

10 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

¿Están las democracias en Gran Bretaña y Estados Unidos al borde del colapso?

La pregunta solo parece descabellada si se ignora la lectura de la prensa diaria y del montón de libros que siguen publicándose sobre la crisis de la democracia occidental, cuyo modelo se ha identificado con la suerte de aquellos dos países por más de dos siglos. Cómo terminan las democracias (2018), del profesor de Cambridge David Runciman, es apenas uno de los tantos títulos que mantienen las alarmas encendidas.

El interrogante es ahora pan de cada día tras los recientes sucesos protagonizados por el primer ministro Johnson y el presidente Trump. En Gran Bretaña, la cosa adquiere tonos de drama al acercarse la fecha anunciada para el brexit, 31 de octubre, día de las brujas.

Son tan graves las preocupaciones como para motivar mayores reflexiones sobre un tema recurrente de la teoría política: ¿no acarrean acaso las democracias “las semillas de su propia destrucción”? Como lo expresara el historiador Simon Schama, que la democracia pueda cultivar su “propio estilo de déspota” tiene una “larga historia” desde la misma “existencia de los gobiernos populares” (The Financial Times, 5/10/2019).

Schama se remonta a la antigua Grecia, aunque se enfoca en la política francesa después de la revolución y en quienes se destacan en la historia del pensamiento por haber sentado ciertos principios liberales que reimaginaron la democracia moderna: Benjamin Constant, Alexander Hamilton, Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill. Estos han sido los “pilares fundamentales” de su sobrevivencia: la soberanía del Parlamento, la independencia del poder judicial y la libertad de prensa.

Aquí estamos, dos siglos después, con los mismos interrogantes sin aparente resolución. En verdad nunca desaparecieron. Forman parte de la discusión entre ‘democracia liberal’
y ‘populismo’

Pero la democracia se funda, sobre todo, en el principio de la “voluntad popular”. ¿Cómo interpretar entonces el sentir del “pueblo”? ¿Quién lo constituye? ¿Y puede la misma voluntad popular decretarle la muerte a la democracia?

Constant proclamó que todo poder, hasta el poder del pueblo, debe ser limitado. Hamilton y sus compañeros, en los papeles de El federalista, diseñaron un sistema de controles para evitar el despotismo. Tocqueville señaló la posible “tiranía de las mayorías”. Mill advirtió que la “voluntad del pueblo” era en la práctica la voluntad de los más activos, quienes se alzaban con la voz de las mayorías.

A partir de todas estas y otras reflexiones se fue articulando lo que vino pronto a llamarse ‘democracia representativa’, cuyo modelo se ha visto retratado en las experiencias británica y estadounidense. Es este el modelo que parece en crisis.

Así que aquí estamos, dos siglos después, con los mismos interrogantes sin aparente resolución. En verdad nunca desaparecieron. Forman parte de la discusión entre ‘democracia liberal’ y ‘populismo’, que nunca ha sido ajena al mundo anglosajón. Pero es difícil recordar otros momentos en que tal confrontación ocurriese de manera simultánea en ambos países, con tanto drama e intensidad.

En efecto, Schama plantea la confrontación en tales términos. Las actuaciones de Johnson frente al brexit parecen dirigidas a forzar unas elecciones que le permitan hacer campaña en nombre del “pueblo” contra el Parlamento. Su “propósito abierto” (como el de Trump) es el de “cambiar el locus de la soberanía popular de las instituciones representativas a una comunión instintiva entre el líder carismático y las masas, orquestadas en manifestaciones enfurecidas”.

“Lo que llamamos democracia parece estar agotado donde tiene sus raíces más profundas”, observa Runciman. Una advertencia preocupante. Schama, no obstante, concluye con una nota alentadora, reiterando su fe en los pilares fundamentales de la democracia liberal.

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