¿Obsoleto o arrinconado?

¿Obsoleto o arrinconado?

El liberalismo ofrece las herramientas intelectuales relevantes para las actuales circunstancias.

11 de julio 2019 , 07:49 p.m.

Vladimir Putin se vino lanza en ristre contra el liberalismo. Se ha vuelto “obsoleto”, dijo en una entrevista que le ha dado la vuelta al mundo, publicada en el periódico inglés The Financial Times.

La entrevista atrae más por el titular que por el contenido, más bien pobre frente a la posible riqueza del tema, sobre todo ante su complejidad. Para comenzar, la palabra: ‘liberalismo’. ¿Estaban entrevistador y entrevistado hablando de lo mismo?

Como expresión política, la palabra ‘liberal’ nació en España a comienzos del siglo XIX al discutirse la Constitución de Cádiz (los remito a la magnífica obra colectiva dirigida por Javier Fernández Sebastián, Iberconceptos). Antes, en el siglo XVIII, ser liberal era ser generoso. La historia política de la palabra tuvo desde entonces diversas trayectorias.

En Estados Unidos, la expresión ‘liberal’ se asoció en el siglo XX con posturas de la izquierda progresista. En México, la palabra perdió prestigio; se la identificaba con el régimen autoritario de Porfirio Díaz y con otros dictadores de Centroamérica que llegaron al poder de la mano de partidos ‘liberales’. En Colombia siguió mejor suerte, pero tuvo siempre una identificación partidista. A su turno, la izquierda universal condenó hasta hace poco el liberalismo, que asociaba solo con la libertad de mercado.

La idea liberal se ha vuelto obsoleta”, dijo, porque “ha entrado en conflicto con los intereses de la inmensa mayoría

En su dimensión más clásica, sin embargo, el liberalismo es un concepto esencialmente político. Su preocupación central es ponerle límites al poder, a cualquier poder, venga de donde venga: de presidentes, congresos, iglesias, empresarios, hasta del pueblo. Ese fue el valioso aporte de los grandes pensadores liberales, como Constant y Tocqueville. Allí se encuentran los fundamentos de la división de poderes, los derechos de las minorías, la diversidad, el pluralismo...

Las relaciones entre liberalismo y democracia han sido históricamente problemáticas. Los demócratas ‘puros’, para quienes la ‘voluntad popular’ es lo que cuenta, no tienen paciencia con las limitaciones del poder. Los liberales sospechan de la ‘tiranía de las mayorías’. Ambas tradiciones, de trayectorias distintas, convergieron en lo que se ha llamado ‘democracia liberal’, un encuentro magistralmente examinado por Norberto Bobbio.

Cualquiera sea la noción del liberalismo del entrevistador del FT, lo cierto es que Putin se expresó allí como un rabioso antiliberal, enemigo de todo liberalismo: político, económico, cultural... Apela, en apariencia, a un lenguaje ‘democrático’: “La idea liberal se ha vuelto obsoleta”, dijo, porque “ha entrado en conflicto con los intereses de la inmensa mayoría”.

Deben sorprender no tanto las manifestaciones antiliberales de Putin, archiconocidas, como los generalizados silencios de la intelectualidad liberal; con excepciones, claro. Hubo un momento de auge liberal, tras el derrumbe del Muro de Berlín. Fue muy breve. Las frustraciones de las expectativas de Europa oriental, los catastróficos resultados de la equivocada guerra en Irak, la crisis financiera global y los flujos migratorios a Europa, entre otras razones, minaron la confianza entre los liberales del llamado mundo occidental.

Se habla mucho, y se escribe mucho, sobre la crisis de la democracia. Esta es, en buena parte, reflejo de flaquezas liberales. Los auges populistas han sido posibles porque el liberalismo cedió terreno intelectual. Se dejó arrinconar.

Obsoleto es lo “inadecuado a las circunstancias actuales”. Las conquistas de la humanidad en décadas recientes exigen defensas más vigorosas. ¿Obsoleto? El liberalismo ofrece, como pocos, las herramientas intelectuales relevantes para las actuales circunstancias.

Sal de la rutina

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