Máscaras sin política

Máscaras sin política

Es difícil concebir que el rechazo a las máscaras sea una manifestación política en algunos países.

16 de julio 2020 , 09:25 p. m.

"¿Vas a salir sin máscara?”, me preguntó una de mis hijas con preocupación, mientras me disponía a ir al supermercado durante los primeros días del confinamiento. “No es necesario” fue mi respuesta.

Cierto, las regulaciones gubernamentales inglesas no requerían entonces el uso de máscaras. Las noticias de prensa seguían siendo ambiguas respecto de su utilidad. Pero las señales de los países asiáticos, tras previas experiencias, eran bastante aleccionadoras y claras desde hacía tiempo.

Poco después de aquella advertencia familiar recibí dos mensajes que me conmovieron. “En vista de la escasez de máscaras en Inglaterra, le puedo enviar una caja”, me escribió un exestudiante desde Hong Kong. Otro, desde Estados Unidos, ofrecía enviarme guantes y desinfectante para las manos.

Muy pronto, entonces abandoné la inicial resistencia y comencé a cubrirme la cara antes de salir a la calle. Primero con un pañuelo colorido (“acabo de ver a un Pancho Villa en bicicleta desde mi ventana”, me escribió uno de mis vecinos). No tardé mucho en adquirir un paquete de máscaras desechables que hoy me acompañan donde vaya.

Por primera vez, esta semana Trump usó una máscara en público. Solo esta semana también, el Gobierno británico anunció el uso obligatorio de máscaras en tiendas y supermercados

La falta de costumbre, el fastidio que pueden causar, su mensaje antisocial, las dudas originales sobre su efectividad, hasta razones culturales y estéticas pueden encontrarse para explicar la resistencia a utilizar máscaras para prevenir contagios de coronavirus. Pero cuesta trabajo concebir que el rechazo a las máscaras se haya convertido en una manifestación política en algunos países.

Y lo cuesta, sobre todo, cuando la evidencia científica sigue comprobando las bondades de la máscara para prevenir una infección que también se propaga por el aire que respiramos.

Al principio, la Organización Mundial de la Salud fue temerosa en recomendarla, pues creía que producía una “sensación falsa de seguridad” y que su uso extendido podía limitar su disponibilidad en los hospitales. Desde hace más de un mes, sin embargo, la OMS la recomienda en ambientes cerrados, como buses y almacenes, y donde haya muchedumbre. En Jena, ciudad alemana, las infecciones se habrían reducido un 40 por ciento tras la introducción de su uso obligatorio.

Los interrogantes sobre las máscaras durante la pandemia se han convertido en “temas serios de noticias”, ha escrito el artista disidente chino Ai Weiwei: “Para una persona, la máscara, ligera como una pluma, acarrea todo el peso de los temores, esperanzas, dolores y calidez. Cuando la epidemia decae en China, el resto del mundo se encuentra con escasez de máscaras. La noción de ‘máscara’ desplaza otras concepciones de urgencia. Las máscaras se convierten en banderas de orgullo nacional” ('The Atlantic', julio-agosto/2020).

No para todos. En Estados Unidos, su uso ha divido las opiniones de republicanos y demócratas. Una buena proporción de los primeros ha convertido el rechazo de las máscaras en una postura política. Por primera vez, esta semana Trump usó una máscara en público. Solo esta semana también, el Gobierno británico anunció el uso obligatorio de máscaras en tiendas y supermercados, pero a partir del 24 de julio.

Algunas manifestaciones artísticas han permitido difundir un mensaje que corresponde a los líderes políticos. Weiwei ha diseñado máscaras, cuyas ventas se destinan a la caridad. Banksy, el famoso artista callejero, produjo un video en el que pinta grafitis de ratas con máscaras en el metro de Londres.

Son las advertencias científicas las que más valen. Estas abundan. Nadie desea nuevos confinamientos, dice Devi Sridhar, profesor de Salud Pública en la Universidad de Edimburgo. Su mensaje es claro: “Yo uso la máscara para protegerte; tú la usas para protegerme”.

Eduardo Posada Carbó

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