Los diseños democráticos

Los diseños democráticos

Es hora de aprender de los males de la reelección.

14 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Democracia y golpe. Palabras antagónicas. El uno acaba con la otra, aunque en ocasiones la democracia haya requerido golpes para ganar vida.

Es muy temprano para saber cuáles serán las consecuencias de lo sucedido en Bolivia en días pasados. No son buenas noticias para la democracia en la región, llena, al parecer, de malos augurios. Urgen esfuerzos para examinar los hechos sin pasiones partidistas y poder así encontrar correcciones de las serias amenazas contra la democracia, extendidas en casi todo el continente.

Importa valorar lo conquistado. Es sabio reconocer el punto de partida y los avances que permitieron superar décadas de dictaduras en Chile, Argentina, Brasil, Bolivia... Logros en mayores libertades y derechos fueron acompañados de mejoras significativas en bienestar.

Como han observado Scott Mainwaring y Aníbal Pérez-Liñán, algunas de las características de la “tercera ola” de la democracia en Latinoamérica no tienen precedentes en nuestra historia. Considérese el número de países que casi simultáneamente gozaron de democracia por tan extendido período desde la década de 1980 hasta nuestros días.

En aquellos momentos de despegue, muy pocos creyeron que la nueva reencarnación duraría mucho. Sobre todo porque los procesos democratizantes se dieron, con frecuencia, en medio de condiciones económicas y sociales nada propicias a la estabilidad. Surgió, no obstante, cierto consenso alrededor de una noción de la democracia que les daba primacía a las reglas del juego justas para formar gobiernos.

Pero, muy pronto, el ‘turno’ del diseño institucional para las democracias en la región se vio copado por la fiebre reelectoral.

Es posible que los más serios problemas, como la hiperinflación, requiriesen para su solución prolongados períodos presidenciales. Sin embargo, las reformas que permitieron la reelección consecutiva de quienes ya estaban en el poder se extendieron desde la Argentina por todo el continente. En algunos países fue posible limitar la reelección a un período. En otros se abrieron las puertas a las reelecciones indefinidas.

Vista en perspectiva de largo plazo, con la distancia del tiempo, los resultados han sido generalmente negativos y hasta nefastos, como en Bolivia. El caso más extremo es Venezuela, donde las ambiciones reelectorales, primero de Chávez y después de Maduro, dieron al traste con la democracia. La historia de Brasil hoy sería, quizás, otra si Dilma Rousseff hubiese abandonado sus aspiraciones reelectorales. Colombia hizo bien en regresar a la norma prohibitiva de 1991.

El caso de Chile es bastante aleccionador. Chile adoptó la regla que persistió en Colombia hasta 1991: posibilidad reelectoral del presidente después de un período de descanso. Pero mientras que el electorado colombiano (o su clase política) no les dio paso, bajo aquella fórmula, a quienes aspiraron a ser reelegidos desde López Pumarejo, los chilenos en tiempos recientes se han visto gobernados por el vuelve y juega entre Bachelet y Piñera.

En todo este debate, no deja de sorprender la falta de memoria histórica –un problema entre quienes se dedican a diseñar instituciones–. Tendría que repasarse la experiencia mexicana con Porfirio Díaz, cuya reelección perpetua desembocó en una revolución mayúscula.

No quiero sugerir que todos los problemas actuales en Latinoamérica se deban a la fiebre reelectoral. Mucho menos, desconocer los problemas económicos y sociales que aquejan a la región. Pero el fantasma de la sucesión presidencial nos persigue desde la independencia. Si el diseño institucional importa en la vida de las democracias, es hora de aprender de los males de la reelección.

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