Felicidad de viejos

Felicidad de viejos

En carreras como casi todas las deportivas, el éxito suele ir en dirección contraria a la edad.

04 de julio 2019 , 07:10 p.m.

“Infeliz es quien depende del éxito para ser feliz”, dijo un piloto de Fórmula 1. La advertencia llega temprano en algunas carreras. No todos los deportistas tienen la capacidad de Roger Federer, tenista que a sus 37 años sigue conquistando trofeos. Para la mayoría de los deportistas, la edad se convierte pronto en la principal barrera del éxito.

Arthur C. Brooks, hasta el mes pasado presidente del American Enterprise Institute, autor de varios best sellers y columnista de The New York Times, se interrogó sobre cómo evitar las frustraciones profesionales que sobrevienen inevitablemente por el solo peso de los años. En un reciente ensayo, Brooks resume algunas de sus interesantes reflexiones (The Atlantic, julio de 2019).

Los estudios sobre la felicidad, como Brooks observa, han proliferado en las últimas décadas y, aunque no todos sus resultados son absolutos, dejan algunas lecciones que sería necio ignorar. Para comenzar, lo obvio: en carreras como casi todas las deportivas, las trayectorias del éxito suelen ir en dirección contraria a la edad.

Tal parecería ser también el caso general para los empresarios, los científicos y los poetas. Un estudio sobre los grandes inventores, ganadores de premios Nobel, encontró que, en su mayoría, estos se encontraban en la banda de los 30 años de edad. Algo similar informó Harvard Business Review sobre los fundadores de empresas billonarias: tienden a ser personas entre los 20 y los 34 años.

Brooks apoya sus observaciones en el trabajo de un sicólogo británico, Raymond Cattell, quien distinguió dos tipos de inteligencia: ‘fluida’ y ‘cristalizada’

Brooks ilustra sus reflexiones con los ejemplos de dos vidas célebres con diversos desenlaces. Por un lado, Darwin, el explorador que hizo fama a temprana edad con su libro Sobre el origen de las especies, pero quejumbroso y deprimido al sentir que sus capacidades creativas habían menguado al pasar los 50. Por el otro, Bach, quien, antes de rumiar sus posibles frustraciones como compositor, cambió ligeramente de oficio y dedicó sus talentos a la instrucción musical.

Brooks apoya sus observaciones en el trabajo de un sicólogo británico, Raymond Cattell, quien distinguió dos tipos de inteligencia: “fluida” y “cristalizada”. La primera sería la propia de los innovadores, cuyo desarrollo es más pleno a partir de la adolescencia y sufriría deterioro desde los 30. La segunda se expresaría mejor con el paso del tiempo, pues depende de la “acumulación del conocimiento”.

Esta última suena como música grata a los oídos de quienes nos dedicamos a la enseñanza. Los mejores profesores, anota Brooks, suelen ser personas de más de 60 años, “algunos hasta bien entrados los 80”. Paradójicamente, y absurdo, muchas universidades sacan a la fuerza a sus profesores a comienzos de las que deberían ser sus gloriosas décadas.

Brooks hace mención especial de los historiadores. En contraste con los poetas, cuyo pico productivo parece estar en los 40, la productividad de los historiadores arranca cuando pasan el umbral de los 60.

Brooks ofrece su vida como ejemplo. Se inició en la música, en la que aspiró a ser una estrella tocando corneta francesa. Sintió que sus capacidades de cornetista se estancaron a los 22 años. Perseveró hasta los 31, cuando decidió hacer un doctorado en políticas públicas. A partir de allí pasó del mundo académico al de los centros de pensamiento, hasta llegar a la presidencia del American Enterprise Institute.

Al final de su ensayo, Brooks deja algunas sugerencias. Quizás la más relevante para aquellos cuyas carreras dependen de la inteligencia “fluida” sea cambiar de oficio. El mismo Brooks se ha vuelto a reinventar: ahora es profesor de liderazgo en Harvard.

No todos tienen su suerte, admite. He tenido la tentación de reinventarme como experto en el Lejano Oriente.

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