Elecciones y transición

Elecciones y transición

La ruta electoral es la más realista, con raíces en la cultura política venezolana.

07 de febrero 2019 , 07:43 p.m.

“No aceptamos el ultimátum de nadie en el mundo”, expresó Maduro a comienzos de esta semana tras rechazar el reclamo de varios países europeos por nuevas elecciones presidenciales para solucionar la crisis venezolana. Era de esperarse.

Desafiante, Maduro fue más allá, a la ofensiva. Anunció que las elecciones anticipadas serían para la Asamblea Nacional, el cuerpo parlamentario hoy reconocido como la autoridad legítima de Venezuela por la gran mayoría de países en las Américas y Europa.

Al escribir estas líneas se prepara en Montevideo la reunión del Grupo de Contacto entre países latinoamericanos y europeos, que debió haber discutido ayer la situación venezolana y las perspectivas de la salida electoral frente a la crisis. Parece la mejor solución.

Es importante que fuera de la región se sepa que ni las elecciones ni la democracia son novedades en Latinoamérica.

El statu quo es intolerable. Las otras alternativas, guerra civil o intervención militar de potencias extranjeras, serían escenarios “espantosos”, “indeseables”, “horrorosos”, como lo expresó Moisés Naím, el prestigioso analista venezolano (EL TIEMPO, 2/2/2019). Naím advierte los desastres ocurridos en Siria, Libia e Irak. Las consecuencias de tales escenarios serían para Colombia similarmente desastrosas.

La ruta electoral no es solo la más sensata. Es la más realista, con raíces en la cultura política venezolana, y con importantes precedentes en la historia reciente de las transiciones hacia la democracia en Latinoamérica.

Comencemos por esta última. Entre 1980 y 1985, como lo anotaron Paul Drake y Eduardo Silva, se produjeron numerosas elecciones en la región, aún bajo la sombra del autoritarismo militar (Elections and Democratization in Latin America, 1980-1985; San Diego, 1986).

Brasil fue uno de los casos más paradigmáticos. ‘Buenos días, democracia’, decía un cartel la mañana de las elecciones que marcaron el fin de la dictadura, en un proceso extraordinario, magníficamente narrado por Fernando Henrique Cardozo en sus memorias. Pasaría un lustro más antes del plebiscito que le dijo un contundente ‘no’ a Pinochet. Pasarían otros años más en México para que se completase allí la transición, cumplida de manera gradual sobre sucesivos procesos electorales.

Ya en 1985, sin embargo, el papel de las elecciones en las transiciones del continente era impresionante –el libro editado por Drake y Silva sirve de testimonio–. Entre las virtudes de las elecciones, Drake y Silva destacaban allí el “valor intrínseco de la democracia procedimental en el manejo de las disputas entre grupos sociales”.

El registro de tales historias no es dato para anticuarios. Además de su valor ético, debe servir de carta de navegación para una comunidad internacional que ha decidido tomar acciones de significado ante la crisis venezolana. Es importante que fuera de la región se sepa que ni las elecciones ni la democracia son novedades en Latinoamérica.

Eso cuenta de manera especial para Venezuela, uno de los pocos países que escaparon del dominio de la bota militar de décadas pasadas. Desde 1958, los venezolanos rompieron con ciertas tradiciones dictatoriales y lograron construir instituciones democráticas que, en su momento, fueron modelo para la región. Construyeron, en efecto, una tradición democrática que explica en buena parte el desafío de la Asamblea Nacional a la arremetida dictatorial del régimen madurista.

La ruta electoral no será fácil. Exigirá tiempo, recursos y organización. “El mandato que tiene Guaidó –advirtió Naím– no es el de reconstruir a Venezuela. Es convocar elecciones limpias, transparentes, justas, auditadas internacionalmente con observación internacional lo más pronto posible”. Pero en estas elecciones comenzaría la reconstrucción.

Columnistas

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