close
close
Secciones
Síguenos en:
‘El tesoro de la juventud’

‘El tesoro de la juventud’

Entre El tesoro de la juventud y los paquitos se anclaron mis hábitos de lector.

13 de enero 2022 , 08:00 p. m.

En casa de mis abuelos maternos, donde viví feliz durante mis primeros años escolares, había pocos libros. Pero en la sala ocupaba un lugar especial El tesoro de la juventud, una colección de varios volúmenes con cuyas páginas me entretenía diariamente.

(También le puede interesar: Este 'viaje inconcluso')

Tengo solo vagos recuerdos de su contenido, aunque conservo la impresión del color verde de sus varios volúmenes, de sus páginas llenas de ilustraciones en blanco y negro, y de algunos textos clásicos de literatura infantil –las Fábulas de Esopo, y quizás también Los viajes de Gulliver y La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne–.

"Fue la más célebre y difundida enciclopedia para niños del siglo XX", leo en un portal digital de la Universidad de Pittsburgh: "Una obra infaltable en muchas bibliotecas domésticas, que podía adquirirse junto con un mueble diseñado especialmente para contener y exhibir los veinte tomos". No sé si ese fue el mueble donde mis abuelos depositaron el que era un verdadero tesoro para llenar mis horas de niñez.

Una breve búsqueda en Google sirve para cubrir las debilidades de mi memoria. A El tesoro de la juventud la acompañaba un subtítulo, Enciclopedia de conocimientos, que completaba su nombre. Y aclara su contenido. La literatura ocupaba solo algunas de sus secciones. Abundaban las páginas sobre "cosas que debemos saber", "juegos y pasatiempos", "la historia de la Tierra", "los por qué", "los países y sus costumbres", "hechos heroicos".

Tal vez no fueran grandes lectores mis abuelos, pero supieron estimular mi imaginación y las lecturas de mi niñez.

Concebida originalmente en Estados Unidos, la obra se tradujo al castellano (1915), adaptada por un equipo editorial hispanoamericano dirigido por el intelectual argentino Estanislao Zeballos, en el que participaron figuras como José Enrique Rodó. Un estudio de Leonor Riesco destaca la "mirada confiada y optimista de la humanidad" que proyectaba El tesoro de la juventud.

No recuerdo que mis abuelos fueran grandes lectores. Mis memorias del abuelo Roberto lo retratan en un mecedor escuchando la radio, donde seguía con atención las noticias sobre Cuba, hogar de sus antepasados. Las de mamá Leo, en otro mecedor, rezando el rosario, en imágenes que se confunden con las fantasías que elaboraba con detalles en su habitación para celebrar la Cruz de Mayo, donde esparcía crucifijos envueltos de deseos para sus hijos, nietos, familiares y amigos, al lado de grandes velas rojas que iluminaban un espectáculo casi mágico.

Tal vez no fueran grandes lectores, pero supieron estimular mi imaginación y las lecturas de mi niñez. Al ver mi interés en El tesoro de la juventud, decidieron regalarme la Enciclopedia Barsa para celebrar mi primera comunión.

Sin embargo, los que cautivaron finalmente mi pasión por la lectura fueron los 'paquitos', nombre mexicano con el que se popularizaban entonces las tiras cómicas en Barranquilla. Se vendían en la Occidental, la droguería ubicada al frente de la casa de los abuelos. Muchas de las historietas eran también mexicanas –recuerdo las aventuras de Chanoc y Tsekub entre mis preferidas–.

Los paquitos llegaban al expendio semanalmente, un día especial cuando acudía con religiosidad a comprar un par de ellos con los pesos que me regalaban los abuelos. Como los devoraba en un santiamén, me quedaba sin nuevas lecturas, tras pocas horas, durante el resto de la semana. Hice entonces un trato con los dueños de la Occidental: si los leía con cuidado, podía después intercambiarlos por otros. Al regularizarse el trueque con los días, decidieron permitirme que me quedara a leerlos en la droguería, detrás de sus estantes, donde pasaba largas horas al regresar del colegio.

Entre El tesoro de la juventud y los paquitos se anclaron mis hábitos de lector.

EDUARDO POSADA CARBÓ

(Lea todas las columnas de Eduardo Posada Carbó en EL TIEMPO, aquí)

Más de Eduardo Posada Carbó

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.