¿El fin de la globalización?

¿El fin de la globalización?

En vez de anunciar su fin, el coronavirus nos alerta que estamos más globalizados que nunca.

21 de mayo 2020 , 07:56 p.m.

Difícil que puedan estar de fiesta en medio de este pandemonio. Pero desde todos los polos, izquierda o derecha, los enemigos de la globalización parecen ver en estos momentos razones que validarían sus posturas. Las agendas nacionalistas habían avanzado en años recientes. Ahora, sin embargo, viviríamos el fin de una era.

‘Adiós, globalización’, anuncia el titular del 'The Economist', la influyente revista inglesa. El mensaje se vuelve confuso al leerse el subtítulo que le sigue: ‘El peligroso señuelo de la autosuficiencia’.

Antes que una despedida, es una advertencia. Hay que reconocer los hechos. La crisis financiera de la última década y la rivalidad entre China y Estados Unidos le habían impartido serios golpes a la apertura económica mundial. Azotados por la covid-19, los confinamientos nacionales son hoy símbolo de nuestra existencia.

Muchas fronteras y aeropuertos permanecen cerrados. Nos espera un mundo más hostil contra los inmigrantes e inhóspito para los turistas. Algunos países están ‘repatriando’ fábricas: buscan acabar con las ‘cadenas de suministro’ en aras de la autonomía productiva. Los gobiernos impondrán mayores restricciones de los flujos de bienes y capitales.

Claro que hay problemas en los diseños actuales de la globalización. Se requieren ajustes. Y muchos. Ese es otro tema. Hay que comenzar por reajustar una narrativa que confunde alertas con despedidas.

Hasta aquí, los hechos y las predicciones. Pero es la advertencia la que debería atraer nuestra principal atención: frente a dicho panorama, nuestro futuro no será “ni más humano ni más seguro”. Desafortunadamente, el editorial de 'The Economist' deja una sensación derrotista, mientras nos invita a sumarnos a la despedida, pero con preocupación.

Tan preocupante advertencia debería motivar una narrativa que reafirme las bondades de la globalización, de las que nos seguimos beneficiando en medio de la pesadilla. Las páginas de la misma revista, en sus ediciones recientes y en su historia, sirven para ir armando el caso de la defensa.

‘El milagro de la comida’ fue el titular de uno de sus editoriales de comienzos de mayo. Gracias a su oferta global, el flujo de alimentos ha seguido dándole la vuelta al mundo. Su freno sería devastador: cuatro quintas partes de las “bocas del planeta se alimentan con bienes importados”.

Esta mañana, mientras compraba frutas y legumbres en un mercado inglés, miré de cerca las etiquetas para verificar de donde procedían: limones de Brasil, guineos de Ghana, tomates de Portugal, manzanas de Sudáfrica, piñas de Costa Rica, aguacates de Colombia, habichuelas y plátanos de Guatemala, uvas de Chile, perejil de Marruecos, apio, cilantro y naranjas de España... Las fresas sí son británicas, pero su recolección depende de miles de trabajadores de Europa oriental con crecientes problemas de visas y movilidad.

Es apenas un simple ejemplo de las complejidades de una industria global –‘conectividad’, como observa 'The Economist', sería la palabra que mejor la caracteriza–. Está sufriendo los golpes del coronavirus, que impacta más a la población empobrecida por una economía en recesión global. Si se levantan mayores barreras nacionalistas, los países más pobres serían los más afectados.

En vez de anunciar su fin, la covid-19 nos alerta, de manera trágica, de que estamos más globalizados que nunca. Es el destino de la humanidad. Lleno de retos que exigen más, no menos ‘conectividad’. Piénsese tan solo en la búsqueda afanosa de la vacuna contra el coronavirus y la perspectiva que nos espera si prevalecen los egoísmos nacionalistas por encima de la cooperación mundial.

Claro que hay problemas en los diseños actuales de la ‘globalización’. Se requieren ajustes. Y muchos. Ese es otro tema. Hay que comenzar por reajustar una narrativa que confunde alertas con despedidas.

Eduardo Posada Carbó

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