El déficit democrático

El déficit democrático

Cualquier gobernante sabio debe saber interpretar qué tan mayoritarias son las mayorías.

19 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Con frecuencia, los resultados electorales no son del todo lo que parecen. Victorias y derrotas pueden interpretarse de diferentes maneras. Unas y otras son relativas. Casi siempre hay derrotados entre los victoriosos y ganadores entre los perdedores. Las cifras pueden ser también engañosas. Ciertos sistemas electorales remuneran a partidos y votantes de manera diferenciada.

Considérense las recientes elecciones británicas, que les han dado un triunfo indisputable a los conservadores liderados por Boris Johnson. “El resultado electoral más decisivo por décadas”, reconoció The Observer, un periódico opositor: “Los votantes le otorgaron una aplastante mayoría”. “Histórico” fue el veredicto general, con ampliados reclamos entre los medios conservadores como The Daily Telegraph. En carta abierta a ‘Boris’, un historiador le cantaba: “¡Aleluya!”.

No hay dudas sobre la veracidad y contundencia de la victoria conservadora. Con una mayoría de 80 curules en el Parlamento, Johnson cuenta en principio con un sólido respaldo para gobernar, de escasos precedentes –el brexit tiene ya luz verde–. Desde 1987, los conservadores no habían gozado de tanto poder. Se apropiaron de zonas que pertenecían casi naturalmente al Partido Laborista, hoy de luto: su número de curules es el más bajo desde 1935. El mapa electoral ha sufrido una especie de terremoto.

Una lectura detenida de las cifras, sin embargo, puede motivar alguna cautela en el juicio. El número de electores que depositaron sus votos en favor de partidos opuestos a Johnson es, en su conjunto, mayor que el de los conservadores. Según Will Hutton, en términos absolutos, los defensores del brexit fueron minoría entre los electores: 15 millones, frente a 17 millones que preferían otro referendo.

Estas precisiones no le restan significado a la victoria de Boris Johnson. Es evidente que logró conquistar amplios sectores de la clase trabajadora, aliados históricos del laborismo

¿Por qué tales cifras arrojan un resultado tan triunfalista para los conservadores?

La respuesta se encuentra en el sistema electoral británico, organizado alrededor de 650 circunscripciones uninominales de mayoría simple: cada circunscripción elige al candidato del partido que reciba el mayor número de votos. No importa aquí el número absoluto de los votantes. La única aritmética que cuenta es la individual en cada circunscripción. Así, con el 44 por ciento de los votos, el partido de Johnson pasó a controlar el 56 por ciento de las curules.

Estas precisiones no le restan significado a la victoria de Boris Johnson. Es evidente que logró conquistar amplios sectores de la clase trabajadora, aliados históricos del laborismo. Como es evidente, su rechazo a la unión con Europa y su distanciamiento del desastroso liderazgo de Jeremy Corbyn.

Aquellas precisiones, sin embargo, sirven para ganar cierta perspectiva y entendimiento sobre la naturaleza de las ‘mayorías’ victoriosas. Son producto del sistema electoral vigente. Deben respetarse. Es además el sistema electoral favorecido históricamente por los británicos (un referendo reciente rechazó la propuesta de modificarlo). No obstante, cualquier gobernante sabio debe saber interpretar qué tan mayoritarias (y dónde, y entre qué sectores de la población) son las mayorías. Ni las mayorías en Londres ni la mayoría de la juventud están con Johnson.

“La lógica de la democracia es de hierro”, advierte Charles Moore, biógrafo de Margaret Thatcher y de fiesta con la victoria de Johnson. Si se refiere a la lógica de la mayoría, hay razones para moderar el triunfalismo. Sí, contundente mayoría en el Parlamento. No es poca cosa. Allí reposa la soberanía en las democracias representativas. Pero las mayorías nacionales no están proporcionalmente representadas en el Parlamento. ¿Un ‘déficit democrático’?

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