¿El colapso de la humanidad?

¿El colapso de la humanidad?

Escrita en 1909, 'La máquina se para' anticipó la vida conectada en internet de hoy.

09 de abril 2020 , 06:11 p.m.

Edward Morgan Forster (1879-1970) fue un escritor inglés que ganó fama sobre todo por su novela 'Pasaje a la India', publicada primero en 1924, llevada después al cine con éxitos notables. En 1909, sin embargo, Forster publicó un cuento extraordinario de ciencia ficción, 'La máquina se para', cuya lectura me recomendó uno de nuestros hijos para estos días de confinamiento.

Los protagonistas del mundo creado por Forster viven aislados, en “pequeñas habitaciones hexagonales, como las celdas de una abeja”. Así comienza su breve relato. No hay ventanas, ni aire fresco, ni instrumentos musicales. Los únicos muebles, además de una cama pequeña, son una silla y un escritorio de lectura con un aparato que les permite a sus habitantes estar conectados. Y conectados visualmente, como si estuvieses usando Zoom o Skype.

“Quiero que vengas y me veas”, le dijo Kuno desde su pantalla a su madre Vashti. A lo que ésta respondió: “pero si te estoy viendo, ¿qué más quieres?”.

La Máquina, en principio una invención humana, estaba ahora en control de las vidas de quienes, desde sus habitaciones, pulsaban botones eléctricos para conseguir lo que necesitaran.

Vashti y Kuno son los personajes centrales de la historia – madre e hijo separados después del parto–. “Las obligaciones de los padres termina con el nacimiento”, se leía en el 'Libro de la máquina', una especie de biblia que regulaba entonces todos los aspectos de la existencia.

La Máquina, en principio una invención humana, estaba ahora en control de las vidas de quienes, desde sus habitaciones, pulsaban botones eléctricos para conseguir lo que necesitaran: comidas y bebidas, vestuario, hasta baños de agua fría y, claro, para
comunicarse con los amigos y trabajar. Vashti dictaba desde su pantalla conferencias diarias que duraban diez minutos.

Kuno y Vashti vivían, como los demás, en un mundo subterráneo, cada cual en su celda. Gracias a la Máquina, “el torpe sistema de encuentros públicos se había abandonado desde hacía mucho tiempo”. Eran raras las ocasiones de ver en persona a los demás, ni hablar de contactos físicos. En aquellos casos excepcionales, la gente evitaba acercamientos como con mutua “repulsión física”.

Nadie viajaba pues, “gracias a los avances de la ciencia, el mundo era igual en todas partes. ¿Para qué ir a Pekín si era lo mismo que estar en Shrewsbury?”. Pero de pronto Kuno le pedía a su madre que lo visitara. Necesitaba explicarle algo personalmente, algo que no podía decirle a través de la Máquina.

En apariencia, la Máquina era gobernada por el Comité Central. En la práctica, la Máquina se había convertido en la inteligencia artificial del universo, con sus propios fines, distintos de los del ser humano que le dio vida. “Nos ha robado los sentimientos del espacio y del tacto, y desdibujado las relaciones humanas (…) ha paralizado nuestros cuerpos y deseos, y ahora nos obliga a que la adoremos”, le explicaba Kuno a su madre cuando esta, con fastidio pero aterrorizada, decidió visitarlo.

A Vashti le aterrorizaba la confesión de Kuno: había estado en la superficie de la tierra, sin permiso de la Máquina. La sanción era implacable: lo expulsarían de su celda, pasaría a ser un destechado más en aquella superficie que había albergado antes otras civilizaciones, un decreto de muerte.

Tras el encuentro de madre e hijo, el cuadro de Forster se vuelve apocalíptico. Poco a poco la Máquina se deteriora. El aire se enrarece. Las imágenes en las pantallas son cada vez más borrosas. El Comité Central es incompetente. Se habla de dictadura, entre el pánico y la histeria que se apodera de todos.

Peor. “La Máquina va a parar”, le advierte Kuno, quien ha logrado sobrevivir, a su madre. Y un día se apagaron las pantallas. Todos salieron de sus celdas, pero ya era tarde y solo tuvieron tiempo para ver cómo se derrumbaba el mundo que habían creído construir.

Escrita en 1909, 'La máquina se para' anticipó la vida conectada en internet, con lecciones para quienes hoy enseñan los problemas éticos de “la inteligencia artificial”. Al final de su relato, como advierten algunos críticos, el mundo colapsado de Forster parece abrirse hacia una nueva utopía, el regreso a la superficie de la tierra que Kuno comenzó a saborear cuando salió de su confinamiento.

Eduardo Posada Carbó

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