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Dos siglos, dos revoluciones

Dos siglos, dos revoluciones

Dos revoluciones contra 2 imperios distintos, en lados opuestos del Atlántico. ¿Importa conectarlas?

En julio de 1821 se proclamó la independencia del Perú. Pronto, el ejército de Iturbide entraba victorioso a Ciudad de México. Por la misma época los patriotas les daban una estocada final a las tropas españolas en Venezuela, mientras se expedía la Constitución de Cúcuta, que sellaba el nacimiento de la Gran Colombia.

Meses atrás, en marzo de ese mismo año, estallaba en Grecia el movimiento revolucionario que desembocó en su emancipación del Imperio otomano. Dos revoluciones contra dos imperios distintos, en lados opuestos del Atlántico. ¿Importa conectarlas?

Al estallar la Revolución griega había transcurrido más de una década de luchas en muchos lugares de América, donde las declaraciones de independencia se multiplicaron desde 1810. Fue un conflicto prolongado y complejo, con aspectos de guerra civil tornada en guerra de liberación nacional. Un conflicto que, en buena parte, siguió su curso propio. Los emergentes gobiernos hispanoamericanos luchaban por obtener reconocimiento internacional. España seguía esperanzada en recuperar sus colonias.

¿Cómo reaccionaron las potencias europeas ante la revolución de los griegos? El interrogante ocupó bien temprano a nuestros diplomáticos, como lo muestra un excelente ensayo de Daniel Gutiérrez Ardila –‘La república de Colombia frente a la independencia griega’, en su libro El reconocimiento de Colombia: diplomacia y propaganda en la coyuntura de las restauraciones, 1819-1831 (Bogotá: Externado, 2012)–.

Al estallar la Revolución griega había transcurrido más de una década de luchas en muchos lugares de América, donde las declaraciones de independencia se multiplicaron desde 1810.

Gutiérrez Ardila observa que para muchos europeos, “el significado de una y otra independencia” era “diferente”. Para el abate de Pradt, por ejemplo, quien escribió un libro sobre ambas causas, Grecia era un “país sometido” que, con la independencia, había “roto su cadena”. Los hispanoamericanos, en cambio, habían roto apenas un “contrato” con el mundo al que “había pertenecido desde la Conquista”.

La independencia griega representaba para los europeos frenar la expansión rusa, y oponerle “al continente asiático un bastión político y religioso”. Por ello, señala Gutiérrez Ardila, su lucha emancipadora “despertó mayores simpatías y fue mucho más popular entre los habitantes de Europa y los Estados Unidos que la lucha de los rebeldes hispanoamericanos”.

El choque entre civilizaciones, sin embargo, no explica la resistencia a reconocer la independencia hispanoamericana por los europeos de la Santa Alianza. Gutiérrez Ardila se refiere a la tozuda oposición francesa, a la posición de Chateaubriand (ministro de Relaciones Exteriores), quien se opuso a nuestro reconocimiento mientras abogaba por la intervención europea “a favor de la emancipación griega”.

Aquí se había roto el principio de la legitimidad. Los europeos terminaron imponiendo una monarquía en Grecia.

Nuestros diplomáticos, como lo documenta Gutiérrez Ardila, entendieron muy bien lo que estaba entonces en juego: las autoridades grancolombianas “intentaron sacar provecho de la contradictoria política europea con respecto a la cuestión griega e hispanoamericana”. Y lo hicieron en medio de serias limitaciones financieras y quizás frustrados al ver las grandes simpatías que despertaba la causa griega, reforzada por propaganda “gratuita”. Lo hecho parece, entonces, más notable, incluida la atención que recibió la causa griega en La Gaceta de Colombia.

En un artículo reciente, Mark Mazower observa cómo el bicentenario de la independencia griega ha estimulado el trabajo de toda una nueva generación de historiadores (Times Literary Supplement, 26/3/2021). Hace falta un mayor diálogo transatlántico. Desde esta orilla, el ensayo de Gutiérrez Ardila podría servir de punto de partida.

Eduardo Posada Carbó

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