Dictaduras digitales

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Las amenazas a la democracia provendrían de los extraordinarios adelantos en la tecnología.

05 de octubre 2018 , 12:00 a.m.

"¿Se están muriendo las democracias?”. Así abre su portada The Atlantic, la prestigiosa revista que dedica su edición más reciente al tema. Lo hace en letras negras, para marcar la gravedad del momento. Los subtítulos alimentan más alarmas: ‘Cómo crecen las tiranías’, ‘La autocracia de Trump’, ‘Lo peor está aún por venir’. Nada de esto es novedoso. La producción de libros sobre la crisis de la democracia ha crecido en proporciones industriales. En el último año se han publicado volúmenes sobre la materia por filósofos como A. J. Gray-ling, o profesores de Cambridge como David Runciman, de Harvard como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Imposible estar al día.

The Atlantic ya había dedicado un número al advenimiento de la autocracia en Estados Unidos. Estaríamos ahora ad portas del apocalipsis.

Razones para la preocupación sobran. Son visibles en todas partes. El ejemplo más cercano es Venezuela –aunque The Economist acaba de destacar la candidatura de Bolsonaro en Brasil como la “última amenaza latinoamericana”–. Pero han sido los auges de los nacionalismos en Europa, el 'brexit', y Donald Trump en Estados Unidos las causas inmediatas del desasosiego.

Uno de los artículos en The Atlantic no parece tan apegado a dicha coyuntura. “¿Por qué la tecnología favorece la tiranía?”, se pregunta Yuval Noah Harari, historiador y filósofo que ganó fama mundial con su best seller 'Sapiens'.

Harari no cree que debamos temer a que algún día los robots desarrollen inteligencia para dominarnos. Debemos temer, sí, a los seres humanos que los controlan.

Para Harari, las amenazas a la democracia provienen de los extraordinarios adelantos en la tecnología de la información y sus consecuencias, “sin precedentes”, hasta en nuestros deseos íntimos. Olvidémonos de Trump, el brexit y los populismos. El problema real se encuentra en la inteligencia artificial, esa revolución tecnológica que seguimos abordando como si fuese ciencia ficción.

En una cena reciente conocí a una ingeniera dedicada a desarrollar la sensibilidad de las manos en los robots. La ética sobre los robots ocupa a los filósofos, pero es un asunto aún sin prioridad en el debate público. Harari no cree que debamos temer a que algún día los robots desarrollen inteligencia para dominarnos. Debemos temer, sí, a los seres humanos que los controlan. Este es, claro, un interrogante central al futuro de las democracias.

Una dimensión material, concreta, ilustra parte del problema más amplio: las consecuencias de tal revolución en el empleo. En el pasado, dice Harari, las luchas fueron contra la “explotación” del trabajo. En el futuro, la preocupación se funda en la irrelevancia: las luchas serían contra una “élite económica” que no necesita de trabajadores. Habría que reinventar constantemente la educación de los adultos para prevenir el desbordado crecimiento de una nueva clase social “inútil”.

Desde una perspectiva democrática, el punto de partida sería la discusión sobre el manejo de las grandes bases de datos, cuyo control es ya una amenaza contra las libertades. Hasta hace poco, la sociedad liberal encontraba fundamentos en teorías del conocimiento que los desarrollos de la inteligencia artificial han vuelto redundantes. La concentración del conocimiento, en niveles insospechados antes de la revolución tecnológica, proyecta “oscuros escenarios” que, como Harari advierte, el debate político hace mal en ignorar.

Si en tiempos antiguos, añade Harari, la discusión fue sobre la tierra, y en la época moderna se volcó hacia las máquinas y las fábricas, en el siglo veintiuno tales temas quedan “eclipsados” por “la lucha por el control del flujo de las bases de datos”. Y convoca a los científicos, filósofos, abogados y poetas a dedicar atención a la cuestión para prevenir las posibilidades de una “dictadura digital”.

EDUARDO POSADA CARBÓ

inteligencia artificial

La ética sobre los robots y la inteligencia artificial ocupa a los filósofos, pero es un asunto aún sin prioridad en el debate público

Foto:

123rf

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