Democracia a prueba

Democracia a prueba

Ninguna suspensión de parlamentos o congresos por parte los gobiernos debe tomarse a la ligera.

19 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

¿Populismo en Gran Bretaña? ¿No es este acaso el país paradigmático de moderación política, donde la democracia ha perseverado por siglos, con más longevidad que en otro lugar? ¿Populismo en la cuna de los parlamentos modernos?

Si alguien duda de la extensión global del ‘populismo’, o del dominio del tema en la discusión pública, bastaría una mirada a la prensa británica de días pasados. El ambiguo lenguaje del populismo cobija buena parte del debate sobre la política interna, paralizada por las consecuencias del referendo en favor de sacar el país de la Unión Europea.

En un solo día, el 11 de septiembre, el Financial Times publicó tres artículos dedicados al populismo. La preocupación con el fenómeno y sus consecuencias se refleja hasta en las páginas culturales: una reseña de la nueva novela de Margaret Atwood (Los testamentos) sirve para manifestar las ansiedades frente al “peligroso estado de las democracias liberales en ambos lados del Atlántico”.

La suspensión del parlamento (arropada en lenguaje de ‘prórroga’) ha prendido todas las alarmas entre los defensores de la democracia representativa

Unos y otros utilizan la palabra sin definirla, como si existiese un consenso alrededor del término. Pero una lectura entre líneas del artículo de Gillian Tett en el Financial Times (11/9/2019) revela de inmediato el entendimiento común de la expresión, asociada al apoyo popular brindado a quienes se oponen a los “ricos y a los poderosos”, a los fervores nacionalistas, o a los reclamos por un “líder fuerte dispuesto a romper las reglas”.

Estas dos últimas connotaciones son las que se usan con mayor frecuencia al referirse a Boris Johnson, el primer ministro, como “populista” (aunque el fantasma del populismo aquí es más la figura de Nigel Farage).

Los desarrollos más recientes de la política británica han azuzado los temores, en particular la decisión de Johnson de suspender el Parlamento, acompañada de la expulsión de 21 conservadores de su propio partido por “oponerse a sus planes de brexit”. Como observó Gideon Rachman en el Financial Times, Johnson parece dispuesto a no someterse a la ley, “en vez de obedecer al Parlamento”.

La suspensión del Parlamento (arropada en lenguaje de “prórroga”) ha prendido todas las alarmas entre los defensores de la democracia representativa, conscientes además de la impopularidad del Parlamento entre muchos de los votantes y sus preocupantes preferencias por los líderes de mano dura. Johnson busca subvertir la voluntad parlamentaria con elecciones anticipadas en las que, según Rachman, su equipo acudiría al “manual internacional del populismo” para conquistar los favores del pueblo.

Ninguna suspensión de parlamentos o congresos por los gobiernos debe tomarse a la ligera. Richard Evans, profesor de historia en Cambridge, ha recurrido al símil extremo con los sucesos en la República de Weimar que abrieron las puertas al ascenso de Hi-tler al poder. Evans es un historiador fino como para sugerir que la historia se está repitiendo. Reconoce, claro, las significativas diferencias entre los dos momentos históricos, los dos países, sus distintas circunstancias. Pero advierte de los peligros que acechan hoy a las democracias y sugiere que si hay una lección de la historia, esta debe ser la defensa de los poderes del Legislativo.

Al escribir estas líneas transcurre una nueva audiencia ante la Corte Suprema de Inglaterra, para decidir si Johnson está o no actuando legalmente en sus decisiones frente al Parlamento. Para algunos, como Gideon Rachman, las instituciones británicas siguen dando muestras de vitalidad. Y “si el sistema político británico tiene la fortaleza de rechazar el virus mundial de la política de los líderes poderosos, le hará un gran servicio a la democracia en el mundo”. Ojalá.

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