Del cólera al coronavirus

Del cólera al coronavirus

Es claro que seguiremos necesitando, más que nunca, de la OMS. No estamos frente a una dicotomía.

02 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Mientras el cólera morbus se expandía, el terror se apoderaba del mundo. Avanza “hacia nosotros”, escribió Thomas Carlyle desde Londres en 1831, “con una persistencia espantosa, lenta e inquebrantable”. Y añadió con cierta resignación: “A mí no me ha costado gran sufrimiento; todos en algún momento tendremos que morir”.

Más de 50.000 personas morirían víctimas del cólera en Gran Bretaña. Su esparcimiento en Europa provocó la primera Conferencia Sanitaria Internacional, reunida en París en 1851. En 1907, una nueva reunión, también en París, sirvió para crear la Oficina Internacional de la Higiene. Pero siguieron otras cuatro décadas antes del establecimiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 1948.

Un ensayo reciente de James Meek ofrece interesantes reflexiones sobre la historia de la OMS y sus dilemas ante la actual pandemia (The Health Transformation Army, London Review of Books, 2/6/2020). Aquellos primeros esfuerzos para concertar respuestas frente a las epidemias no habrían buscado ‘mejorar’ la salud mundial, sino proteger a unas naciones de infecciones ‘importadas’ de otras partes.

¿Ha cambiado desde entonces el comportamiento global ante las repetidas manifestaciones pandémicas –ébola, Sars, covid-19? ¿Es acaso posible seguir concibiendo solo políticas nacionales para luchar contra lo que es un problema global?

Cualquiera sea la respuesta, es claro que seguiremos necesitando, más que nunca, de la OMS. Algo hemos debido aprender desde los tiempos del cólera.

En efecto, la OMS surgió bajo el espíritu humanitario que acompañó la fundación de las Naciones Unidas en 1945, tras la propuesta allí de un médico y diplomático chino, Szeming Sze. Adoptó una ‘carta magna de la salud’, en la que esta fue declarada “derecho humano universal”. Se le propusieron metas ambiciosas.

No obstante, desde sus comienzos sus limitaciones fueron obvias. Ha sufrido los problemas comunes a toda organización internacional, con recursos inadecuados y dependiente de un puñado de países. El presupuesto ‘total’ de la OMS, señala Ngaire Woods, es equiparable al de los grandes hospitales de Estados Unidos (Prospect, junio de 2020). La Fundación Melinda y Bill Gates es hoy su segundo contribuyente, después del Gobierno norteamericano.

El exministro de Salud de Etiopía Tedros Adhanom Ghebreyesus fue elegido director general de la OMS en 2017, bajo un nuevo sistema que por primera vez permitió a cada país de la OMS depositar su voto. Fue una competencia reñida en la que el candidato africano se impuso finalmente con el apoyo de China. Esta cercanía le ha ganado críticas, sobre todo en tiempos de creciente rivalidad entre China y Estados Unidos (Trump anunció hace poco que dejaría de apoyar a la OMS).

Algunas de sus actuaciones parecen darles razón a sus críticos –como sus elogios de las políticas chinas para contener la pandemia a comienzos de este año, mientras ignoraba las demoras iniciales en hacer público el problema, y sus nefastas consecuencias. Sus defensores, sin embargo, señalan la necesidad de apreciar mejor el funcionamiento de entidades como la OMS y el papel que cumple su director-general. Con poderes limitados, la efectividad de la OMS depende mucho de su tacto diplomático.

James Meek añade en su ensayo una dimensión más ‘política’, en el sentido amplio de la palabra. Según Meek, estaríamos frente a dos formas contrapuestas de concebir políticas de salud: unas que llama de “alta tecnología”, más apropiadas para países desarrollados; otras “comunitarias”, las que Tedros habría propugnado desde su paso por el Ministerio de Salud en Etiopía.

No estamos frente a una simple dicotomía. Cualquiera sea la respuesta, es claro que seguiremos necesitando, más que nunca, de la OMS. Algo hemos debido aprender desde los tiempos del cólera.


Eduardo Posada Carbó

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