De la viruela al coronavirus

De la viruela al coronavirus

La expedición contra la viruela, un precedente de relevancia valorado por la comunidad científica.

26 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Tras las noticias de BioNTech-Pfizer y Moderna siguieron las de Oxford-AstraZeneca. En pocos días el mundo se sintió esperanzado con las posibilidades de iniciar un proceso de vacunación que nos permita salir de esta crisis que parece eterna.
Las cosas no son sencillas. Abundan los obstáculos, desde comprobar que no ha habido errores en las pruebas hasta ahora cumplidas hasta garantizar que la vacuna llegue a los sectores y países más necesitados. Pronto seremos testigos, y potenciales beneficiarios, de una operación global que algunos consideran sin precedentes en la “humanidad”.

Existen, sin embargo, precedentes de relevancia, valorados por la comunidad científica.

La Expedición contra la viruela organizada por el Imperio español, que recorrió nuestro continente entre 1803 y 1813, figura entre los más notables. Un estudio de Catherine Mark y José G. Rigau-Pérez destaca “la primera campaña mundial de inmunización” por sus éxitos, y por haber “identificado y anticipado problemas” que serían recurrentes en los subsiguientes programas de vacunación hasta nuestros días (Bulletin of the History of Medicine, 2009, 83:1).

Impresionan la logística y el cubrimiento territorial de la campaña. Ordenada por Carlos IV en 1803, y financiada por su gobierno, la expedición partió de La Coruña a fines del año y llegó a Puerto Rico en febrero de 1804. Además del personal médico, el grupo incluyó a veintidós niños huérfanos (con edades de entre tres y ocho años), portadores de la vacuna transmitida en cadena de “brazo a brazo”, siguiendo los dictados de Edward Jenner, el médico inglés que descubrió el método.

La expedición contra la viruela anticipó ‘recientes desarrollos en salud pública’. Aquel esfuerzo fue posible por estar bajo la coordinación de un
solo gobierno.

Aunque el plan original fue diseñado por un guatemalteco residente en Madrid, la expedición quedó a cargo de Francisco Xavier de Balmis, quien tenía “amplia experiencia en las Américas” y era “ferviente promotor del descubrimiento de Jenner”. Ya en América, el grupo se dividió: unos, con Balmis a la cabeza, siguieron a Venezuela y Nueva España; otros, a Nueva Granada, Perú y el Río de la Plata. Este segundo grupo estaba comandado por el subdirector de la expedición, José Salvany, quien murió en Cochabamba en 1810.

No hay certidumbre sobre las cifras. Pero el estudio de Mark y Rigau-Pérez indica que hubo alrededor de 300.000 vacunaciones. Es difícil estimar con precisión sus beneficios. Fueron, sin duda, enormes, sobre todo cuando se tiene en cuenta que los casos de fatalidad para quienes contraían la enfermedad en las Américas “excedían el cincuenta por ciento”.

Mark y Rigau-Pérez señalan las “características modernas” de aquella “primera campaña mundial de vacunación”: la “planeación centralizada” de la expedición, “ejecutada por personal especializado”; sus metas de llegar en el corto plazo a una numerosa población en una geografía extensa; sus propósitos de largo plazo “en la institucionalización del servicio de la vacuna”.

Mark y Rigau-Pérez examinan también algunos de los temas “constantes” en cualquier programa de inmunización de dichas dimensiones –éticos (el uso de niños en el caso de la expedición), clínicos (la seguridad de la vacuna), administrativos (desde el más básico, quién paga)–. La expedición Balmis encontró algunas resistencias, aunque menos de las que habría de esperarse. Como conflictos con autoridades locales, pero parece haber predominado la colaboración, acompañada de “transferencias tecnológicas”.

Como observan Mark y Rigau-Pérez, la expedición contra la viruela anticipó “recientes desarrollos en salud pública”. Aquel esfuerzo fue posible por estar bajo la coordinación de un solo gobierno. Hoy se exigen niveles de cooperación mundial que han brillado más por su ausencia.

Eduardo Posada Carbó

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