Condiciones para el pacto

Condiciones para el pacto

El presidente electo está en mora de reunirse con quienes se declararon en oposición a su gobierno.

20 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Un acuerdo nacional.

Esta es la repetida propuesta del presidente electo, reiterada en la cumbre Concordia Américas, celebrada esta semana. Si hubiere lanzado un trino contra Petro, habría cubierto los grandes titulares de la prensa nacional. Su mensaje conciliador no parece haber sido gran noticia.

La prensa está en su oficio, y no tiene sentido exigirle otras lógicas. ¿Cómo hacer entonces para que una propuesta de acuerdo nacional despierte la imaginación colectiva? Este es el interrogante que Duque debe examinar con detenimiento. Plantea retos insospechados en muy diversos campos.

Para comenzar, hay que reconocer el peso de las tradiciones políticas. Aunque Colombia tiene una larga historia de acuerdos exitosos, aquí se impuso el discurso de la trifulca desde hace ya mucho tiempo. Los guerreros de los Mil Días tienen mucho más renombre que los pacifistas. ¿Quién recuerda a Carlos Arturo Torres, más allá de sus fieles devotos?

Si en algún momento se identificaba la personalidad colombiana con la moderación, hoy se la confunde –y con orgullo patriótico– con la pasión y los extremos.

Y cargamos también con el peso del Frente Nacional, cuya memoria, en vez de evocar sus resultados positivos, solo nos remite a una serie de mangualas sin provecho. Por el contrario, allí estaría el origen de casi todos nuestros problemas.

Hay retos más pragmáticos que Duque debería tener también en cuenta si quiere sacar adelante su propuesta del pacto. Lo más elemental: con quién suscribirlo y sobre qué temas.

Hay otras tradiciones menos visibles, pero no por ello menos significativas. Son las intelectuales, las ideas que, generación tras generación, le dan forma y sustento a la política y determinan en buena parte el comportamiento colectivo. Y mi impresión es que, en el campo de las ideas, tanto la izquierda como la derecha se nutren de fuentes que le dan prioridad a la confrontación.

En la izquierda la cosa parece clara. La lucha de clases y el conflicto fueron centrales, motores de la historia, para el marxismo-leninismo que despreció el parlamentarismo burgués. En algunos países europeos, los socialistas se conciliaron tempranamente con las formas democráticas. En Colombia, la vía revolucionaria aplastó la electoral. ¿Hubo grupos de estudio en las universidades que leyeran a Eduard Bernstein?

Menos claras son las fuentes de la derecha. Son quizás más locales que internacionales. Curiosamente, aunque poco perceptible, muchos de a quienes hoy se asocia con la derecha se formaron intelectualmente en la izquierda. Algo de eso pasó en algunos círculos de la nueva derecha norteamericana. Izquierdas y derechas comenzaron a beber de la misma fuente: Carl Schmitt, quien simpatizó con los nazis y para quien la política y el conflicto son una misma cosa.

Hay retos más pragmáticos que Duque debería tener también en cuenta si quiere sacar adelante su propuesta del pacto. Lo más elemental: con quién suscribirlo y sobre qué temas. Las noticias que divulgaron su mensaje en la cumbre Concordia destacaron su convocatoria dirigida al sector privado y la sociedad civil. ¿Y los partidos políticos?

Hasta ahora, el contenido de la propuesta parece bastante ambiguo y quizás muy ambicioso: un gran pacto para “el desarrollo del país”. Un acuerdo mínimo sería mucho más factible: uno alrededor del respeto a la vida, de la seguridad ciudadana, de la libertad y la justicia, de la estabilidad política.

Nada de esto será posible sin despertar la imaginación colectiva. Y aquí los retos son ante todo intelectuales, poco apreciados a veces por los científicos sociales que dominan el mundo de la tecnocracia. Los actos simbólicos ayudan. Y si la propuesta del acuerdo es seria, el presidente electo está en mora de reunirse con quienes ya se han declarado en oposición a su gobierno.

EDUARDO POSADA CARBÓ

Columnistas

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