Ramón Illán Bacca

Ramón Illán Bacca

La diversidad de su obra impresiona, así como su productividad. Su mundo era el de la literatura.

21 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Lo vi por última vez en una feria del libro en Barranquilla, hace un par de años. Estaba en su medio. Al costado de los pabellones, lo rodeaba un grupo de contertulios en la mesa donde tomaban café mientras le escuchaban, fascinados.

“El juglar antiheroico”, llamó en una entrevista Marco Fabián Herrera Muñoz a Ramón Illán Bacca (1938-2021), quien murió en días pasados.

Sus anécdotas eran geniales. Siempre llenas de humor, un humor que comenzaba por la burla de sí mismo. No me canso de repetir su respuesta cuando le pregunté por su perfil para su columna en Diario del Caribe, ‘Toque de conticinio’: “Abogado sin clientela, autor de varios cuentos inéditos y sin viajes al exterior”.

Aunque le era natural, es posible que también lo cultivara como arte para enfrentarse a una literatura nacional “enferma de solemnidad”. De allí sus elogios a un texto bastante desconocido, Asaltos (1929), de Víctor García Herreros: “Una de las propuestas más interesantes en la novela colombiana, porque por primera vez se da paso al humor como propósito literario”.

Ramón Illán fue
un sociólogo de la cultura barranquillera que estudió con el rigor de los historiadores, y con derroches de imaginación y sabiduría.

Germán Vargas destacó muy bien el humor de Ramón Illán en el prólogo de sus Crónicas casi históricas (1990): “Por su gracia singular, por su cabal eficacia, mediante la cual logra que en el lector se dibuje una sonrisa que le invade toda la cara”.

Una segunda edición de Crónicas (2007), “revisada y aumentada”, dejó por fuera un cuento breve en el cual se explica el misterioso desplome del balcón del Museo Romántico, sitio que conserva nostalgias barranquilleras.

Ramón Illán resolvió el misterio gracias a un cuento de Hans Christian Andersen en el que, al anochecer, los juguetes salen a bailar. Y eso fue lo que sucedió: el piano de Amira de la Rosa comenzó a “complacer a los espíritus del carnaval”, mientras la pipa de José Félix Fuenmayor lanzaba “bocanadas dubitativas”. Pero el “crac” ocurrió cuando los maniquíes de las reinas del carnaval decidieron salir “al balcón a darle un vistazo a la ciudad dormida”, al son de “Tú lo que quieres es que me coma el tigre”.

El carnaval fue tema de reflexiones en uno de los excelentes ensayos que publicó en su libro Escribir en Barranquilla (Uninorte, 1998). Quiso indagar allí sobre el carnaval como escenario de nuestra literatura, o más bien su ausencia: “¿Por qué no se ha escrito la gran novela del carnaval entre nosotros?”.

Años después publicó Disfrázate como quieras (2002), novela policíaca que transcurre en tiempos de “Era Marta la reina”. Escenario de la novela, el carnaval es allí también objeto de análisis, por ejemplo, en las relaciones de la fiesta con la muerte. “La verdad –dice uno de los narradores– es que en nuestros carnavales los muertos son raros”. Y, más adelante, alguien aclara: “No es una cultura de muerte sino de vida la que nos rodea”.

Ramón Illán fue un sociólogo de la cultura barranquillera que estudió con el rigor de los historiadores, y con derroches de imaginación y sabiduría. Erudito como pocos, su mundo era el de la literatura: “A Bacca lo dejan las busetas de Barranquila porque se pone a pensar en Proust mientras el vehículo llega al paradero”, escribió Juan Gossain al presentar su libro Marihuana para Göering, cuya primera edición se vio frustrada por la quiebra de su editor.

La diversidad de su obra impresiona, así como su productividad. Además de sus novelas, cuentos, columnas de prensa y ensayos, editó tres volúmenes de Voces, la revista que estableciera Ramón Vinyes, el sabio catalán, en 1920. Sus más recientes artículos aparecieron en Contexto (contextomedia.com). Y dejó una novela y unas memorias sin publicar. Sus lectores esperan, mientras celebran su extraordinario legado.

Eduardo Posada Carbó

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