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Contra los fatalismos

Contra los fatalismos

Bajo tanto fatalismo, un ensayo reciente de Yuval Noah Harari me ha parecido bastante refrescante.

La irrupción de la pandemia vino acompañada de un clima sombrío sobre el futuro de la humanidad que muy pronto se impuso en la opinión pública. ¿Y cómo no?

Mientras el número de víctimas se multiplicaba a ritmos exorbitantes, la manifiesta crisis de liderazgo mundial corría en paralelo con los anticipos de la muerte de la democracia liberal, en medio de una especie de histeria intelectual colectiva, notable en muchos círculos estadounidenses. Difícil mantener el espíritu optimista en las circunstancias de los últimos doce meses.

Bajo tanto fatalismo, un ensayo reciente del historiador Yuval Noah Harari, autor de varios libros de notoriedad mundial, me ha parecido bastante refrescante (‘The Covid Year’, The Financial Times, 28/2/2021).

Para Harari, lo sucedido en el año del covid no demuestra que estemos perdidos. Por el contrario, estos meses arrojan suficientes pruebas sobre las defensas de la humanidad frente a las fuerzas de la naturaleza: “En la guerra entre los seres humanos y los patógenos, nunca antes los humanos han sido más poderosos”.

Reconocer las señales de progreso en medio de esta
crisis extraordinaria no significa complacencia, ni tampoco cerrar
los ojos frente a enormes
desafíos.

Harari destaca algunos episodios en favor de su argumento. El primero, por supuesto, es la conquista de la vacuna. No es cualquier conquista, ante todo por sus hallazgos en tiempo récord en un esfuerzo científico de cooperación global ejemplarizante. Baste el simple ejercicio de contrastar con el pasado, ya con la remota experiencia de la peste negra, ya con la más reciente de la gripe de 1918.

Los avances tecnológicos han sido la base de nuestra sobrevivencia. Harari nos invita a reflexionar sobre qué hubiera sido de nuestras vidas sin ellos, en condiciones de confinamiento. Que el flujo de alimentos, por ejemplo, no se hubiese interrumpido; o que fuese posible seguir transportando mercancías a través de los océanos, sin las aglomeraciones de tripulaciones de antaño que habrían irradiado aún más el virus: son señales del progreso tecnológico que nos ha permitido evitar “ruinas económicas, colapsos sociales y hambrunas”.

Gracias a internet, muchas actividades de la vida cotidiana han podido ser conducidas desde casa, incluidas las consultas médicas y clases escolares. Pero no todos los logros se deben a la tecnología. Harari subraya los esfuerzos físicos humanos en las más diversas tareas, entre enfermeras, conductores de camión y encargados de servicios a domicilio –quienes han “mantenido unida a la civilización”–.

Reconocer las señales de progreso en medio de esta crisis extraordinaria no significa complacencia, ni tampoco cerrar los ojos frente a enormes desafíos.

Muchos de tales desafíos provienen de los mismos adelantos tecnológicos que han permitido la sobrevivencia. Harari advierte, por ejemplo, los peligros que las herramientas desarrolladas para vigilar la transmisión del virus plantean para nuestra privacidad y libertades. Debemos protegernos contra la amenaza de una “dictadura digital, aún en tiempos de pestes”.

El mayor desafío es político. Harari señala una falta de congruencia entre los avances del progreso científico y los vacíos políticos. Cualquier avance de la ciencia en últimas está sometido para su efectividad a decisiones políticas. Los horrores de la pandemia se habrían podido mitigar con mejores políticas, en particular con estrategias de cooperación global que nos siguen siendo esquivas.

Al cerrarse el 2019, cuando aún el mundo no se había enterado de los contagios en Wuhan, Steven Pinker escribió un ensayo en defensa del “progreso” tras anotar que la “gente andaba desesperada por encontrar rayos de optimismo”. Aquello fue antes de la pandemia. Hoy, voces como las de Pinker y Harari son más necesarias que nunca.

Eduardo Posada Carbó

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