BNT162b2

La vacuna de Mainz podría marcar una revolución tecnológica en el tratamiento de otras enfermedades.

19 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

“La franca realidad que el mundo debe afrontar es que la vacuna (contra el covid-19) nunca vaya a desarrollarse”: esto decía la revista inglesa New Statesman a mediados de año. Para quedarse sin ilusiones. Las noticias de la semana pasada han cambiado el panorama. ‘De pronto, la esperanza’, fue la portada en The Economist.

No era para menos. La vacuna diseñada por BioNTech, compañía establecida en Mainz (Alemania), arrojó resultados prometedores tras las pruebas adelantadas por Pfizer, empresa farmacéutica norteamericana. Días después siguieron noticias, también alentadoras, sobre la vacuna de Moderna, otra empresa estadounidense. Y al escribir estas líneas, leo que las pruebas adelantas con la vacuna de Oxford muestran reacciones positivas en el sistema inmunológico de la población adulta.

BNT162b2 es el nombre de la vacuna de Mainz que ha reanimado el espíritu mundial en medio de segundas y terceras olas que mantienen al planeta en alerta roja. Basta mirar brevemente las cifras de infecciones, gente hospitalizada y muertes causadas por el coronavirus para no bajar la guardia ante una crisis que no amaina.

BNT162b2 es el nombre de la vacuna de Mainz que ha reanimado el espíritu mundial en medio de segundas y terceras olas que mantienen al planeta en alerta roja. Esta es novedosa en su configuración.

La vacuna de Mainz es novedosa en su configuración. Es posible que marque toda una revolución tecnológica en el tratamiento de otras enfermedades. No tengo el conocimiento necesario para entender las novedades de su funcionamiento –se nos dice que en este caso se trata de una “inyección de instrucciones genéticas”, para que el mismo cuerpo responda eventualmente contra el mal–.

Si la nueva tecnología servirá o no para convencer a quienes se oponen a las vacunas es uno de los tantos interrogantes que las buenas noticias recientes dejaron abiertos. Mientras que en India o China la inmensa mayoría de la población estaría dispuesta a vacunarse contra esta pandemia, existen serias resistencias en Rusia, Polonia, Hungría… hasta en Francia, donde el grado de aceptación de la vacuna es apenas del 59 por ciento (The Economist, 14/9/2020).

Existen otros problemas. Uno, y mayor, es de orden logístico. La distribución de BNT162b2 exige que la vacuna se mantenga en temperaturas de -70 grados centígrados. Por sus características pandémicas, requerirá el despliegue de una operación de dimensiones globales extraordinarias, “nunca antes vista por la humanidad”, en palabras del director del laboratorio de inmunología de Imperial College.

Y existen, claro, barreras económicas. Como Anjana Ahuja había preguntado meses atrás: “¿Puede una vacuna distribuirse equitativamente en todo el mundo, en vez de ser monopolizada por los países ricos?” (New Statesman, 17/7/20).

La expresión ‘nacionalismo de las vacunas’ ha ocupado bastantes titulares de prensa desde que se desató la pandemia. Tiene varias vertientes. Una, la más básica, es la intención de ciertos Estados para acaparar el mercado en favor de sus respectivas poblaciones. Es, tal vez, lo que se espera de todo gobierno. India, Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y Japón concentrarían hoy buena parte de los pedidos de vacunas en el mundo (The Economist, 14/11/2020).

Es una concepción no solo egoísta, sino miope. Como lo expresó Financial Times, además de los problemas éticos planteados por tales acaparamientos, la pandemia no se solucionará con actitudes aisladas (7/5/2020). La necesidad de esfuerzos multilaterales parecería apenas obvia.

Existen otros nacionalismos infantiles, en los que las disputas por la hegemonía mundial se atan a supuestas superioridades étnicas. Aquí basta observar que la BNT162b2 ha sido desarrollada por hijos de inmigrantes de Turquía en Alemania, en sociedad con una multinacional norteamericana que dirige un griego.

Eduardo Posada Carbó

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