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Inmunidad globalizada

Inmunidad globalizada

Es imperioso acelerar los programas de vacunación en todos los rincones del planeta.

06 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

En las últimas 24 horas se han registrado más de 2.000 nuevos casos de enfermos con coronavirus en el Reino Unido, 1.200 hospitalizados y 27 muertes. Todas las cifras van en descenso. Paso a paso, el país se ha venido preparando para salir del confinamiento. Es un momento muy peculiar. E incierto.

¿Regreso a la ‘normalidad’? ¿Tránsito a un mundo lleno de novedades? ¿O simplemente un breve respiro antes de una nueva ola de contagios?

Cualquiera sea el significado de ‘regresar a la normalidad’, lo cierto es que esta no es una opción solitaria para país alguno. Si un residente británico siente alivio al leer las cifras del coronavirus en descenso, lo que sucede mientras tanto en otras partes del mundo solo puede causar alarma. En India, por ejemplo, se registraron ayer más 380.000 nuevas enfermedades –la tendencia al alza ha sido imparable en las últimas dos semanas–.

Tal ha sido el cuadro desde los inicios de esta prolongada crisis, con vaivenes entre distintos países y regiones, y en distintas temporalidades. A ello se suma ahora el ritmo diverso de las campañas de vacunación. Pero la idea de vacunaciones aisladas ‘exitosas’ parece ilusa.

La reciente reunión en Londres de los ministros de Relaciones Exteriores del llamado G7, que agrupa a siete poderosos países, reafirmó un compromiso multilateral que debe hacerse efectivo.

Como lo expresó el ministro francés de Relaciones Exteriores, “no habrá inmunidad contra el covid-19 a menos que la inmunidad sea global”. La explicación se finca en la naturaleza de la pandemia, la amenaza siempre latente de su presencia global, y del sufrimiento comprobado este último año interminable.

Entre la comunidad científica se discute si se debe preferir una política de eliminación del virus sobre otra de contención (véase la discusión publicada en la revista Prospect, 5/21). Para los neófitos, el debate parece a primera vista estar lleno de sutilezas, difícil de entender.

Quienes apoyan la ruta de la eliminación favorecen también seguir acompañando las campañas de vacunación con medidas apropiadas de confinamiento y distanciamiento social, con el fin de prevenir nuevas olas con las variaciones del virus. Es un argumento basado en la “destrucción monumental” en vidas y en nuestra ignorancia sobre el curso de largo plazo del covid-19.

Quienes prefieren la contención argumentan que cualquier política de salud pública debe considerar “todos los costos” de las medidas que se tomen, y aceptar los límites de lo posible: los intentos de eliminar el coronavirus exigirían constantes medidas draconianas e inversiones descomunales con efectos perjudiciales en otros sectores de la salud que se verían desatendidos. El argumento aquí encuentra apoyo en la llamada inmunidad de rebaño y en la esperanza de que el covid-19 se convierta eventualmente en un virus de estación, como tantos otros.

Es cuestionable, sin embargo, que estemos ante una simple dicotomía, que se trate de opciones excluyentes e incompatibles.

Apostarle a la eliminación tendría que ser la meta en el largo plazo, en defensa del derecho básico de vivir. Desde los comienzos de esta crisis, el cúmulo de experiencias en todas las regiones del mundo ofrece lecciones para el mejor manejo de las medidas requeridas, en políticas más amplias de salud, en la protección de los sectores más vulnerables, o en los mismos confinamientos.

Por supuesto que ello exige mucha más cooperación mundial. La reciente reunión en Londres de los ministros de Relaciones Exteriores del llamado G7, que agrupa a siete poderosos países, reafirmó un compromiso multilateral que debe hacerse efectivo. Es imperioso acelerar los programas de vacunación en todos los rincones del planeta.

Las políticas destinadas a eliminar el virus en las fronteras de un solo país son tan ilusas como cualquier proyecto autárquico.

Eduardo Posada Carbó

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