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Nacionalismo de vacunas

Nacionalismo de vacunas

Ese ha sido desde el comienzo un impedimento para abordar la extraordinaria crisis de salud pública.

04 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

La expresión se popularizó casi desde el comienzo de la pandemia: ‘nacionalismo de vacunas’.

Adquirió fuerza mientras algunos líderes de gobiernos poderosos hacían esfuerzos para acaparar por anticipado la producción de vacunas, entonces aún en laboratorios, con el fin de ganar popularidad doméstica. La trifulca reciente entre el Reino Unido y la Unión Europea sobre la materia motivó nuevamente una discusión tan urgente como inevitable.

En las actuales circunstancias, es un ‘nacionalismo’ proyectado, ante todo, por las naciones más ricas y poderosas del mundo que, como lo observó el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, se han dedicado a acumular la oferta de vacunas para favorecer a sus propias poblaciones. Países como India, productor importante de vacunas, han manifestado igual comportamiento.

Reconocer que estamos ante una crisis descomunal,
de dimensiones globales, debe ser
el punto de partida. Esto puede servir para orientar la búsqueda de políticas que sean justas y realistas.

Es, en efecto, lo que cualquier comunidad esperaría de su respectivo gobierno, en particular cuando se trata de países democráticos cuyos gobernantes deben responder a sus electores. Pero estamos frente a un problema que plantea serios dilemas éticos, económicos y políticos.

A primera vista, el problema podría ilustrarse de manera simple con el mapa publicado en The Economist la semana pasada. Como vamos, un puñado de países ricos habría vacunado a su población a fines de 2021. Algunos de ingresos medios lo lograrían a mediados de 2022, pero otros, a fines de ese año. Los más pobres, casi todos los africanos y unos cuantos latinoamericanos como Venezuela, solo podrían hacerlo hasta comienzos del 2023.

El asunto, sin embargo, no es tan simple. Ese mapa solo proyecta poblaciones vacunadas, no la erradicación del problema. A menos que se piense en un mundo de fronteras cerradas, donde la efectividad de las vacunas lograría gradualmente combatir con éxito el virus en poblaciones confinadas.

Sería una forma ilusa de pensar. Choca con la misma definición de la pandemia, que no respeta fronteras. El descubrimiento de las variantes del virus que atraviesan continentes, con posibles resistencias a las vacunas, debería encender todas las alarmas: el problemas de unos es el problema de todos. Las erradicaciones aisladas del problema serían apenas soluciones temporales.

Reconocer que estamos ante una crisis descomunal, de dimensiones globales, debe ser el punto de partida. Y aunque no resuelve los dilemas, puede servir para orientar la búsqueda de políticas que sean justas y realistas.

Hay que evitar la tentación de reducir el debate a una confrontación entre dos principios éticos: el uno, basado en obligaciones morales nacionales; el otro, en una moral cosmopolita (véanse los artículos de Alexis Papazoglou en The Guardian (29/1/2021) y Kyle Ferguson y Arthur Caplan en Journal of Medical Ethics (20/12/2020). Como advierte Parazoglou, no existe “una sola regla moral para las particularidades de cada enigma ético; cada caso merece atención especial”.

Los ‘nacionalismos de vacuna’, sin embargo, han sido desde el comienzo impedimentos para abordar esta extraordinaria crisis de salud pública global.

Subvaloran, además, los problemas económicos asociados con la pandemia. Su falta de resolución global seguirá afectando muy diversos sectores de la economía mundial. “La vida económica y social en los países ricos no regresará a la normalidad mientras la pandemia siga haciendo desastres en el mundo”: una advertencia práctica del Financial Times para aquellos que no aprecian razones humanitarias.

“No es tarde para que prevalezca la cooperación global sobre el desarreglo global”, observaron Thomas Bollyky y Chad Bown en Foreign Affairs. Eso fue hace algunos meses. El mundo permanece a la espera.

Eduardo Posada Carbó

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