Fracaso global

La premisa del examen parece familiar: el mundo estaba advertido. Fue una pandemia anunciada.

01 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

“La respuesta de los gobiernos al covid-19 representa el mayor fracaso político de las democracias occidentales desde la Segunda Guerra Mundial”: Este es uno de los enjuiciamientos del libro de Richard Horton, editor de la prestigiosa revista médica The Lancet, sobre la pandemia: The Covid-19 Catastrophe. What’s Gone Wrong and How to Stop It Happening Again (Polity Press, 2020).

¿Qué falló, y qué hacer para evitar que la tragedia se repita? Tales, los interrogantes que motivan su ejercicio.

Los dardos de Horton van especialmente dirigidos a Europa y Estados Unidos. Pero ni China ni la Organización Mundial de la Salud salen bien libradas, aunque su juicio sobre ambos es matizado. Tampoco se salvan algunos miembros de la comunidad científica, sobre todo entre quienes asesoraron al Gobierno británico. Horton hace explícita excepción de los investigadores que respondieron pronto para compartir sus resultados con la comunidad internacional, y de los trabajadores de la salud.

La premisa del examen parece familiar: el mundo estaba advertido. En una y otra forma, fue una pandemia anunciada. En particular, la previa experiencia con Sars –el coronavirus que en 2002-03 causó la muerte de 774 personas en 34 países–, debió haber sido aleccionadora. Hubo entonces una “respuesta global” con éxitos que arrojaron claras fórmulas: “Vigilancia y detección, rastreo, confinamiento, fortalecimiento de las capacidades de los sistemas de salud...”.

Desafortunadamente, las lecciones que dejó el Sars fueron desatendidas. En parte, por complacencia, por haber subestimado el advenimiento de nuevas infecciones mucho más letales.

Quizá más importante haya sido la lección “geopolítica”: según Horton, el Sars habría marcado el comienzo de una nueva era. El fin del dominio irrefutable de las soberanías nacionales ha sido proclamado con anterioridad, pero esta vez llegó por causa de las infecciones virales que no conocen fronteras: “Los virus no tienen nacionalidad”.

Desafortunadamente, las lecciones que dejó el Sars fueron desatendidas. En parte, por complacencia, por haber subestimado el advenimiento de nuevas infecciones mucho más letales. En parte, por el impacto de la recesión económica en los servicio de salud. Pero Horton señala bien las nefastas consecuencias del vacío de liderazgo mundial, abonado por el surgimiento de populismos nacionalistas que minaron las posibilidades de la cooperación global.

Basta repasar la trayectoria del covid-19 para entender su dinámica, lo que está en juego. Desde sus orígenes en Wuhan a fines de 2019 hasta mayo de este año, el virus se había extendido a 213 países. Cuando Horton escribía (en mayo), se habían reportado 300.000 muertes por la enfermedad. Hoy, cuatro meses después, la cifra oficial llega al millón, aunque otros estimativos como los del Economist sugieren el doble. Y con los rebrotes la tragedia sigue extendiéndose sin descanso.

Si la lección de Sars no fue bien aprendida, los últimos meses de confinamiento global deben servir para asimilar mejor el mensaje del covid-19, enfatizado en el ensayo de Horton: “Ninguna persona, ningún país puede sobrevivir en espléndido aislamiento”. Si hasta hace poco las estrategias de seguridad internacional estaban motivadas por preocupaciones bélicas, la salud pública debe ocupar hoy un espacio central. Y ello exige distintas actitudes, completamente opuestas a los celos nacionalistas aún predominantes.

“Mi salud depende de la suya. Su salud depende de la mía”: el mensaje, reiterado por Horton, parecería obvio. Como debe ser obvio ahora que nuestras libertades dependen también de “la salud de todos”. Pero hemos vivido también una paradoja bajo el covid-19, que su libro enfatiza: unidos por el virus, enfrentamos un mundo profundamente dividido. Un reto existencial enorme, lleno de todas las incertidumbres de la humanidad.

Eduardo Posada Carbó

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