¿Autopsia prematura?

¿Autopsia prematura?

El mundo democrático tendría que tomar en serio sus sabias advertencias.

21 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Cómo mueren las democracias. Así se llama el libro de dos politólogos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, lleno de advertencias sobre las amenazas que hoy acechan la política mundial. El uno es experto en Latinoamérica; el otro, en Europa. Utilizan sus conocimientos para ofrecer un examen de la democracia contemporánea en Estados Unidos.

El resultado es bastante aleccionador. Ayuda a derrumbar el mito de la ‘excepcionalidad’ norteamericana, hasta cuestionar el mismo ‘modelo’. Y sirve para apreciar los procesos de erosión democrática que parecen ocupar cada vez más espacio, un fenómeno de preocupantes dimensiones globales.

Su punto de partida es la distinción entre clásicos golpes de Estado y las acciones tomadas por quienes, elegidos en el poder, desmantelan poco a poco la democracia hasta dejar solo visible su caparazón. Es otra forma, “menos dramática pero igualmente destructiva”, de acabar con las democracias. Ejemplos abundan: en Venezuela y Perú, Hungría y Polonia, Rusia y Ucrania...

El problema comienza en la urna electoral, de donde los potenciales verdugos reciben legitimidad. ¿Cómo reconocerlos de antemano? ¿Es posible evitar que lleguen al poder?

El problema comienza en la urna electoral, de donde los potenciales verdugos reciben legitimidad. ¿Cómo reconocerlos de antemano? ¿Es posible evitar que lleguen al poder?

Levitsky y Ziblatt identifican señales de advertencia: “Debemos preocuparnos cuando un político 1) rechaza, en palabras o en acción, las reglas del juego democrático, 2) niega la legitimad de sus opositores, 3) tolera o motiva violencia o 4) indica su voluntad de coartar las libertades civiles de sus oponentes, incluida la prensa”. ¿Un manual obvio? Si lo hubiesen seguido personas que apoyaron el ascenso de Chávez al poder, otra habría sido de pronto su trayectoria.

Bajo el foco de Levitsky y Ziblatt, las erosiones democráticas no ocurren de la noche a la mañana, sino paso a paso. Y con frecuencia, en procesos que resultan de manipular las reglas del juego.

Fue lo sucedido en Estados Unidos cuando, en el período de Reconstrucción tras la Guerra Civil y el fin allí de la esclavitud, las provincias sureñas introdujeron, una después de otra, cláusulas restrictivas del sufragio. A comienzos del siglo XX, tales medidas habían “efectivamente matado la democracia” en las provincias sureñas, entonces y por largo tiempo después una vasta región autoritaria.

Las instituciones por sí solas, advierten de forma repetida Levitsky y Ziblatt, no pueden defender con éxito las democracias. Su buen funcionamiento exige además dos normas no escritas: “Mutua tolerancia y paciencia institucional”. El capítulo que encontré de mayor interés está dedicado a muchas de estas normas que, si bien no se encuentran incorporadas en la Constitución, han prevalecido, con limitaciones, en la conducta política estadounidense.

Aquel documento tan simbólico dice muy poco sobre los poderes presidenciales y sus controles. Solo cuando se impidió el segundo intento reelectoral de Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, la norma ‘reelectoral’ había sido fruto de la tradición. Si se lo propusiese, un presidente estadounidense podría gobernar al margen del Congreso o de la Rama Judicial. Si no lo hacen, es debido a comportamientos históricos que han solido respetarse, no porque exista una norma constitucional escrita.

Las cosas han venido cambiando. Abundan precedentes. Mas si antes el sistema fue capaz de contener poderes presidenciales desbordados, los desarrollos bajo Trump han encendido las alarmas examinadas por Levitsky y Ziblatt, más aún frente a los grados de polarización e intolerancia que copan buena parte del escenario político. No se trata de una autopsia prematura. Pero el mundo democrático tendría que tomar en serio sus sabias advertencias.

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