Wasserman vs. Heidegger

Wasserman vs. Heidegger

El más antipático de los filósofos también es el que dejó una marca más honda en su época.

23 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Moisés Wasserman, en una nota escrita aquí mismo para animar en Margarita Rosa de Francisco la decisión de estudiar filosofía, dijo dos cosas que no entendí: que puede existir alguien que no necesita la filosofía, y que es delicioso estudiar. Yo solo puedo entender el adjetivo en la repostería. Estudiar es una compulsión más angustiosa que el mero paladear. Es la condena del animal obligado a establecer un orden en las cosas para sobrevivir, y para entender el mensaje del rumor de la hoja y el susurro de la huella. En el mito fundador, el conocimiento se asocia con el desgarramiento, con la pérdida de la inocencia, el desahucio del paraíso y la vergüenza. Estudiar es leer el libro del mundo, que no siempre cuenta rosas. Y la filosofía es lo más íntimo en nosotros. Ninguna nos concede la verdad: nos incitan a la soledad de pensar.

Un tópico sirve a Wasserman para afincar su discurso: la oscuridad de Heidegger. Y por qué pedir claridad en los estragos de la historia a uno que a veces pactaba sus citas clandestinas de amor en la penumbra de las iglesias. Eso es Heidegger. La irradiación de la caverna platónica que contamina la almendra de la conciencia, esa instancia más grave que el alma metafísica con un destino de gloria o dolor, y que el espíritu que Hegel congeló en la rigidez del Estado. Heidegger es inquietud sin promesa. Steiner señala un hecho en el libro que le dedicó: Heidegger preguntaba si la filosofía occidental no giraba en torno a la traducción del verbo ‘ser’ en un fragmento presocrático. Y preguntaba terriblemente en serio. Y esa seriedad es para Steiner lo que Heidegger encarna.

El hijo de un sacristán educado en los mitos de Occidente ve estallar sus certezas en una guerra atroz, y se embelesa en el enigma del tiempo, las proyecciones del ser sobre el no ser y en la indagación por lo que lo diferencia del mero existir, no por vanidosa ociosidad. Sobre las ruinas de Europa llena de viudas, huérfanos y mutilados, él sospecha que la escena macabra es consecuencia de un olvido infeliz, de una inhabilidad y de nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza.

Heidegger no podía ser distinto. El más antipático de los filósofos también es el que dejó una marca más honda en su época con su personalidad inescrutable. Si puso la oscuridad de moda, no fue por irracional. Y Sartre después y su amigo Merleau-Ponty y el deconstructivista Derrida y John Austin, nombro unos pocos, corroboran con él el fin de la filosofía que corre entre Tales, Kant y Husserl. Heidegger, como el filósofo de la desconfianza en la técnica, hereda la cautela socrática. Y participa del espíritu que inspiró al filólogo Nietzsche, al patafísico Ubu, el expresionismo alemán, a Ionesco, el Ulises de Joyce, a Mallarmé. La oscuridad no es su privilegio.

En otras encrucijadas de la lógica existieron hombres como Raimundo Lulio, por poner un ejemplo antiguo. Y Saussure y Hjelmselv también fueron urgidos por los enigmas del lenguaje. Wittgenstein se detuvo frente a lo indecible. Hegel, preguntado por un libro de juventud, respondió que había dejado de entenderlo. Heidegger es una rama de un árbol vetusto. Para Steiner, nadie reflexionó más hondo sobre la poesía. Pero condena su silencio sobre los crímenes de su patria. Bien pudo ser un pequeño hijodeputa que pensaba en grande. Su honor es ser el último filósofo de una tradición.

Después de él, la filosofía se ahoga como la llama de la vela en la materia que la alimenta, según la expresión de Ponge, y que en este caso es la gramática. Y al fin, con razón, se dejó tentar por el zen. Y en Japón florecieron prolongándolo los filósofos de la nada. Esa experiencia radical que surge cuando, separados del ruido mediático, nos vemos finitos, presos del habla que nos habla, transitando las sendas de un bosque que a veces conducen allá donde canta la alondra. Y parece que todo acabara. O empezara.

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