Vindicación de Ezra Pound

Vindicación de Ezra Pound

Ezra Pound señaló los puntos endebles de la civilización y redescubrió la poesía provenzal.

03 de junio 2019 , 11:10 p.m.

Martin Gardner fue un escritor norteamericano dado a manipular las ideas básicas del catolicismo filtradas con el cedazo de la Reforma y los chistes sobre Dios, como si el mago de magos no tuviera bastante con aguantar a sus fieles de tan torcidos comportamientos casi siempre en casi todas partes según se infiere del actual aspecto del mundo, y con los cagajones retóricos de los ateos profesionales desde Lucilio Vanini.

Publicó libros de juegos matemáticos para ponerle los cuernos a la lógica y acerca de los problemas que plantean la inteligencia artificial y la robótica. Pero su filón fue la teología. Los arcanos de los espejismos fundamentales y la discusión sobre el ombligo de Adán son de fácil venta entre anglosajones cuando se sirven con una pizca de sentimentalismo, un tris de indignación y una crispeta estallada en una gota de mantequilla de maní. Como en esas películas de Hollywood sobre un diablo incordiado en un fetiche del Congo que alguien compró en una venta de garaje, y que exorciza un jesuita que puede casarse o no con la actriz principal. Los trucos están permitidos. Siempre que se deje la fe en los milagros de Jesucristo al libre arbitrio como la elección de las corbatas.

En ‘Los porqués de un escriba filósofo’, Gardner dice que la existencia de Dios es indemostrable, pero explica por qué no es ateo, politeísta ni panteísta ni le parecen absurdas las plegarias. Cuando no creen en Dios, los hombres como él no lo niegan al modo de los que arrojan los repollos podridos de sus desconfianzas en el jardín de los consuelos de sus vecinos con una sonrisa, y si en la taberna se plantea el asunto piden razonablemente otro trago a la barra y al guitarrista otra vez esa canción de muchachas de la carretera que hacen de sirenas de Ulises con los tractomuleros olorosos a cerveza y testosterona.

Ilusionista aficionado, en las fiestas familiares solía jugar al papel del Dios que discutió su libro: desplegaba pavos reales de meros pañuelos persas, y sacaba dólares de plata de las orejas de un sobrino. En materia artística se inclinó por los poetas populares. Dudó si Eliot ha sido sobrevalorado. Y llamó farsante a Ezra Pound apoyándose en Vladimir Nabokov, que también lo menospreció.

Gardner con Nabokov comparte algunos rasgos de carácter. Ignoro si al ruso le interesaron los acertijos matemáticos. Pero creaba problemas de ajedrez que se les parecen. Y se dejó hechizar por los juegos de manos. En un libro de recuerdos evoca a un prestidigitador cuyo espectáculo lo dejó frío en una fiesta infantil. Pero que después de la función lo deslumbró mientras a solas, en una cocina, echó a volar palomas de crema de un postre.

Pound fue un agudo testigo del siglo XX: señaló los puntos endebles de la civilización, redescubrió la poesía provenzal. Músico, escribió óperas, punzantes ensayos sobre la cultura y crio fama de generoso entre los poetas norteamericanos en la Europa de entreguerras: les prestaba su dinero, su cama, y hasta sus camisas, y revisaba sus versos. Eliot sometió sus famosos cuartetos al rigor de su lápiz rojo. Y fue un mártir de la libertad. Condenado por los militares yanquis a una jaula, debió fingirse loco para evitar la horca de los traidores a la patria. Había osado desconfiar del sistema bancario, condenó la usura y mantuvo en la Italia fascista un programa de radio contra la guerra como artimaña financiera. Sus amigos lo llamaron ‘il miglior fabro’. El mejor artesano. Su poema ‘Altaforte’ es un texto potente donde el inglés truena. Está en YouTube.

Santiago García me dijo una vez que sin Beethoven el mundo sería distinto. Sin Pound, el siglo XX contaría otro cuento. Nabokov también fue injusto con Cervantes, Dostoievski, Mann. Gardner es difícil de calificar. Yo seguiré admirando a Pound sin ellos. Aunque no lo comprenda del todo. O no siempre.

EDUARDO ESCOBAR

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