Utopías y sicopatías

Utopías y sicopatías

En busca de un modelo de orden, la humanidad corrió con frecuencia por caminos trazados por locos.

28 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

En busca de un modelo de orden, la humanidad corrió con frecuencia por caminos trazados por locos de atar. Se me ocurre apoyar la perniciosa certeza en el tartajoso de Moisés, al mismo tiempo emisario del divino “no matarás” y asesino temprano, y un genocida incomparable después, con ataques de ira. Pero está muy lejos, en las brumas del mito. Entonces pienso en Julio César. Un millonario epiléptico, sediento de honores y experto en sobornos que, según se dijo, era el esposo de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos. Esa clase de desaforados hizo grande a Roma. Y pienso en Calígula, y en Nerón, violinista, comediante, urbanista y matricida, y en virtuosos como Marco Aurelio, cuyas cualidades fueron desacreditadas por algún hijo atrabiliario del estilo de Cómodo.

El poema de Troya narra las proezas de unos ladrones envalentonados por el fantasma de una bella coqueta. Las cruzadas las hicieron en nombre de la salvación del prójimo unos príncipes carniceros que se decían cristianos aterrados por la ilusión de la inmortalidad, cuando los papas eran soldados de armadura y tenían la llave del cielo. Napoleón. Hitler. Stalin. Mussolini. Todos pretendieron perfeccionar la vida y ensangrentaron el mundo, hasta envilecer al mono original, enarbolando utopías tóxicas.

Bolívar fue un maníaco de pipí hiperactivo, un rico hacendado que por puro tedio romántico acabó sirviendo a las masonerías inglesas contra el imperio español. Algunos lo diagnosticaron de hipocondríaco. Por la costumbre de quejarse. Como dejó escrito el médico de su agonía, Révérend, a quien el risible bocón de Hugo Chávez cargó con la sospecha de haberlo liquidado con sus electuarios, por encargo de la oligarquía bogotana.

La última guerra librada en tierras de la cristiandad fue resuelta entre un borracho consuetudinario, un exseminarista paranoico y un triste tullido.

La última guerra librada en tierras de la cristiandad fue resuelta entre un borracho consuetudinario, un exseminarista paranoico y un triste tullido. Estos días, en un noticiero de televisión me topé con un retrato de Marx (Marx aún) en la carpa de un campamento del Eln. Pobre Marx, ahorcado en una guarida de vándalos con fantasías en un rastrojo santandereano. Me dije. Pero lo mereció. Ese parásito de sus amigos, ese arribista que condenaba la riqueza. Ese teólogo que no se avergonzó de su racismo y que metido a economista infectó el planeta con sus profecías chuecas hasta hoy.

Gandhi, vegetariano radical y marido intratable, fue un retorcido jainista contaminado por el absurdo evangélico. Los místicos también hicieron el papel de verdugos, ataviados de redentores. Me acuerdo de santo Domingo. Mandela, campeón de la paz, también fue un terrorista cebado. No lo llevaron a la cárcel por manso. La cárcel lo amansó.

En el trópico, la cháchara de los reformadores siempre tuvo mucho de fiesta de papagayos retóricos. Las repúblicas de Bolívar degeneraron desde su amanecer en unos grotescos zafarranchos instigados por generales pintorescos, entre estetas con vínculos parisinos y gamonales vulgares del Cauca, y dirimidos a machete por sus esclavos descalzos y con niguas.

Hugo Chávez (un día lo confundí, mea culpa, con “el gran mulato” de Fernando González) es otro ejemplo del legendario sátrapa latinoamericano. Como su compatriota Juan Vicente Gómez, cuya biografía escribió González. Y como su sucesor. Un chofer de bus con un gran propósito social muy parecido a la borrachera. Ambos miman otro espécimen de la misma fauna: Fidel Castro. Uno que injertó una tiranía asiática en el Caribe, y construyó un limbo, como reto bobo, frente a la nación más dinámica de la Tierra, apoteosis del capitalismo, síntesis de la humanidad.

Castro entregó su larga vida a sabotear la evolución de Latinoamérica, alentó las vilezas de nuestras guerrillas campesinas y de carambola, el milagro del socialismo bolivariano que hizo de una nación rica una exportadora de desesperados y la fábula del petro.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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