Una pregunta pertinente

Una pregunta pertinente

¿Qué puede hacer un ser humano ante el acoso de un perro airado más que manotear para esquivarlo?

23 de marzo 2020 , 11:47 p.m.

Universocentro, la universidad Eafit y Comfama me invitaron a decir una serie de conferencias en Medellín, que no se dieron, porque un trío de perros me atacó inesperadamente, aparecidos detrás de los arbustos de un conjunto cerrado, mientras iba a visitar a una hermana que no veía hace años. Dos hembras, una cosa hirsuta y famélica que daba lástima; una ‘collie’ más vieja que Matusalén plagada de llagas, que daba asco, y un macho pitbull que inspiraba terror en su inocencia asesina. Este dirigió el ataque contra mi magra humanidad. Desbaratada al primer embate de sus manos poderosas, proyectada contra unas piedras del camino puestas ahí desde la creación del mundo.

El resultado: mi coxis lastimado gravemente, y el dedo pulgar de la mano derecha, es decir, el espaciador en el teclado que tanta falta nos hace a los escritores, convertido en un guiñapo. Porque la bestia pugnó por arrebatármelo a dentelladas. Las otras dos alimañas fue más el ruido que hicieron: el trabajo corrió por cuenta de la horrible masa de testosterona de setenta kilos, saltando a velocidad de bólido sobre la superficie planetaria aterrada. Mientras un concierto de timbales estallaba en mi caja craneana. Y perdí el sentido. Cuando llegó el encargado de la fiera a salvarme, pude verlo apenas borrosamente. Como borrosamente hice el camino hacia la clínica donde paré acalambrado, sin saber si era sometido a una vergüenza merecida. O a una ofensa gratuita del azar.

Han sido ya cinco semanas de penas. De ayes de madrugada. De puñados de grageas y pastillas y ungüentos que valen oro. Después vendrán las fisioterapias. El perro está acusado de morder a dos jardineros y a una muchacha del servicio en el conjunto cerrado. Y de perseguir a un recién casado que llevaba unas flores a su esposa nueva. Nadie lo quiere en el condominio, por hermoso que sea en su altivez brutal. Pero su hipotético propietario es más comprensivo con la alimaña, que él llama el animalito, y está decidido a imponérselo al vecindario. Y lo disculpó de este modo: tal vez lo miraste a los ojos, me dijo. O lo asustaste con tu manoteo. Por qué no te quedaste quieto, me preguntó, tontamente, en son de reproche, mientras yo me desangraba. Pero qué puede hacer un ser humano ante el acoso de un perro airado más que tratar de mirar por dónde viene el ataque y manotear para esquivarlo.

Tuve tiempo para recordar que la palabra perro para los diccionarios etimológicos, incluido el delicioso de Corominas, es una rareza del idioma, venida de nadie sabe dónde, tal vez por vía de las onomatopeyas, mientras rodaba en un auto hacia la clínica con el triste colgajo de mi dedo campaneando. Y desde el fondo de mi dolorido esqueleto saqué fuerzas para preguntarle al propietario del chucho por qué no sacaba a cagar al emperador con el bozal. Pero su conciencia no se lo permitía. La ternura de su alma ecológica. La irrisoria adoración de las mascotas, que es una de las plagas de la modernidad. Esto significó el silencio que hizo.

Yo y cualquiera otro que pisara los límites de su rey de cuatro patas valíamos nada: para que su mascota estuviera cómoda y se sintiera querida, nosotros debíamos hacer sacrificios. La señora de las rosas que probó sus dientes en una rodilla, el anciano que va a podar los pinos o yo con mi carpeta de conferencista.

Ahora, detrás de un caminador, lleno de rabia e impotente ante las tonterías del propietario del bruto que me pide agradecer a Dios que no haya sido grave, y además haciéndome culpable de mi desastre, pienso si existe en Colombia, como en el código mosaico, la obligación de reparar el daño que hacen nuestras mascotas, los accidentes que ocasionan nuestras queridas bestias de compañía. O quién responde por mi dedo convertido en un garfio torpe, por los honorarios perdidos y los dolores físicos y morales. ¿Está corrompida una justicia que transfigura genocidas en senadores, y llena de privilegios a los perros aunque deba pasar por alto los derechos humanos de sus víctimas?

EDUARDO ESCOBAR

Empodera tu conocimiento

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.