Steiner: llover sobre mojado

Steiner: llover sobre mojado

Steiner es destacable en el grupo de los comentaristas culturales del siglo XX. Es irremplazable.

10 de febrero 2020 , 08:02 p.m.

Después de años de leerlo, yo no recordaba que a George Steiner le costaba atarse los zapatos porque era un poco manco, como dijeron o me recordaron los periódicos esta semana, a propósito de su muerte, pasados los noventa. Y eso que leí varias veces su autobiografía, 'Errata', la mejor titulada de las que conozco, donde seguramente habla del asunto como habla de Wittgenstein y de Shakespeare y de lo mal que pensaba aquel sobre este. Y de otras flaquezas: por ejemplo, de su amor por el ajedrez y de la pena de ser un ajedrecista mediocre, y la de no haber podido escribir poesía. Pero Steiner también era capaz de reconocer sus ventajas, incluida una madre que lo mimaba en un idioma, lo reprendía en otro y susurraba en un tercero con su padre para tratar de las minucias domésticas. Adoró la multiplicidad de las lenguas, celebraba a Babel, que permitía a la humanidad entenderse o desentenderse por medio de matices. Odiaba la uniformidad y el énfasis doctoral. Ateo confeso y discreto, sin estridencias, suponía que el Homo se hizo sapiens y que los procesos cerebrales evolucionaron más allá del simple instinto cuando surgió la cuestión de Dios en la mente.

Su modestia oculta un sentimiento de superioridad. Ahora que ha muerto sé que a veces es verdad cuando decimos que sentimos la partida de otro como una pérdida. Y que nos hará falta. Siempre fue bueno encontrar otro libro suyo en las librerías. Cada uno cumplía la promesa del encuentro con una voz erudita que sabía decirse no como en una cátedra, sino como quien se confiesa con un amigo. Recuerdo que Norman Mejía me llamaba para anunciarme la aparición de cada libro de Steiner. Y la rabia que le daba que yo lo hubiera leído ya. Por años he vivido buscando a Steiner desde que comencé a leerlo confundiéndolo en mi miopía con el Stirner que Marx convirtió en su saco de boxeador en 'La ideología alemana'.

Steiner es destacable en el grupo de los comentaristas culturales del siglo XX. Para mí se convirtió en irremplazable. Me agrada su manera de plantear los problemas desde una perspectiva insólita y hasta incorrecta e irónica. A propósito del Estado de Israel, creyó que sus relaciones con “el Libro” estaban teñidas de un cinismo convencional. Y con la izquierda mantuvo una distancia saludable parecida a la socarronería.

Un amigo me contó la historia. Steiner se presentó en una universidad reputada en busca de trabajo. Y encontró que todas las plazas estaban ocupadas. Entonces se fue a la cafetería a charlar con los estudiantes. Y las aulas se vaciaron porque el hombre hechizó el campus y todos trasladaron sus cuadernos a su mesa. Puede ser una de esas anécdotas fantásticas que suelen tejerse alrededor de los hombres excepcionales. Pero que en ocasiones los explican con una mentira blanca mejor que un dato cierto. Steiner encontró detractores en la academia porque no fue un especialista, sino un buceador en las bellezas y las contradicciones del alma humana, como si nunca hubiera salido de la cafetería del cuento.

No fue sionista, pero su talante fue rabínico, de cabalista enfrentado a la naturaleza de los nombres de las cosas; tanteaba, caviloso, en el maremágnum de los debates de la modernidad: fue un hombre universal, parte de ese pueblo errante que el mito llamó la sal de la tierra, fuera de los nacionalismos, los dogmas y los miedos que manipulan los políticos en todas partes, porque el miedo es la levadura para las masas. Steiner es el judío liberal que no discute su singularidad ni lamenta su diáspora. Se experimentó como un ser humano inmerso en la aventura de la especie, aunque a veces no entendiera lo que pasaba. Capaz de admirar a Céline a pesar de su antisemitismo. Y a Heidegger, a quien dedicó un libro exento de rencor. Su última obra debe estar por llegar a las librerías colombianas. Me gustará conocer sus relaciones con la música, única prueba de que hay cosas más valiosas que el oro del silencio.

Eduardo Escobar

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