Sobre holocaustos

Sobre holocaustos

El de Hitler fue apenas uno de los holocaustos que marcan el camino de la humanidad.

22 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Para curarme en salud, me apresuro a decir que mis sentimientos no se podrían confundir ni de lejos con alguna forma del antisemitismo. En el fondo soy más bien un judío de corazón: por posibles razones genéticas que no me he preocupado por descifrar. Y porque no me cuesta reconocer que todas mis estructuras mentales, el mapa de mis motivos de vivir, están entroncados con los mitos fundadores del llamado pueblo elegido, que vapuleó el Dios volcánico del desierto para endurecerlo y que fuera la sal de la tierra.

Nacido en una familia cristiana, me pasé la vida leyendo a los grandes pensadores judíos desde el legendario Moisés y san Pablo hasta Spinoza y Carlos Marx y León Bronstein, pasando por Flavio Josefo y un montón más de nombres eminentes que dejaron sus huellas en el barro de mi alma en construcción. El pensamiento judío sembró en la cultura occidental unos conceptos que son esenciales de la filosofía moderna en que me eduqué, como la conciencia del internacionalismo contra la mezquindad de los nacionalidades que se parecen tanto al fanatismo de gallinero.

Los hombres, judíos, alemanes, yanquis, latinoamericanos, africanos y chinos, parecemos atrapados en nuestra condición fatal de asesinos.

Los judíos de la diáspora fueron la sal de la tierra, de algún modo, efecto. Y por eso resultaban incómodos en todas partes más allá del estereotipo del usurero y el tramposo consagrado por la Biblia, que es en el fondo una gran novela trenzada sobre una serie de negocios chuecos, desde la serpiente del paraíso hasta Judas Iscariote, el que vendió un amigo. Su condición de seres sin patria hicieron singular la presencia del judío en todas partes. Hasta que los líderes del sionismo pervirtieron su destino heroico concediéndoles una patria que niega todo lo que significaron para una noción de humanidad basada en los valores de la igualdad planetaria, sin fronteras. No es la afirmación demencial de un diletante. Muchos rabinos y creyentes judíos a lo largo y ancho del mundo criticaron la quimera de Sión, justificada por un ramillete de fantasías religiosas y raciales. Porque en últimas, los políticos sionistas agitadores del hipotético apelativo de judío ocultan las sañas del poder egotista, validos de una de las peores vergüenzas de la humanidad.

El holocausto promovido por los vándalos de Hitler contra gitanos, católicos, testigos de Jehová, homosexuales y minusválidos, y judíos, ha sido usado por los fantasiosos del imperialismo sionista, que monopolizan la ignominia en cabeza de los herederos hipotéticos de Abraham. Pero el de Hitler fue apenas uno de los holocaustos que marcan el camino de la humanidad, si contamos el que realizó Europa en las carnes de los aborígenes americanos hasta hoy, el trasiego de los esclavos africanos hacia las plantaciones y las minas en América, los nueve millones de congoleños masacrados por el rey Leopoldo de Bélgica y el genocidio de las caucherías que denunció 'La Vorágine'. Pero son más. Porque el ser humano mezcla entre sus virtudes más que probadas la vocación maldita del animal de presa.

Nos duele mucho, como una traición a los padres originarios que nos dieron los diez mandamientos y el cantar de los cantares, la manipulación de los dirigentes del sionismo, con la complicidad del llamado mundo civilizado, que quiere convertir en razón de vivir el exterminio de otro conglomerado antiguo y legendario, el de las comunidades palestinas, que vivieron mezcladas con judíos y cristianos pacíficamente hasta que el sionismo europeo apareció en el horizonte con la bagatela de una nacionalidad arrebatada e innecesaria. Los gerentes de la shoa, que además cuentan con críticos agudos entre los hebreos, hoy de repente se ven ante la faz del mundo asumiendo el papel de los verdugos con la colaboración insidiosa de los grandes poderes de la Tierra. Los hombres, judíos, alemanes, yanquis, latinoamericanos, africanos y chinos, parecemos atrapados en nuestra condición fatal de asesinos, desde el agricultor beligerante de Caín que asesinó a su hermano con una quijada de burro, en el umbral de la gran burrada de la historia.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.