Reinventar los paradigmas

Reinventar los paradigmas

El mito del siglo XX fue el mesianismo. Se rindió culto al terrorismo justiciero.

08 de abril 2019 , 07:07 p.m.

Un grupo de encapuchados dispara desde una universidad a un helicóptero de la policía con una bazuca casera. Un estudiante de arquitectura explotó una casa en una reserva indígena con su arsenal. Otros, en el Valle, tuvieron un accidente con explosivos, que preparaban con mucha probabilidad para adornar la minga indígena. Unos perdieron un ojo; otros, unos dedos. Algo tiene que estar pasando con la educación. Que en vez de formar, desarticula. Y mutila.

Uno no se acostumbra a la Patria Boba. Cómo alguien aún puede arriesgar un dedo concreto, con sus falanges, el pulpejo y la uña, por una idea, una ilusión, una fe. O matar por un matiz conceptual sobre un fantasma. Yo no me tengo tanta confianza en lo que pienso como para matar por lo que creo. Ni pondría mis manos en el fuego por mí a la hora de la ordalía. Uno nunca sabe bien quién es de veras. Y la confianza excesiva lleva siempre a la arrogancia sacerdotal.

A estas alturas hay personas que todavía juegan a la revolución rusa validas de la premoderna dinamita, justificada con ideas de antier. Yo también jugué el juego ridículo y macabro. Hasta que aprendí a entender a Lenin como un mero episodio en la historia igual que Solimán, como una atracción turística maquillada. ¿El triunfo de Napoleón le hubiera ahorrado a Rusia el grotesco de Lenin y la dictadura mafiosa de Putin? ¿A nosotros nos hubiera convenido la monarquía de Pepe Botellas más que el católico rey Fernando y optamos por el conservadurismo? Pero dejemos la política ficción por ahora. Y sigamos por donde íbamos.

A mí, lo que más me espantó en el incidente de la bazuca fue la declaración demasiado comprensiva del rector del establecimiento desde donde dispararon los noveles artilleros el artefacto, hecho con un desagüe sanitario. El primer deber de todo guerrillero es conservar su vida, predicó el Che en su manual de guerrillas. El del burócrata ha de ser mantener el equilibro del escritorio de modo que sus pronunciamientos no pasen los límites entre las glorias de la nómina y la nada del desempleo. Pero el rector hubiera podido hablar de un modo menos sentimentalmente convencional. Hay algo inauténtico en la corrección política a la moda. Es como si la gente se pusiera un disfraz que, además, no le inspira confianza. Y en la pose de la virtud, el gran recurso es apelar a la tolerancia. Que en ocasiones roza con la complicidad.

Es como si tendiéramos al retorno a eso que llamaron los filósofos del dieciocho el estado de naturaleza, como pronosticó Bolívar. Todo está permitido. Impera la anomia. Al genocida se le honra. Los cacos al por mayor pagan sus penas en clubes de golf. Y el estudiante con su artilugio antiaéreo solo ejerce el derecho a la protesta garantizado por la Constitución.

El rector inventó un neologismo: la pedagogización. Para defender la inviolabilidad del campus, reino del saber, espacio del diálogo. Platonismo de pastelería. Para construir una bazuca se necesita un saber. Pero nadie dialoga con una bazuca. Esta es el fracaso de una universidad anquilosada en el arcaísmo del espíritu guerrero, anclada en supersticiones decimonónicas, y que recicla una cátedra retrógrada, ensimismada en retóricas nebulosas y fracasadas. El mito del siglo XX fue el mesianismo. Las palabras ‘rebelión’, ‘lucha’ y ‘combate’ pintaban todas las paredes. Se rindió culto al cagalástimas, a los acusadores de la civilización industrial. Al terrorismo justiciero. De ahí vienen los estudiantes de la bazuca. De una concepción mecánica de la historia como sacrificio, aprendida en las aulas ideologizadas. No se entienden en los muros de las universidades las improntas de ‘Tirofijo’, el Che y Camilo. Exaltan errores derrotados y consagran la fosilización romántica en los paradigmas del voluntarismo revolucionario, que conduce a la tiranía mística de izquierda cuando triunfa, o al autoritarismo del cruzado, que se parecen tanto por lo incómodos, brutales y esterilizantes.

Sal de la rutina

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