Recuerdos del futuro

Recuerdos del futuro

Miguel Antonio Caro y su Constitución son más maltratados que conocidos. Sin ellos no nos va mejor.

13 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Este periódico me invitó a escribir una crónica para contar lo que pasaba en la Asamblea Nacional Constituyente que redactó en 1991 un nuevo andamiaje normativo para Colombia. Y yo acepté de buena gana porque mi destino fue contar el mundo desde que era un muchacho. Recuerdo, cerca de mí se sentaba Chalita, un exguerrillero de la horda recién apaciguada del M-19. Chalita ocupaba tres cuartos y medio del centro de convenciones con su sombrero de alas de avión, que nunca se quitó. Y recuerdo que la poeta Carranza se apeaba de un automóvil azul oscuro de mucho ver más temprano que todo el mundo, y se sentaba en primerísima fila más seria que una tumba. Aún no llevaba esos anteojos coloniales de carey que la adornaron después.

Y mientras iban y venían los políticos de todas las tendencias hechos unas pascuas, echándose abrazos y espetándose discursos que los hacían sentirse útiles, e imprescindibles, yo rememoraba mi lectura de 'Los negroides', el libro de Fernando González donde este se declara el orgulloso descubridor del “complejo de hideputa”, nudo síquico que consiste en el sentimiento de inferioridad de los que fueron hechos al escondido y se avergüenzan de sí mismos, lo cual los incapacita para crear algo propio nacido de sus necesidades y los conduce inevitablemente al papel de mimos. En los descansos, en efecto, los concurrentes encargados de darle forma a la nueva constitución hablaban de Suiza, de la legislación de Finlandia, del ombudsman sueco. Y de vaguedades teóricas que al fin resultaron en una de las constituciones más largas del mundo conocido, según es fama.

En representación del Presidente oficiaba el nadaísta Humberto de la Calle. En la mesa directiva, Álvaro Gómez, Navarro y Serpa, antiguos enemigos, cada uno con su lastre de sombras, cruzaban papelitos. Y un fantasma, luego se supo, flotaba en el ambiente corrompiéndolo. El de Escobar, que al cabo obtuvo de ganancia una cárcel de cinco estrellas con cementerio privado, sala de torturas, salón de billares, sauna, turco, un alcaide llamado Homero, ciego como el vate de Quíos. Y salida de emergencia.

Me quedó la impresión de que habían tejido con gran gasto de vanidades retóricas y babas un vestido muy vistoso para una nación distinta, un texto de pura apariencia para una gente lejana. Se dijo que era la Constitución de los derechos humanos, que fundaba un Estado social de derecho, que era una constitución garantista, lo cual sirve de elogio y de reproche, y se expulsó del preámbulo al fatigado Dios de los cristianos que presidía la de Caro. Del monstruo quedan unos restos después de los reacomodos: el hocico de mamar los que puedan, la pata de meter los de siempre, el nombre restaurado de Santa Fe de Bogotá que nadie usa, la Defensoría del Pueblo que quién sabe para qué sirve, la tutela de pasarse por la faja. Y el embeleco de la Fiscalía. Que desde el primer fiscal del estreno inspira más pavor que confianza, con sus brujos, monicongos e intervenciones arcanas. Creemos remediar nuestros desarreglos cambiando las cartas del juego y el nombre de los organismos desprestigiados. Y la justicia parece más una extravagancia, una arbitrariedad, que la mediadora de los castigos de los ciudadanos pervertidos y del reparto de los méritos.

Nicolasa Ibáñez le rogó a su nieto Miguel Antonio que evitara la política, que ella conocía de cerca por sus novios. Y él en vez de entretenerse en sus Virgilios acabó redactando la Constitución cuyo linchamiento cubrí para este periódico un mayo, síntesis magistral del ideal católico, hispanista y bolivariano, que algunos culpaban de los males del viejo país. Pero Caro y su Constitución son más maltratados que conocidos. Y sin ellos no nos va mejor. Siempre, como antes, hay una olla podrida pitando en un penthouse, corre un raponero de andén delante de un policía y todo huele a la Dinamarca del Hamlet que mató a Polonio. –¿Dónde está Polonio? –De cena, pero no donde cena, sino donde es cenado. Una asamblea de gusanos políticos da buena cuenta de él ahora.

Eduardo Escobar

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