Razones para no marchar

Razones para no marchar

La gavilla mata, incendia, aúlla clichés que no resisten el examen.

18 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Jamás participé en una marcha. No soy rico y debo trabajar para vivir. Además, necesito tiempo para sentirme vivo en otros acosos en los cuales justifico mi libertad, como repasar odas inglesas pasadas de moda al “inestimable” polvo de una alondra, o mirar caer los aguaceros sobre las orquídeas del jardín, y alentar la pollada recién nacida en un corral imaginario.

Para mí, la historia es lo que les pasa a los demás. Yo no tengo tiempo para hacer historia. Me duelen mucho, a veces, las cosas malas que suceden. Pero soy apenas uno que resiste a los desórdenes del mundo a su propia manera. Carezco de la arrogancia de creer que puedo cambiar la retorcida condición humana. Y me niego a disipar mi energía en las vagamunderías de la recua. No me gustan las manadas dándose coces. Detesto la rudeza. En deportes no pasé del ajedrez. Y en la lucha libre, no más allá de la disputa filosófica entre amigos.

A todos nos tocó alguna vez izar una bandera en un patio, uniformados, en fila como gansos. Yo lo sentí como una humillación. Y cantaba los himnos de rigor apenas con los labios, sin dejar entrar sus palabras en el corazón. Eso me salvó de ser hincha de un equipo de fútbol. De pertenecer a un partido. Y de medrar al amparo de un político corrupto en una oficina pública.

Las personas son muy agradables por unidades, de a pocos. Enjambradas son siempre una amenaza de desgracia e incomprensión vociferante

A veces me asomé a una manifestación por tratar de entender. Y siempre me llenó de pavor el temible organismo de diez mil bocas de la muchedumbre amorfa, cuyas estampidas dejan una mezcla de perfumes y hedores y aguasangres. Temo mucho a la turbamulta anamórfica. Desde cuando el remoto abril del 48 vi la primera vez en Armenia del Quindío la imagen de la alienación en unos hombres de ojos desorbitados, desgañitándose, hinchados por la ira desde el bajo vientre, blandiendo un trapo rojo. Al fin quedaron de la puja unas cenizas descoloridas. Mi padre me llevó a verlas en un silencio sepulcral al otro día.

Una rosa es una rosa es una rosa. Dijo una poeta del siglo XX. Un hombre es un hombre, dijo Brecht. Y Sartre, que un hombre es todos los hombres. Eso no quiere decir que muchos hombres juntos sean el hombre. Por una ecuación misteriosa, parece lo contrario. Lo que llaman los políticos, que las amasan, las masas nombra el infierno de la multiplicidad: el temible tumulto que remeda el acuerdo. Todo el que marcha refrenda la tiranía en la aspiración de suplantarla, prolongando el problema arcaico del poder. La historia ha contado muchas veces el cuento de las conquistas de la chusma que solo empeoraron las cosas. Contra las opresiones del sistema es mejor hacerse invisible y ordenar lo privado. Donde todo comienza.

Las personas son muy agradables por unidades, de a pocos. Enjambradas son siempre una amenaza de desgracia e incomprensión vociferante. En estadios y plazas. Un amasijo de sentimientos contradictorios. Unos marchan para ser vistos como los políticos pescadores de río revuelto. Otros, para descargar la mierda de las frustraciones. Y otros, para expresar una indignación de cartilla de purificaciones. Hay mucho falso orgullo en el que marcha. Basta verles el pavoneo.

El individuo disuelto en la horda se confunde con la indiferencia de la muerte, cegado por el tremolar de las banderas mortales. La masa que cantó Whitman y la que cantó Maiakovski, tan distintas, son parte del mismo anclaje en el mito que nos impide ser razonables. La gavilla mata, incendia, aúlla clichés que no resisten el examen. Yo prefiero la opción del ausente de las manifestaciones colectivas. Que otros disfruten de las delicias rebañegas. Yo hace tiempos me convencí de que al mundo no lo cambian las masas, sino los ingenieros del secreto material que suelen trabajar en silencio para construir milagros como el clip. De las manifestaciones quedan unas basuras por recoger. Y para recordar, unos mártires de la vieja estupidez de la historia política.

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