Por mi derecho a mi miedo

Por mi derecho a mi miedo

Habría que restablecer algunos paradigmas descuidados del sentido común en política.

05 de junio 2018 , 01:05 a.m.

Yo solía decirles a mis amigos de la juventud que puestos entre dos males, debían siempre decidirse por el peor. Creía en el poder fertilizante de las paradojas, que el contrasentido aventajaba a la lógica, que estábamos obligados a ayudar al mundo a alcanzar la crisis apocalíptica, antes de instaurar el Reino de la Tierra que opusimos al Reino de los Cielos. Siempre estábamos pataleando contra algo. Escribiendo manifiestos tóxicos. O poemas arrevesados para irrespetar la poesía y demás embelecos burgueses incluidos el hábito de comer a horas y la corbata.

No nos dábamos cuenta de los privilegios que gozábamos, los helados, los antibióticos, las autopistas, las vacunas, las telas sintéticas, los perfumes franceses, los vinos de Italia. E incluso el de defender la idea de que toda clase de orden era una trampa, una conspiración oligárquica para jodernos. El Che Guevara, Cantinflas del marxismo, aspiraba a incendiar el mundo por los cuatro costados, entre coros de ametralladoras, fundamentado en la poesía de León Felipe y en tangos sensibleros como ‘La Pastora’, de De Angelis y Rótulo, que prefiguró su destino. Y nosotros le dedicábamos odas.

Había en el Che algo de wagneriano con diarrea. O de masoquista cristiano. Pero formó parte de las ilusiones del enorme delirio. Validos de un colegio de tutores apasionados y contradictorios, Lautremont, Rimbaud, Nietzsche, Tzará, Sartre, el budismo de cervecería de los ‘beat’ y Wallace Stevens, que escribía poemas traslúcidos en servilletas de papel con un bolígrafo de burócrata. Muchos de nuestros compañeros de aventura acabaron suicidándose o locos de remate. Pues no siempre se le hace impunemente el juego a la sinrazón.

Se ha dicho que quien no fue comunista a los 20 años no tuvo corazón, pero que quien sigue siéndolo a los 50 no tiene cabeza, y perdió la aterrizada en este lombricero de la biosfera. Es natural que a estas alturas del paseo de la vida me cause pánico la posibilidad de que Gustavo Petro se convierta en el presidente de esta nación desordenada, que poco a poco construye una identidad y una tradición y se asoma a la modernidad con todas sus ventajas y desventajas. No me parece deseable otro yihadista contra Occidente en Latinoamérica. Ya tuvimos bastante con la familia Castro, la familia Kirchner, la familia Chávez, la familia Ortega. El embeleco de la idea de la soberanía de los pobres que pavonean los nuevos tiranos, el odio de la prosperidad, está expresado suficientemente ya en este subcontinente desconcertado. Y cualquier cosa es preferible al triunfo del candidato de Telesur y Timochenko. El día esté lejano. El humanismo chavista se me parece mucho, por desgracia, a la Colombia humana del ex eme.

No me extraña que las fantasías de la izquierda que corre entre los primeros neohegelianos y Gramsci y Althusser hayan devenido en Suramérica en el circo destartalado del socialismo del siglo XXI. También el gorila degeneró aquí en mono maicero. Y el cocodrilo en caimán.

Muchos con menos suerte que Petro merecieron los asilos por sus obsesiones de un futuro solar, su abanico de resentimientos, sus discursos de borrachos contra vacas con apellido, la minería, los medios y los bancos. El discurso petrista del aguacate evoca la dialéctica de la yuca de un senil Rojas Pinilla, su abuelo en el ‘fillum’ de la confusa formación intelectual del neomarxismo equinoccial, que criminaliza el éxito económico de los demás: catolicismo barato, como el crucifijo que a veces tiembla en una muñeca de Petro mientras inclina la cabeza como otro Alejandro Magno. Los maximalismos embriagan, y los egos demasiado grasos. Habría que restablecer algunos paradigmas descuidados del sentido común en política. Contra la regresión al conservadurismo irracionalista de los radicales de la izquierda latinoamericana que aún ignoran que la utopía es la antesala de la exasperación y el exilio. Me aterra Petro. Contra las afirmaciones de los comentaristas de la socialbacanería que ven en este nuevo Goyeneche un socialdemócrata.

EDUARDO ESCOBAR

Columnistas

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