Políticamente incorrecto

Políticamente incorrecto

Queda esperar que España no repita la tragedia de los años de la Pasionaria y de Franco.

21 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

Por si no bastara Cataluña, España se arma un lío con el desahucio de Francisco Franco de su tumba en el Valle de los Caídos con el fin de trasladarlo con huesos y todo a Mingorrubio. Y que va de un lado al otro. Se supone que detrás de la osamenta irá cojeando su memoria haciéndose la gris, bajo un bonete, para evitar el matoneo.

La corrección política de izquierda disfruta hozando en los osarios históricos con pasión paranoica, valora los gestos esdrújulos, el escándalo vano y engañoso. Franco no fue peor que Stalin, Mussolini o Castro. Deberían dejarlo en su huesa. No sea que resucite de tanto hacerle cosquillas. Ganas no faltan en VOX, por ejemplo, ese partido valedor de la tauromaquia y la caza que practicó el rey emérito, un partido islamófobo, y antifeminista pero sobre todo anacrónico: el Medioevo embluyinado. Más retrodegradante que el Tea Party gringo, que es decir mucho.

Franco se anticipó a escribir en la crónica de los hijos de Pelayo el cuento que hubieran contado los republicanos comecuras con sus puñales afilados en los esmeriles de los versos más chirriantes de Alberti y Celaya; o los Durruti, los demenciales anarquistas seguidores de Bakunin, predicadores de la tabla rasa, de la incineración de las basílicas y los museos de la burguesía, del patrimonio que la tribu amasó con esfuerzo y genio entre errores y aciertos. La política del nido de la perra. El furor primitivo.

Franco no fue peor que Stalin, Mussolini o Castro. Deberían dejarlo en su huesa. No sea que resucite de tanto hacerle cosquillas

El comunismo propició en el siglo XX un desorden poderoso que no termina a pesar de su desprestigio, y probó donde pudo la ilusión de la soberanía de la masa y la equidad con resultados desastrosos en todas partes. Nietzsche calificó al cristianismo de religión de esclavos hambrientos de trascendencia. Los comunistas son una secta de siervos ansiosos de porvenir en su origen. La misma moral y los mismos métodos de los sóviets rigen para los cristianos que condenan libros, la libre expresión del pensamiento y el desnudo y la disonancia. Y todos usan la misma dinamita. Nobel financió el premio mayor que concede la humanidad a la inteligencia, sin pensar que su invento, tan útil a la hora de abrir carreteras, sería usado en la política con entusiasmo embrutecedor.

Uno se parece a su enemigo. La piedad jesuítica realizó antes del ateo Lenin la utopía de la colectivización y la anulación del individuo en sus misiones americanas desde Chiquitos hasta Orocué, con una eficiencia que despertó los celos del rey. Expulsados después de Esquilache, muchos fueron a merodear por la corte de Catalina en los tiempos rusos de Francisco Miranda. Que fue en su busca para integrarlos a su revolución. ¿La rusa fue una empresa jesuítica? Es la hipótesis de la política ficción.

Todos los que ceden a la tentación neurótica de hacerse pastores de la humanidad acaban construyendo rediles e ideando infiernos. En nombre de Cristo Rey mataron los franquistas; y en bien de la libertad marxiana, los rojos. Franco venció, o perdió, pues ya es el irrisorio remedo de un dios que es un dictador muerto. Un mueble histórico que acompaña un mal recuerdo.

Pinochet adelantó el horrible canto que habría cantado Allende en otro tono. La política justifica la tiranía cuando invoca las grandes palabras abstractas, la idea del pueblo, los derechos superiores de la especie y el instinto rebañego, cuya forma letal es el patriotismo. Dicen que el hombre es un animal racional. Pero solo es racional la conciencia planetaria del apátrida, cuya bandera es el cielo. Una sociedad es miserable siempre cuando necesita héroes y grandezas por morir. Queda esperar que España no repita la tragedia de los años de la Pasionaria y de Franco. Ya no se estilan esas hipérboles sangrientas. Y menos por la maquinación de una autonomía que no cambiará lo esencial. Porque es imposible que la política arregle lo esencial. Que es la relación que mantiene cada uno consigo mismo. Lo demás es el circo de los demagogos. Trampas retóricas.

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