Mientras todo arde

Mientras todo arde

La cosa acaba, un día sí y otro también, en una advertencia apocalíptica argumentada por un experto.

26 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Los programas radiales de variedades, los vespertinos y los matutinos, porque la gente no cambia de la noche a la mañana, dedican por norma una nota a la moda y tres al condón, al trauma del acné en los adolescentes, y a un libro de reciente aparición lleno de coitos insulsos y muertos inesperados. Y un espacio al cambio climático. Para el efecto convocan a los oyentes a expresar sus opiniones, tan llenas de sentido común que ofenden, y que a veces desembocan en discursos morales contra la industrialización y el consumismo y la desertificación planetaria, adobados con citas del papa Francisco, Pepe Mojica o Mandela. La cosa acaba, un día sí y otro también, en una advertencia apocalíptica argumentada por un experto, uno de esos burócratas del medio ambiente que corren el mundo entre los congresos de los casandros, quemando gasolina y fatigando trenes, mientras arrojan vasos de cartón a diestra y siniestra, arrastran maletines de nailon llenos de artilugios electrónicos con pilas de litio, terminales de oro y puentes de cobre entre los componentes de silicio, y agitan en las extremidades inferiores unos tenis de marca que valen un ojo de la cara, fabricados en China para una marca norteamericana.

Los tiempos en la radio los marcan las cuñas. La sombría advertencia del fin del mundo da paso a una fanfarria sinfónica para celebrar la llegada al mercado de una galleta de trigo con probióticos, un desodorante con un aditivo comebacterias que atrae a las mujeres, o una tarjeta de crédito cuyo encomio apela a las antiguas virtudes de la fe, la esperanza y la confianza. La caridad no, porque no cuenta para la teología del sistema financiero y la mística del libro de contabilidad. Y que la felicidad. Y el éxito. Esas cosas que deberíamos coger con pinzas y guantes de cirujano. Pero que el uso de la bendita tarjeta nos puede proporcionar porque lo premian con rifas de cruceros y descuentos para unas vacaciones en Cancún con la abuela. Aunque después lo castiguen con agonías, no se deja notar.

Los tiempos en la radio los marcan las cuñas. La sombría advertencia del fin del mundo da paso a una fanfarria sinfónica para celebrar la llegada al mercado de una galleta de trigo con probióticos

Al reanudar la cháchara, los integrantes de la mesa de trabajo, que es como se llaman a sí mismos los ganapanes de las ondas hercianas, revitalizados con una taza de café sobrecargado de azúcar artificial, se entregan con vanidad infantil a hacer la alabanza del teléfono celular de última generación que compraron, más inteligente, con más juegos incorporados, horóscopos de infalibles algoritmos, sensores de la tensión arterial y tres cámaras de fotografía, una en 3D. Y entrevistan, por ejemplo, a ese periodista de izquierda que suele servir de caja de resonancia a cualquier horda resuelta a declararle la guerra a la peste de la ganancia, que confiesa con cómica presunción que tiene cien pares de tenis. Los reyezuelos y las reinitas de la farándula se dejan sorprender en las playas entre pomadas antisolares. Los políticos claman por la salvación del planeta (da votos), rodeados de camionetas blindadas y escoltas armados hasta los dientes.

Y entonces llega la hora del noticiero del mediodía o el de la tarde, y la mesa de trabajo decide trasladar el debate macabro a un buen restaurante de carnes, a la leña mejor, en compañía de las actrices de la televisión tatuadas con rosas de tinta china en una cadera insinuada y carteras de cocodrilo, de los líderes de los partidos políticos de los dos o tres sexos y algún contrabandista de cualquier cosa. Todos en ágape alrededor del fogón donde vuelve a transformarse, como en tiempos de Gengis Khan, ese animal mefítico llamado la vaca, esa enemiga de la humanidad cuyas pisadas aplastan lo que tocan, cuyos pedos de metano contaminan peor que las fábricas, la masa de los autos y el transmilenio, agente protagónica de la deforestación de los trópicos, que se apodera poco a poco de las mejores tierras del mundo expulsando pobres, mientras pone esos ojos blándulos y vágulos de mariafernanda que alabaron los vates homéricos antes que yo con epítetos inmejorables.

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