Mi Alfredo Molano

Mi Alfredo Molano

En el desenfreno de elogios que suscitó su deceso vuelvo a sentir que todo homenaje es una traición.

04 de noviembre 2019 , 10:27 p.m.

Su muerte no me sorprendió. Estaba preparado para el estupor de siempre que nos cuentan que murió un amigo. Sabía que estaba padeciendo en materia grave las agresiones de la biología, del Tánatos que nos devuelve al reino de los minerales. 

Aunque habíamos dejado de vernos por razones topográficas más que ideológicas o emocionales, nuestras familias estuvieron siempre cerca, desde que fuimos vecinos en los eriales de La Calera, donde a veces nos encontrábamos en un bautizo veredal, para montar a caballo, o para unos brandis en el restaurante de su hermano.

Molano me fue querible. Y él también debió de quererme un tris. Pues confió en mí como lector de prueba de su primer libro aún mecanoscrito. Quería mi opinión. Yo lo entendí como un honor. Y al terminar la lectura mi consejo fue que en vez de presentarlo como sociólogo lo hiciera con el disfraz del poeta, como un libro de cuentos perfectos. Eran unas entrevistas con exguerrilleros liberales de gran belleza y expresividad que me hicieron recordar el modo de narrar de Juan Rulfo. Muchos eran bandidos rasos, bárbaros puros. Molano simpatizó a veces con la barbarie. Pero no como el homeríada de nuestras tristes ilíadas, sino como discípulo de Oscar Lewis, que hizo de la grabadora un útil de las ciencias sociales y del testimonio su recurso metodológico. Pero si la gente tantas veces no sabe por qué obra no tiene por qué saber siempre lo que dice. Para desentrañar la ruda objetividad del ser está el sicoanálisis, arte de revelar lo omitido en lo manifestado.

Molano se enamoró de la imagen sesentera del rebelde. Aunque también fue un místico, que a la manera de Bernardo de Claraval compaginó la vida espiritual con la justificación de la violencia del cruzado. Una vez hizo un elogio de las reducciones jesuíticas del Paraguay que, según él, debieron influir en el Che Guevara: tenía un conservador conviviendo con el espíritu libertario. A mí me abrió la puerta a la experiencia de los grupos latinoamericanos de Gurdjieff, el intrigante patafísico, en los cuales ejercía un sacerdocio discreto. No sé cuánto avanzó en las arrevesadas danzas del maestro armenio. Yo claudiqué ante la candidez de algunos instructores en el trabajo arduo de despertar, que de eso se trataba.

Molano era un buen tipo lleno de contradicciones. Y en el desenfreno de elogios que suscitó su deceso vuelvo a sentir que todo homenaje es una traición. Además, tantas flores suponen la incompetencia para la crítica de esta nación apasionada. Es imposible admirar a una persona mutilándole la sombra. Más vale querer a la gente con sus fantasmas. Molano tenía un oído generoso para las inflexiones del habla popular a la hora de transcribirlas, y transfigurarlas, pues temo que los relatos de sus libros son reelaboraciones poéticas. Como creo que Rulfo refinó su estilo cuando trabajó en el departamento de asuntos indígenas de México. Y le abono su compromiso con los condenados de la tierra, y su simpatía invencible por los desvalidos y apaleados, pero jamás entendí su idea de la felicidad del minifundio. Para mí fue evidentemente la figura acabada del pequeñoburgués de la izquierda exquisita, heredero de las revueltas universitarias de los años sesenta, del antiautoritario radical, ya retro, para quien todos los pobres son buenos; y los empresarios, los soldados, los policías y los banqueros, los enemigos del género humano.

Una postura maniquea ya anacrónica en las crisis de este mundo robotizado de la inteligencia artificial y la ingeniería genética. Molano rindió culto al pobre despistado del padre Camilo, único oligarca que adoró. Y murió pensando que Tirofijo era mejor hombre que Carlos Castaño. Un intelectual no debe ser incondicional de ningún mito.

Le faltó versatilidad al interpretar la realidad. Espero que gozara las cantatas de Bach que le di la última vez que lo visité para ayudarle a superar el romanticismo tardío de Mahler. Y este obituario es como es, para no irrespetarlo con la adulación. No lo merece. De eso ya tuvo bastante.

EDUARDO ESCOBAR

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