Los espantajos de la política

Los espantajos de la política

Colombia no cesa de girar sobre el hueco fétido del odio. Está sumida en una serie de guerras bobas.

10 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Es imposible que Álvaro Uribe sea el diablo que piensan unos ni la segunda persona de la Santísima Trinidad, como alegan otros en rapto místico. Es muy raro el modo como unos huesitos y unas carnitas, según su parco autorretrato, logran suscitar tanto rencor y tanta veneración. Es posible que la irracionalidad proceda menos del brillo de su personalidad que del estado anímico de una nación dominada por sus emociones primarias. Cuesta creer que haya sido el determinante de la baraja de atrocidades que le endilgan. Tanto por lo menos como que Piedad Córdoba y el hijo del cantor de ‘Tirofijo’ anduvieran juntos buscando paramilitares en las cárceles gringas, preocupados por sus derechos humanos.

Para mí, Uribe es en el fondo un antioqueño como muchos que conozco. Pero él tuvo la mala suerte de persistir en el anhelo de ser presidente, como soñaron tantos niños colombianos de siempre. Otros quisimos ser santos. Nos fue mejor, puesto que envejecimos pobres pero libres. Uribe en cambio es la alegoría de la soledad de los que fueron situados por azar o por decisión propia o por ambas cosas en un lugar preeminente, en un mundo regido por la angurria y la envidia. En 'Los dos papas', la película de Netflix, dialogan largo sobre las miserias de los que fueron llevados al poder, que adorna con volutas doradas las espinas donde se asienta siempre, para no parecer amargo. Impresiona la fragilidad del frígido papa alemán cargando una cruz agusanada, el escándalo de un símbolo desacatado, cuando pregunta si el poder se parece al martirio, y más que un privilegio es una condena.

Es de notar el modo como Uribe aceptó la detención domiciliaria, e innecesaria cuando todos estamos encanados, con tristeza, resignación y preocupación patriarcal por su familia. Mientras sus seguidores en cómica alharaca vociferaban y se rasgaban las vestiduras en el arrebato del viento de agosto. En la soledad del poder no se sabe qué lamentar más, lo supo Maquiavelo, si la saña de los enemigos aviesos o la adulación de los amigos incondicionales que humilla y enajena.

Uribe es un campesino antioqueño con el genio de los administradores paisas de fincas, con la desfachatez del pragmático enceguecido por sus propósitos. No creo que sea peor que el paciente lector o que yo mientras escribo y gozo de antemano la indignación de mis amigos de la izquierda exquisita por lo que hago. Los veo agitando monótonos banderines avinagrados y poniendo cara de beatos para sentirse superiores a mi descarrío, con una inteligencia más clara que la mía ante las incoherencias de la historia. Y las sombras de la justicia que se niega en la arbitrariedad.

Colombia no cesa de girar sobre el hueco fétido del odio. Sumida desde que la parieron en una serie sin fin de guerras bobas con resabios teológicos, que paran siempre en difusos tratados de paz resueltos en una nueva secuencia inmisericorde de pavores. Es extraño que figure entre los países felices siendo un país tan ofuscado, donde la perversión semántica señala en Carlos Castaño al criminal, y en ‘Tirofijo’ al héroe popular, como si los muertos de ambos no dolieran lo mismo, como un error.

A propósito: entre los compromisos del Colón faltan por cumplir la devolución del trapero del inventario de los bienes de las Farc, que espera el Museo Nacional para ponerlo junto al sombrero de Pizarro y el hacha con que mataron a Uribe Uribe, y el monumento a ‘Tirofijo’ en la Gran Manzana. En una rotonda que llamarán los nativos Fixed Shot para burlarse, apuntando con los labios. Y cerca de donde debe quedar el de Charlie Brown, para eternizar también el recuerdo del más oscuro de los Castaño, respetando la equidad. A Uribe le tocó en pena, por el espíritu mesiánico unido al talante del domador de caballos, el destino del trompo de poner.

No es preciso ser profeta para saber que hasta el último suspiro lo acompañará la saña de los intelectuales progres, prendados de su resentimiento, que vierten sobre los otros el horror de sí mismos, quién sabe.

Eduardo Escobar

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